En el mes del orgullo, presentamos un fragmento de Cochabamba (Chatos Inhumanos, 2026), la novela más reciente de Guillermo Severiche.
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“Prophecy is memory.”
~Tzvetan Todorov, The Conquest of America
El abuelo había vivido con el cáncer por varios años. En un principio se lo mantenían en secreto; después de la abuela, él ya había dicho que no iba a pasar por lo mismo, le aterraba el cuchillo. Pero después de un tiempo, era evidente que las punzadas en el estómago, el ánimo decaído y las descomposturas tenían una explicación conocida, vista de cerca. Nunca se lo dijeron del todo. La palabra de la enfermedad quedó flotando en el aire y, una mañana, luego de volver de la clínica, se le figuró en la cabeza y lo supo. Se le apareció como un fantasma: una voz que venía a dejarle un recado, a decirle su nombre, y que después volvía cuando no lograba conciliar el sueño, cuando no lo distraía ni la televisión ni cualquier visita lejana. Era una voz que repetía la palabra, que lo invitaba a pensar sus intestinos devorados poco a poco por una especie de bicho flemático, acuoso, que le gustaba crecer. La voz también cobraba el tono de su esposa muerta, el eco de sus quejidos después de la primera operación, la del cuerpo retorciéndose mientras ella navegaba la oscuridad de la morfina y el sueño.
Poco después, durante el invierno, se enteró de que su nieto —el que entonces hacía un año se había ido a vivir a Nueva York— estaba en la ciudad para pasar dos meses con la familia. Una tarde seca en la que había pedido que hicieran api, lo vio venir por el pasillo de la casa y entrar a su habitación mientras él se acomodaba la gorrita de lana que le habían puesto. Le contó del viaje, le habló de la universidad y de los compañeros que venían de toda América Latina y después fue a ayudar a la cocina. Al rato, trajo dos tazas de api y le comentó que iba a quedarse ahí unas horas con él porque la madre tenía que ir al supermercado y al mayorista de quesos; una amiga ya le había dado plata para comprar a medias uno entero, de cáscara colorada.
La tele estaba apagada y los dos tomaban el api morado en silencio. El abuelo se quedaba viendo el pedazo de limón flotar en el maíz líquido mientras, a su lado, el nieto se incomodaba: no sabía bien qué decir. Después de un rato le dijo que le gustaría saber más de cuando vino desde Bolivia. Que por qué y cómo fue todo el viaje, que cómo era allá cuando era chico. Empezó entonces el abuelo a hablar, a tirar ideas sueltas, respuestas que le salían mientras la atención se le iba a la falta de azúcar del api, a la molestia en la espalda que se debe matar con silencio e indiferencia. El nieto se imaginó el terreno amplio, los campos polvorientos que se extendían detrás de las casas y por los que el abuelo niño caminaba de madrugada. Pero eso se armaba entre las pausas, entre la mirada plana que mantenía el abuelo con la taza frente a él y una mancha cuadrada de fondo, la tele.
¿Fuiste al servicio militar? La mamá me mostró tu libreta, la rosada. Sí, contestó. ¿Y cómo fue? Largó recuerdos sueltos, y el nieto se imaginó los ejercicios matutinos, los caballos, las lanzas que cargaba el abuelo joven con trajes de cinturón y cuello ajustados. Las filas de hombres esperando la orden de volver a una guerra con Paraguay, de pelear entre los juncos y sobre el suelo arcilloso. Pero, de nuevo, eso se esfumaba en la estoicidad del cuerpo sobre la cama, que a veces cobraba vida cuando miraba con una media sonrisa, bonachona.
El nieto se llevó las tazas vacías a la cocina y volvió a la habitación a sentarse en silencio un rato más. Preguntó por el viaje, por la migración en los años cincuenta, cuando el abuelo tenía poco más de veinte años, cuando dejó Cochabamba y vino a la Argentina por tierra. El general nos dejó entrar, dijo, y calló. ¿Cómo fue el viaje? Salta, dijo, ahí estuve primero. Después un tiempo en San Juan, continuó. ¿Y de qué trabajabas? ¿Ah?, dijo pidiendo que hablara más fuerte. ¿Que qué hacías, de qué trabajabas? Albañil, respondió y nada más. En el ajo, sumó. Y el nieto se armó más imágenes, más momentos en los que el cuerpo del abuelo migrante pedía un descanso para mirar una pared de ladrillos, la puerta de un galpón, el plano de tierra surcado por donde se hundía el sol al final de la jornada. Se imaginaba los ratos de contemplación en medio del trabajo en los que habrá pensado a su familia que quedaba atrás: su madre, sus hermanos, su hermana, la vida que corría en Bolivia; fue el único que viajó. Un primo también lo hizo pero se fue a Buenos Aires, y ya no se veían.
Entonces, el nieto quiso volver a preguntar, asirse de detalles para seguir interrogando, tomar nota, armar el relato que su mamá tampoco sabía contar muy bien. Quiso también preguntarle más de su idioma, del quechua, que le había sentido hablar varias veces con la abuela y con gente que los visitaba cuando él era chico y pasaba la tarde jugando en el pasillo. Los abuelos tenían conocidos de la infancia que habían migrado y se habían asentado en el mismo barrio. También se hicieron de amigos nuevos que habían conocido los primeros años en la ciudad. Había varios bolivianos por la zona, cochabambinos la mayoría, y dejar salir el quechua, sobre todo en la seguridad de una casa de un compadre, era algo común. Hernán contuvo sus preguntas —cómo se dice tal cosa, tal otra, espejo, cama, almohada, dormir— porque el silencio invitaba a la televisión, a la paz de estar callados y acompañados. Uno metido en la cama, el otro echado al lado sobre la colcha. Y así lo hizo.
Después de que terminaran las noticias y empezara el programa de Susana, el nieto levantó la mano para tomar la del abuelo, apretarla, pero al final, la acercó levemente y dejó que un dedo se posara sobre la palma rugosa del anciano. Llevó sus ojos al televisor y esperó, pendiente de que el abuelo se quedara dormido en cualquier momento, para así apagar la lámpara, bajar el volumen y dejar que descansara.
Guillermo Severiche nació en Mendoza, Argentina, en 1986. Estudió Letras en la Universidad Nacional de Cuyo y obtuvo un doctorado en Literatura Comparada en Louisiana State University. Reside en Nueva York desde 2016, donde completó el MFA en Escritura Creativa en español en NYU. Es autor de la novela El agua viene de noche (2021) y de las obras teatrales La Serena, Vos y El rey del viento. Fundó la serie de lecturas En Construcción. New Works by Latin American Writers. Actualmente trabaja como profesor en Fordham University y como gerente literario en IATI Theater, en Manhattan.

