Fuckondo

¡Madre mía, lo que le vibra el culo! Y en el peor momento, en medio de la clase de conversación en inglés. De nada le sirve disimular; su alumna la mira divertida sentada frente a ella en la mesa de la cafetería y pregunta: Aren you goin to anser? No, niega con la cabeza. No piensa contestar. Quedan cinco minutos de clase y quiere aprovecharlos, para eso Amaya le paga lo que le paga. 

Going, acuérdate de pronunciar la g al final de la palabra —dice.

Goinggg —repite Amaya.

Where were we? —pregunta despistada, se le ha ido la cabeza. Está pendiente de si le vuelve a vibrar el culo. Durante las clases programa el celular para que no suene y sólo vibre con los whatsapps de Silvia. Si el móvil vibra una vez, no es más que un mensaje sin importancia. Pero si vibra dos seguidas, ya puede salir corriendo. Esto último pasa muy de vez en cuando. Vamos, que no tiene porqué pasar hoy. 

You were tellin me about your first time in New York.

Oh, yes! It was

Hasta que pasa, y el culo le vuelve a vibrar. Se levanta sobresaltada, deja los euros de los cafés y la propina encima de la mesa, y sale disparada.

I know we only have a few minutes left, Amaya, but I have to run! Sorryyy, see you next week!

Las farolas del bulevar ya están encendidas y todo el mundo camina acelerado, cómo espantado por el frío. Se enrolla la bufanda al cuello, se cuelga la mochila y echa a correr bulevar arriba. Si se plantea bien la ruta y le pillan los semáforos peatonales en verde, podría llegar al piso en quince minutos. Los mensajes le confirman lo que ya sospechaba. ¡Debería de haberlo imaginado! Piensa mientras toma el primero de tres atajos que tiene pensado usar y cruza el parque infantil de la Plaza de la Reguera. Se supone que los padres de Silvia venían a cenar esta noche a eso de las 9 y ahora resulta que han adelantado la cena. Menos mal que las visitas sorpresa son más bien escasas, porque esto de correr así a Emmy la mata. Lo suyo nunca fue correr. Le molesta su propio resuello, y puesta a sincerarse, el de las demás también. El resuello del sexo es otro —se puntualiza a ella misma—, más atractivo, ese sí que le gusta; sobre todo el del sexo con Silvia y las cosas que se les ocurren hacer últimamente. Está convencida de que Silvia las saca de internet, porque a ella no se le han pasado por la cabeza en la vida, y eso que ha tenido bastante más parejas que su chica. 

Desde el parquecillo enfila por el Callejón de Los Demonios. A quién se le ocurre llamarlo así y no ponerle ni una bombilla, piensa mientras acelera todavía más. Tiene miedo, pero si acorta por aquí se ahorra por lo menos dos minutos más. A la salida del callejón se encuentra con la parada del autobús. Ni se molesta, llega antes corriendo que en bus. Empieza a resollar seriamente. Baja el ritmo y agotada, se une al resto de los peatones convertida en otra más espantada del frío.

En cuanto Silvia supo que Emmy se había enamorado de ella, lo primero que le dijo fue que no había salido del armario y que no tenía pensado hacerlo o al menos hasta que se muriera su padre. A Emmy le pareció que aquello no era más que una de esas declaraciones absolutas de abogada que tiende a hacer su novia de vez en cuando, y que tarde o temprano saldría del armario, que tal vez sólo necesitara un poco más de tiempo; pero han pasado tres años y ahí siguen, el padre de Silvia con una salud de hierro, y ella resollando y corriendo al piso cada vez que alguien viene de visita porque tienen la tira de cosas por esconder. 

Shit! Shit! Shit! —grita horrorizada y se lleva la mano a la boca, se acaba de acordar de fuckondo.

#

 

Cuando su padre la llama desde el despacho, Silvia teme lo peor.

—Hija, he tenido que cambiar el vuelo de mañana y salgo con el sol —su padre siempre habla como si hubiera nacido para escritor y la vida lo hubiera hecho abogado—, ¿qué te parece si adelantamos la cena?

—Claro, sin ningún problema —dice asomando la cabeza desde la puerta. Luego se gira en seguida para que su padre no la vea, saca el móvil para activar  el protocolo guasapero y escribe: 

[adelantan la cena] 

Camina hacia su escritorio aparentando una calma que no tiene, cierra la carpeta en la que estaba trabajando, la mete en el maletín y se despide de los compañeros mientras responde al mensaje de Emmy. 

[salgo pitando] 

Ya en la calle, se abrocha bien el abrigo, se pone el gorro y los guantes, y echa a correr. Calcula que si alcanza el autobús llega en 20 minutos, pero si lo pierde, le toca esperar y tardaría casi tres cuartos de hora. Correr hasta el piso en estos tacones sería una barbaridad, piensa. Coñazo de botines, ¡con lo bien que le sientan! Al final, de nada le sirve el esprint y ve marcharse el autobús a lo lejos. Desde la marquesina, la sonrisa de un anuncio de clínicas dentales parece burlarse de ella. Se sienta malhumorada a esperar al siguiente autobús deseando que Emmy haya tenido más suerte.

Emmy, Emmy. Con decir su nombre se le pasa la mala leche. Silvia cree que Emmy es una bendita por quererla como la quiere sabiendo que vivirán media vida dentro del armario, por lo menos en lo que se refiere a España y las redes sociales. Emmy Salazar: la americana con la que se cruzó cuando estaba convencida de que desde dentro del armario era imposible amar. La chica que nació en una comuna anarquista, libre de amar a quién le diera la gana y ¡la eligió a ella!, la graduada en derecho que trabaja para su padre, al que quiere con locura y al que teme perder si se enterara de lo suyo. 

Emmy le ha dicho muchas veces que su mayor error es verlo todo en términos tan absolutos, y que salir del armario no tendría porqué ser tan tajante o tener efectos tan irreversibles. Ojalá fuera tan fácil, murmura mientras se frota las manos y se pone en pie. Está helada. Cada vez que piensa en hablar con su padre (su madre no le preocupa tanto; no recuerda la última vez que tuvo una idea propia), imagina su vida y todo lo construido junto a él derrumbándose: su labor asesorando a pequeñas empresas dirigidas por mujeres, la gerencia del despacho tras la jubilación de su padre (un despacho que tendrá mucha más paridad y menos amiguismo), el pisito junto a la plaza mayor… No quiere perder a su padre, lo que supondría inevitablemente perder a su madre también. No quiere que Emmy tenga que volver a preocuparse por llegar a fin de mes.

Emmy creció demasiado libre para vivir así, piensa mientras se pasea por la parada del bus para entrar en calor. ¿Cuántas más visitas sorpresa podrá aguantar? ¿Cuántas carreras al piso a recolocar y a esconder cosas hasta que diga basta? Es en ese momento cuando Silvia recuerda también. 

—¡Hooostia! —grita asustada y saca el móvil. 

 

#

 

En el ascensor, a Emmy le vuelve a vibrar el culo. Lee el texto de Silvia. 

[acuérdate de facondo]

¡Menuda escenita si Pedro y Toñi llegan a cenar y se encuentran con fuckondo en el escurridor de los platos! ¡No quiere ni pensarlo!

Cuando el primer vibrador entró en casa, éste revolucionó su relación en la cama y la relación de cada una con su propio cuerpo y con el sexo. Al primer vibrador le siguieron varios. El que las dos recuerdan con más apego es el tercero. 

Fuck! Fuck! Fuck! —gritó Emmy la primera vez que Silvia lo usó con ella.

—¡Hondo! Niña, ¡hondo! —gritó Silvia cuando le tocó a ella. 

Desde entonces, aunque sus gustos y perversidades han evolucionado, al juguete erótico de turno se le conoce con el nombre de fuckondo (si lo nombra la norteamericana) y facondo (si lo nombra la española); y por supuesto, es lo primero que se esconde cuando llega la visita.

Emmy entra por la puerta de casa en modo on y se lanza a recolocar. Lo primero que hace es sacar a fuckondo de la cocina y meterlo en el armario de la habitación grande, la que comparte con su amante. Aprovecha y quita las sábanas, separa las dos camas, las rehace con sus respectivas colchas y coloca la mesita de noche en medio; luego va a la habitación pequeña y coloca la foto de sus padres y su hermano en la mesita, deshace la cama y pone encima de las sábanas la última novela que está leyendo. De allí se pasa al baño, recoge la ropa sucia del suelo y le da un repaso al lavabo. El salón lo deja para cuando llegue Silvia. Le hubiera gustado darse una ducha porque está empapada de sudor, pero no hay tiempo que perder. Abre la nevera, saca las pechugas de pollo y se dispone a cocinar.

 

#

 

Cuando Silvia entra en casa su chica ya está en la cocina. 

—Cielo, ¿qué queda por hacer? —pregunta y la besa en el cuello. Le sorprenden el calor y la humedad de su piel.

—Falta el salón.

Silvia se pone en marcha de inmediato sin rechistar; su gratitud por Emmy multiplicándose con cada nueva visita de sus padres. Cambia las fotos en las que aparecen juntas y acarameladas por fotos de cada una de ellas con sus amigas. Saca la estatua de un tío desnudo y la coloca junto a la de la mujer desnuda que preside la balda junto a la tele. Le da la vuelta al póster encima del sofá para que en vez de Carmen y Lola aparezca Dos hombres y un destino. Luego se para en medio del salón y hace inventario. 

—El precio doméstico de la invisibilidad lésbica —dice un tanto desmoralizada—, un piso tan aburrido y aséptico como la sala de espera del dentista.

Cuando Silvia hace poesía con el diccionario jurídico-político a Emmy se le licúa el sexo y se olvida de las inconveniencias de las visitas sorpresa, de sus carreras y de su sudor banal. Con las palpitaciones de su deseo por Silvia a flor de piel, se acerca al salón y se para frente a ella. Sin decir nada, porque no sabría muy bien por dónde empezar y menos en español, recorre su cuerpo de arriba abajo con la mirada. En el viaje de retorno, se recrea en los excesos y las carencias de su figura y se le licúa también la boca, porque en sus excesos no ve otra cosa que inches en los que perderse, y en sus carencias, espacios a rellenar con su propio cuerpo. 

—¡No me mires así niña que me vengo arriba! —dice Silvia echándose un paso atrás con las manos en alto. 

Emmy le toma las manos y la besa en la boca.  

—¿Y la cena? ¿Qué hora es? —Silvia la interrumpe, para en seguida dejarse volver a besar. 

—¿Y si sacamos a fuckondo del armario y nos olvidamos un rato del minutero?

 

Publicado en Locas y perversas. Antología de voces bolleras (Egales, 2020. España).

 


María Mínguez Arias (Madrid, España) es narradora, ensayista, traductora y editora circunstancial. Es la autora de la novela Patricia sigue aquí (Egales, 2018. España), ganadora de un International Latino Book Award; y de Nombrar el cuerpo (Egales/España y EL BEISMAN PRESS/USA, 2022), elegida entre lo mejor del año de la literatura Queer en España. Sus relatos, ensayos y reseñas aparecen en antologías y revistas de Estados Unidos, México y España. Es coeditora de la antología #NiLocasNiSolas: narrativa escrita por mujeres en Estados Unidos (EL BEISMAN PRESS, 2023). En la actualidad es miembro de “Mafaldistas” (colectivo de escrituras y proyectos feministas).