Impresiones sobre el español en Nueva Orleans

 

Cuando llegué de Nueva York a Nueva Orleans, ya hace cuatro años, sabía algunas cosas sobre la ciudad. Por ejemplo, sabía que había sido territorio francés y además español en algún momento de su pasado colonial, sabía que era una tierra de jazz (cuyas influencias también provienen de la música hispanoamericana, por supuesto), que se parecía al Caribe, que hacía un calor intenso y soporífero en el verano, y que llovía infatigablemente. Sabía sobre los estragos del huracán Katrina: aunque ya no eran tan visibles en la mayoría de la ciudad, si observabas con sutileza veías algunas casas todavía con los tablones de madera cubriendo ventanas y puertas, y quizás en el aburguesamiento (gentrification) posterior, una clave de quién se había ido y quién había regresado a la ciudad después del huracán. Sin embargo, no sabía nada sobre la herencia que había dejado la lengua española en la ciudad. 

Cuando llegué desde las afueras de NYC, no sabía que muchas de las calles del French Quarter de Nueva Orleans, hace más de 200 años, solían tener nombres españoles que perduran en traducción. Entonces, “Bourbon Street” era la “Calle de Borbón” y “Royal Street” era la “Calle Real”, y “Toulouse Street” era la “Calle de Tolosa” y “Jackson Square” era “La Plaza de Armas”. Hoy, el recuerdo de esos nombres es evidente en las placas de cerámica —más decorativas que funcionales— que se han colocado en las esquinas de algunas calles con sus antiguos nombres en español. Además, hay muchas otras calles cuyos nombres en español todavía están en uso hoy (aunque sin las tildes necesarias), como “Galvez street”, “Miro street”, “Ulloa street”, “Gayoso street” y “Simon Bolivar Ave.”, las cuales refieren a diferentes figuras históricas del mundo hispanohablante.

Tampoco sabía, aunque lo intuía, que ese término local “lagniappe”, es de hecho nuestra “ñapa” o “yapa” colombiana, ecuatoriana y peruana, palabra que se usa para denotar una añadidura, inesperada y gratuita, que complementa un total (nunca me olvidaré de las ñapas que me daban en las tiendas en Colombia cuando mi mamá me enviaba a comprar el pan para el desayuno). El término parece haber sido importado por algún burócrata del virreinato del Perú en el siglo XVIII, que fue enviado al pantano de Nueva Orleans. Este burócrata probablemente se llevó algunos criados indígenas y el término viajó desde el quechua hasta el inglés de Lusiana, pasando por el francés criollo y posiblemente por el español también.

Ni se me habría podido ocurrir que el primer periódico en español en Estados Unidos, El Misisipí, se publicó semi-semanalmente aquí, desde 1808 a 1810. Y el primer diario en español del país también se publicó en Nueva Orleans, en 1845: El Hablador. Este se convertiría luego en La Patria (1845-1850) y finalmente en La Unión (1851) hasta que en su último año de publicación, sus oficinas fueron destruidas por el público anglosajón de la ciudad que resentía su posicionamiento político en contra de los impulsos expansionistas de Estados Unidos en América Latina. Este periódico fue un foco de disidencia en la ciudad y a nivel nacional, en un momento en que el periodismo de Nueva Orleans era de crucial importancia en el país por proporcionar noticias sobre lo que pasaba entonces en Texas, la guerra entre Estados Unidos y México y el filibusterismo gringo en América Latina. Era también una importante fuente de información sobre el territorio latinoamericano puesto que los editores traducían y comunicaban parte de las noticias que les llegaban de periódicos de países hispanos. Esta tradición periodística en español continuó en el siglo XX con periódicos como El Mercurio (1911-1927), donde publicaron importantes intelectuales españoles como Miguel de Unamuno y José Echegaray, además de intelectuales mexicanos, peruanos y demás. Actualmente, continúa esa tradición periodística y mediática, en un rango cultural mucho más limitado, aunque no por eso menos importante, en dos periódicos bilingües y dos estaciones de radio en español, cuyos lectores y oyentes son primordialmente parte de la reciente ola inmigrante hispanoamericana en la ciudad: Jambalaya News, El Tiempo New Orleans, KGLA 105.7 FM  y La Mega 107.5 FM (y sus contrapartes en AM, 1540 y 830 respectivamente).

Cuando me vine de los suburbios de la gran manzana, pensaba que no podría encontrar la misma gran cultura latina y latinoamericana en Nueva Orleans. Ni las librerías en español, ni las lecturas de poesía, ni las presentaciones de libros, ni los conciertos, ni la comida, ni la música, ni el arte, ni el cine, ni las obras de teatro. Sí que encontré algunas cosas: existen restaurantes latinoamericanos y españoles, y hay noches de salsa, merengue y reggaetón en diferentes bares de la ciudad, lugares comunes que parecen hacer referencia a lo estereotípico del mundo latino en Estados Unidos, pero que no conforman una movida cultural plena que hable español. Sin embargo, hay varias instancias interesantes que rompen con esos parámetros, como el trabajo de Eduardo Courtade, un promotor musical en la ciudad que ha traído bandas latinoamericanas como Instituto Mexicano de Sonido, y próximamente, Molotov. Existen shows de música latinoamericana que intentan salir de lo convencional, en radios independientes locales como WWOZ 90.7 FM y WTUL 91.5 FM, además de la tienda “Música Latina”, en Magazine Street, que promueve la música en español. Están los ciclos de cine argentino, de Casa Argentina, en Tulane University. Tenemos escritores hispanos en la ciudad como el costarricense Uriel Quesada, el español Antonio Jiménez Morato, el peruano Fernando Rivera Díaz y el mexicano Yuri Herrera. También existen proyectos como el “Que Pasa Fest”, un festival culinario y musical hispano que tiene lugar en diferentes localidades alrededor de la ciudad en el mes de octubre (y que está en su cuarto año de vida), la sección latina de Jazz Fest y un sinnúmero de asociaciones como Puentes New Orleans, LatinoLA, Latino Farmers Cooperative of Louisiana y otras que proveen ayuda a inmigrantes latinos y fomentan la cultura hispanoamericana (y el español también, aunque quizás tangencialmente). No es una movida cultural en español con tanta envergadura como la de ciudades con grandes poblaciones hispanas como Nueva York, Los Ángeles, Miami y Chicago, pero quizás el lindo comienzo de una nueva ola cultural hispanohablante.

El pasado lingüístico de la ciudad pasa necesariamente por nuestro idioma, pero actualmente el español parece tener un lugar muchísimo más periférico en la ciudad que lo que su historia cuenta. Sin embargo, después de Katrina, fueron en gran medida inmigrantes latinoamericanos hispanohablantes (y también brasileños), los que ayudaron en el proceso de reconstrucción de la ciudad. El número de latinos incrementó en un 100% desde el censo del 2000 al del 2010 (la población hispanoamericana tuvo un alza del 5% al 10% de la población total en la ciudad). Además, en la aún más reciente ola de inmigración latinoamericana este año, con los miles de niños que están cruzando la frontera escapando de la violencia en diferentes países centroamericanos, muchos han llegado acá a Nueva Orleans, posiblemente por la histórica inmigración hondureña hacia la ciudad. Quizás este auge de la comunidad hispana en NOLA genere también una reaparición lingüística que sea digna de su pasado hispanohablante: todavía le hace falta “la ñapa” a esa historia. 

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Camilo A. Malagón V. cursa un PhD en el departamento de Español y Portugués de Tulane University. Escribe poemas y cuentos. Es un aprendiz de enófilo y DJ amateur en la emisora WTUL 91.5 New Orleans. Vive con su novia, Estefanía, en Metairie, LA. Trina de vez en cuando @xfilosofo y puede ser contactado a camilo.malagon@gmail.com.

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