Con los ojos llenos de fútbol: el Mundial no solo organiza partidos; también organiza la mirada

Día 17 — El Mundial también organiza la mirada

 

Reportando desde la cabina oficial de la banqueta, donde la cámara siempre encuentra al goleador y rara vez pregunta quién barrió la grada.

Terminó la fase de grupos. Ya sabemos quién sigue, quién se va y quién empezará a ser descrito en pasado antes de llegar al aeropuerto.

Pero el Mundial no solo organiza partidos; también organiza la mirada.

Decide quién aparece como potencia, quién como sorpresa, quién como color local y quién como problema logístico.

El Mundial organiza 104 partidos. También organiza quién aparece como protagonista, quién como paisaje y quién como mano de obra.

Inglaterra derrotó 2–0 a Panamá. La transmisión explicó el orden, la paciencia y la jerarquía inglesa. Panamá quedó reducido al papel de obstáculo respetable: suficiente para completar el relato, no para dirigirlo. La potencia tiene proyecto. El rival tiene entusiasmo. Así se reparten también los sustantivos.

Croacia venció 2–1 a Ghana. Croacia avanzó con esa costumbre de seguir apareciendo cuando el torneo ya había empezado a escribir su despedida. Ghana quedó fuera, y con el silbatazo comenzó la desaparición editorial: menos cámara, menos análisis, menos futuro verbal. Hay selecciones que pierden un partido. Otras pierden también el derecho a seguir siendo noticia.

Portugal y Colombia empataron 0–0. Dos selecciones con figuras, historia y cámaras suficientes para convertir un empate sin goles en ajedrez táctico. Cuando el prestigio ocupa ambos vestidores, hasta la falta de gol recibe interpretación de autor. El mismo cero puede ser pobreza ofensiva o duelo estratégico. Depende de quién haya firmado la camiseta.

República Democrática del Congo derrotó 3–1 a Uzbekistán. Tres goles deberían bastar para poner al ganador en el centro. Pero el relato suele preguntar primero qué le pasó al derrotado, qué tan inesperado fue el resultado o hasta dónde podrá llegar “la sorpresa”. A la potencia derrotada le buscan causas. Al vencedor inesperado le buscan un milagro.

Argelia y Austria empataron 3–3. Seis goles, una clasificación disputada y noventa minutos que se negaron a obedecer una narración tranquila. Por un momento, la tabla tuvo que esperar a que el partido terminara de inventarse. Pero incluso en el caos, la mirada buscó jerarquías: quién debía avanzar, quién estaba fallando, quién estaba “sorprendiendo”.

El fútbol permite que cualquiera marque. La narración no siempre permite que cualquiera signifique.

Argentina venció 3–1 a Jordania. Argentina avanzó acompañada por cámaras que saben exactamente dónde enfocar, a quién seguir y qué gesto convertir en símbolo. Jordania marcó un gol, disputó su partido y después quedó disponible para el montaje emotivo de despedida.

No es que la cámara mienta. Es que recorta. Y todo recorte deja a alguien fuera.

La fase de grupos dejó 48 selecciones, cientos de historias y una maquinaria capaz de ordenarlas en segundos: favoritos, revelaciones, decepciones, exóticos, disciplinados, físicos, técnicos, alegres, inocentes.

Una palabra puede explicar un equipo.

También puede encerrarlo.

Y fuera de la cancha ocurre lo mismo.

El aficionado aparece como fiesta.

El vendedor, como ambiente.

El trabajador de limpieza, si aparece, será durante tres segundos y con música inspiradora.

La cultura entra al encuadre cuando tiene color.

La mano de obra entra cuando hace falta agradecerle.

La cámara convierte a unos en historia y a otros en decoración de la historia.

Mañana empieza la eliminación directa.

Desde ahora, cada derrota borrará más rápido.

El equipo que se vaya dejará de ser presente, luego dejará de ser tema y finalmente quedará reducido a una imagen de archivo.

Por eso conviene mirar también el borde de la pantalla. Ahí están quienes juegan sin protagonismo, trabajan sin nombre y sostienen la fiesta sin aparecer en la repetición.

Reportó El Tamaláctico, desde la cabina oficial de la banqueta.

La tabla decide quién sigue. La mirada decide qué significa que siga.

Se tenía que decir y se tamaleó.

 

 


Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).