Con los ojos llenos de fútbol: el Mundial llegó al barrio. El boleto siguió viviendo en otro código postal

Día 21 — El Mundial llegó a casa. La entrada no.

Reportando desde la cabina oficial de la banqueta, donde todavía aceptan aficionados sin historial crediticio.

Inglaterra venció 2–1 a la República Democrática del Congo.

Bélgica derrotó 3–2 a Senegal.

Estados Unidos eliminó 2–0 a Bosnia y Herzegovina.

Tres selecciones avanzaron. Tres se fueron a casa.

Aunque en este Mundial hasta la palabra casa necesita aclaración.

Estados Unidos jugó como local. El estadio también estaba en Estados Unidos. Los boletos, por momentos, parecían vivir en otro país. El anfitrión puso el estadio. El precio eligió a los invitados. Algunos asientos costaban miles de dólares.No incluían gol garantizado, estacionamiento celestial ni derecho a cobrar un penal. Solamente la posibilidad de decir: “Yo estuve ahí”.

El Mundial llegó al barrio. El boleto siguió viviendo en otro código postal.

Mientras tanto, Inglaterra avanzó. Congo se fue. El marcador dijo 2–1. La transmisión pasó al siguiente partido. Así funciona la eliminación directa: un país deja de aparecer antes de terminar de contar su historia. Una selección puede quedar eliminada. Un país no desaparece cuando termina la transmisión.

Después Bélgica venció a Senegal. Cinco goles, emociones, banderas y suficiente publicidad para recordar quién patrocinó cada instante.

El partido terminó. La mercancía siguió jugando. Porque en este Mundial también hubo una pulsera gratuita que terminó revendida por cientos de dólares.

La pulsera era gratis. La reventa corrigió el error. El patrocinador regaló pertenencia. Internet le puso tarifa dinámica. Primero había que conseguirla. Después fotografiarla. Luego anunciarla como “pieza exclusiva”. En el Mundial hasta lo gratuito necesita fila, patrocinador y valor de reventa. El recuerdo nació gratis. La escasez le consiguió representante.

Bosnia, Senegal y Congo empacaron. Inglaterra, Bélgica y Estados Unidos siguieron.

Afuera del estadio, otra competencia continuó sin árbitro:

quién podía entrar,

quién podía comprar,

quién podía revender

y quién debía conformarse con mirar.

El torneo dice que reúne al mundo. La taquilla organiza las categorías. Unos tienen palco. Otros tienen pantalla. Otros tienen una pulsera gratuita que ya no pueden pagar.

El Mundial fue de todos. La factura llegó por separado.

Reportó El Tamaláctico, desde la cabina oficial de la banqueta.

Unos compraron boletos. Otros compraron recuerdos. Otros solamente miraron. Todos contaron como audiencia. No todos contaron como invitados.

Se tenía que decir y se tamaleó.

 


Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).