Un animal hecho de tiempo

Miami: mapa cultural (y pop) de Pedro Medina León
Katakana Editores, Miami, 2026. 176 páginas, ISBN 979- 8992213720

Pedro Medina León es un autor de origen peruano que vive en Miami desde hace veintitrés años. Él mismo dice que “aún sigue descubriendo la ciudad”. Quizás “por eso no la siente del todo” suya. Pero la distancia es lo que le permite mirarla. En Miami: mapa cultural (y pop) (Katakana Editores, 2026) el autor realiza una exhaustiva investigación sobre la ciudad: la mira como se miran a esos objetos preciosos que se ven a diario, pero que no se terminan de entender. Podríamos decir que el libro de crónicas y ensayos es un muestrario de una ciudad compleja, difusa, contradictoria, como la arena que se escapa entre los dedos. Aunque se la vea de cerca hay algo en su constitución más íntima que resulta difícil de sopesar o comprender.

El autor sostiene que nadie es del todo de Miami. Nadie se siente con el cuerpo completo en esa tierra hecha de pantano, arena y edificios. Como diría el filósofo Baruch Spinoza: nadie sabe lo que puede una ciudad; nadie sabe lo que guarda el corazón de la ciudad. El libro de Medina León, como la ciudad que ausculta, también es un objeto poliédrico: contiene secciones que exploran los orígenes, los emprendedores que fundaron la ciudad, como Carl Fisher, la historia, las etnias, la gastronomía, la música, la delincuencia narco, la literatura; en suma, la cultura. En este sentido, el libro muestra en sus múltiples caras los aspectos diversos y contradictorios que componen esa urbe que se fuga y que se rearma en el tiempo. El libro puede leerse, entonces, como la entrada a una biblioteca, el recorrido sinuoso por las capas de la ciudad, la escucha atenta y literaria de una discoteca inolvidable y el recuento de películas y series oscuras que muestran el otro lado de Miami.

Cada texto enfoca un fragmento, pero todos comparten un mismo propósito: no se trata de capturar la totalidad; de lo que se trata es de “aceptar que es muchas ciudades a la vez”. Uno de los artículos que más me impactó –por su contundencia y concisión literaria– es aquel que recorre los rincones del edificio en el que se hospedaron los asesinos que protagonizan la clásica novela de no ficción de Truman Capote, A sangre fría. Dice Medina León que “Silencioso y ajeno a su propio pasado, aquel edificio en medio de la avenida más fotografiada de Miami, fue alguna vez el escondite provisional de dos asesinos que el mundo entero buscaba. Ocean Drive siempre ha brillado hacia afuera; lo que oculta hacia adentro casi nadie se detiene a mirarlo”.

El mapa cultural compuesto por Medina León contiene múltiples aristas. Algunos tramos del mapa se demoran en instantes claves, como aquella tarde –la del 22 de diciembre de 1969– en la que “una multitud de jóvenes alzó sus pancartas de Make Love Not War frente al beatnik Allen Ginsberg, que se disponía a leer sus poemas”.

Uno de los aciertos del libro es mostrar cómo ha cambiado la configuración del mapa cultural. Miami es como Proteo: adopta las variadas formas del orbe y despliega sus facetas siguiendo la curva del tiempo. Miami contiene “el basket de los Miami Heat, la marea rosa del Inter de Miami, Art Basel, la gastronomía vigorosa que ha surgido en la última década y, cada vez más, una literatura escrita en español”. En una de sus secciones, el libro destaca el componente en español de la hibridez local; no solo se refiere a la literatura sino también a la cocina y a la música. A propósito del excepcional componente hispano que recoge la cultura de Miami, podemos citar las palabras de Mariela Gal en la entrevista incluida en el libro. Sostiene Mariela Gal: “Escribir y leer en español en este país no es repetir lo que ya se hace en España o en América Latina, sino crear un espacio propio, híbrido, audaz, que refleja la complejidad de lo que somos como comunidad”.

En otros textos, el autor destaca los conciertos, la estadía y la música compuesta por diferentes músicos en arterias y lugares de la ciudad: pasaron por allí Eric Clapton, Queen, Bob Marley, entre otros; un artículo señala la trayectoria del productor, distribuidor y propietario de varios sellos, Henry Stone.

El libro es fascinante porque no sólo explora las calles –algo así como los nervios por los que circula la electricidad de una ciudad– sino también las zonas y los barrios, que, como entidades ambiguas, guardan en su seno las cicatrices del tiempo. Sobre Hialeah, Medina León observa: “Hoy conserva buena parte de su estructura original y una melancolía difícil de imitar. El antiguo templo de apuestas es ahora Hialeah Park Casino, donde sobreviven las columnas, los jardines y el eco de una época en la que Hialeah fue, por unos años, el refugio estacional de los poderosos. Lo demás pertenece ya a ese territorio borroso donde la historia se mezcla con el mito”.

El libro funciona como un objeto variado y sincopado: propone ritmos, escarceos, exploraciones, recuerdos y melancolía. Indaga en las zonas de lo real –las espesas capas que componen el humus de una ciudad– desde la investigación en el pasado, pero también lo hace desde la crónica clásica, el análisis de textos de no ficción, las novelas y las series de televisión. Es decir, para Medina León todo puede ser usado como un método de intelección de la ciudad: esta no está hecha sólo de lo concreto y palpable sino también de los sueños, las expectativas y lo invisible. De este modo indaga en las crónicas y los ensayos de Edna Buchanan, Joan Didion y Juan Carlos Castillón. Medina León dice que el escenario que presenta Joan Didion en su libro sobre Miami “se ha desdibujado por completo. Ante la pregunta recurrente de si ‘el Miami de Joan Didion aún existe’, la respuesta es claramente no. Los Cuban-Americans de tercera o cuarta generación rara vez hablan español; para ellos, Cuba es un concepto distante”.

Uno de los apartados más importantes es el que aborda el noir de Miami. Sobre esta faceta de la cultura dice el autor: “Lo que escriben es una literatura que ha sudado la ciudad, que la entiende como personaje: marginal, lumpen, violenta, desbordada. Su lengua no es el espanglish ni el español original que dejaron atrás, sino un blend verbal donde chocan acentos y modismos, un idioma propio que solo existe aquí. Sus novelas y cuentos continúan la línea abierta por Zalamea y Castillón, moviéndose entre el policial, la crónica velada, el realismo sucio y el retrato social en clave criminal, e incluyen también a quienes no viven en Miami pero encuentran en su sordidez un territorio literario perfecto”.

Medina León detecta un modus operandi de la ciudad: esta es una sustancia amnésica que borra involuntariamente su pasado, como si un shock cerebral le impidiera mantener “la memoria, en donde ardía”, como dijo Quevedo. Para el autor, Miami se ha construido siguiendo “la ingrata costumbre local de dinamitar su propia historia”. Un caso ejemplar es el del teatro Olympia. Allí tocó y cantó Elvis Presley; allí se inició la leyenda de que las fans lo habían desnudado: “Había sido construido entre 1925 y 1926 por Paramount Pictures, justo en el momento en que el cine se preparaba para abandonar el silencio y entrar en la era del audio. El arquitecto John Eberson lo diseñó en pleno primer boom inmobiliario de Miami, cuando la ciudad empezaba a aparecer en el mapa nacional”.

El autor nos dice que, aunque la forma de Miami se escurre como agua en el agua, se pueden proponer algunas definiciones a partir de ciertos rasgos movedizos: “Miami es una extensión emocional del cono sur latinoamericano, sostenida por una comunidad creciente de venezolanos, argentinos, colombianos y peruanos que reproducen aquí el modelo de vida de sus clases medias”. Pero esta definición me atrae más: “Hay ciudades que se sostienen en la memoria. Otras, en la promesa. Miami no se sostiene del todo en ninguna. Lo que no desaparece reaparece deformado. Un edificio convertido en estacionamiento, un barrio atravesado por una autopista, una playa resignificada para otro público, una lengua que se transforma sin pedir permiso. La ciudad sigue funcionando, pero no necesariamente recuerda”.

Memoria y promesa son los rostros invisibles del tiempo. La ansiedad de la destrucción y la melancolía de lo que se pierde se unen en el nudo frondoso del ahora, del hoy. La clave está en pensar las formas que adopta una ciudad a través del tiempo. Una ciudad, entonces, no es sólo un ente espacial o físico sino, y sobre todo, un animal temporal y utópico, escurridizo y fugaz que nunca encuentra su forma definitiva.

 


 Fabián Soberón (Argentina, 1973) es escritor, profesor universitario y crítico. Ha publicado la novela La conferencia de Einstein (UNT, 2006; 2013), los libros de relatos Vidas breves (Simurg, 2007) y El instante (Ed. Raíz de dos, 2011), las crónicas Mamá. Vida breve de Soledad H. Rodríguez (Ed. Culiquitaca, 2013) y Ciudades escritas (Eduvim, 2015) y ensayos en revistas nacionales e internacionales. Es licenciado en Artes plásticas y Técnico en Sonorización. Actualmente se desempeña como profesor de teoría y estética del cine, comunicación audiovisual y comunicación visual gráfica en la Universidad Nacional de Tucumán. En 2014 ganó la Beca Nacional de Creación otorgada por el Fondo Nacional de las Artes (Argentina). Colabora con diversos medios argentinos como Perfil, Ñ, Boca de sapo, Otra parte semanal, La Capital, El Pulso Argentino, La Gaceta Literaria, Los Andes y Nuevo Diario. Es miembro del consejo editor de la revista Imagofagia. Textos suyos han sido traducidos al inglés y al portugués.