Arte, migración y memoria

Carlos Barberena: Riding the Beast, 2012

 

Chicago es una ciudad híbrida. Es producto de encuentros y desencuentros. Pero antes de que se fundara la ciudad, hubo un antes y un después. A saber, antes del arribo al área de Chicago del comerciante franco-haitiano Jean Baptise Point DuSable a finales del siglo XVII, los exploradores Jacques Marquette y Louis Jolliet ya habían surcado los ríos Illinois, Des Plaines y Chicago. Sin embargo, antes de la presencia de los exploradores en el terruño de las hortalizas rupestres, el pueblo potawatomi ya había echado raíces en el área conocida como Zhegagoynak, “lugar de cebollas silvestres”. Y mucho antes de que se asentaran los “Guardianes del fuego”, como se les conocía a los potawatomi, otros pueblos originarios ya habían habitado en el área: los ojibwe, los odawa, los myaamia, entre otros. En Shikaakwa, siempre ha existido un pariente, un clan, una tribu que llegara a estas tierras antes que “nosotros”. 

De vuelta a la esencia de las cebollas y al comerciante, en 1788 DuSable contrajo nupcias con su prometida potawatomi, Kitihawa (también conocida como Catherine, por su nombre cristiano). El enlace interracial e intercultural hizo que du Sable fuera aceptado entre los indígenas, facilitando su vida y, además, sus negocios. Del matrimonio, nacieron dos hijos: Jean Baptiste Point DuSable, Jr. y Suzanne, y así también nació el mestizaje cultural que hasta el día de hoy hace de Chicago una ciudad diversa, híbrida y de movimiento incesante donde se intersecan la modernidad y la tradición de sus habitantes, los avances tecnológicos y las luchas sociales, las icónicas obras arquitectónicas y las manifestaciones culturales de los grupos étnicos que han forjado algunos barrios de la ciudad: Pilsen, China Town, Little Italy, Polonia Triangle, La Villita, entre otros. Después de todo, el catalizador que ha propiciado el caudal cultural en la Ciudad de los Big Shoulders ha sido, sin duda, el flujo constante de la migración.

De ahí que la exhibición Catalyst: Im/migration and Self-Taught Art in Chicago sea un acierto para entender a la ciudad en los tiempos aciagos que estamos viviendo. A través del arte que reúne esta exhibición en el Intuit Art Museum, bien podemos echar una mirada al pasado, aproximarnos a la complejidad del presente y asomarnos al futuro.

Pero antes, no está de más recordar que estas piezas fueron creadas por ciudadanos de a pie, in/migrantes que llegaron a la ciudad movidos por la esperanza de saciar el hambre, evadiendo la represión política, huyendo de otra guerra, evitando el reclutamiento militar forzoso, persiguiendo la reunificación familiar, escapando de un desastre natural, incluso, soñando el “sueño americano” y, otros más, imaginando que “un mundo mejor es posible”.

El grupo de creadores incluidos en Catalyst es variopinto. Al mismo tiempo, cada creador representa un pequeño fragmento geopolítico de la región de la cual in/migró. Ubicarlos nos ayuda a ilustrar el momento histórico que se vivía en cada región: Bombay (ahora Mumbai), India; Granada, Nicaragua; Stuttgart, Alemania; Tokyo, Japón; Marche, Arkansas; Crenshaw, Mississippi; Nesvizh, Imperio Ruso (ahora Belarus); Kharpert, Imperio Otómano (ahora Turquía); Łódź, Rusia-Polonia ocupada (ahora Polonia); Hwanghae Province, Corea del Norte; Sant’Annapelago, Italia; Puerto Castilla, Honduras; Querétaro, México, entre otros.

Quién está dispuesto a migrar, está dispuesto, incluso, a perder la vida en el camino con la ilusión de empezar de nuevo. En el grabado Riding the Beast, Carlos Barberena graba magistralmente a inmigrantes sobre la bestia, ese tren que atraviesa México y sobre su lomo se amontonan los inmigrantes con la ilusión de alcanzar la frontera con Estados Unidos. Ese viaje es como decía San Agustín de Hipona: “un continuo correr hacia la muerte” y adonde todos habremos de llegar; unos antes, unos después. Pero sobre la bestia muchos ya han fenecido. Todo es cuestión de tiempo. Y metafóricamente, para quien alcanza a cruzar puede haber un renacimiento.

“Todo peregrino ve las cosas a su manera”, escribió Edward W. Said en Orientalismo. Y sí, el inmigrante recién llegado a Chicago —en cualquier punto de la historia— se encandila con el reflejo de los rascacielos; la inmensidad del lago Michigan, la variedad de barrios y guetos étnicos, sus museos y parques, pero el inmigrante después de haber realizado un largo peregrinaje vino a trabajar. A veces, sin saberlo, se hermanó con una clase trabajadora, cuyo confort, producto de los callos en sus manos, lo fue sedando.

No obstante, hay algunos inmigrantes insurrectos que evitan la norma. Algunos de ellos gravitan en torno a la exhibición Catalyst. Si hay algo que comparten estos creadores autodidactas es vivir y, a veces, convivir y trabajar bajo el mismo cielo. Trabajan para subsistir. Se aferran a su razón de ser. Es su bagaje cultural y el despertar de la conciencia lo que no les permite caer en la cosificación. Parafraseando al filósofo Alain Badiou, ellos crean arte para tratar las afecciones del alma.

La creación artística probablemente sea la manifestación más fértil del espíritu. Al crear comulgamos con la divinidad que coexiste en nosotros. Desde la comunión florece la obra; por tanto, crear arte, más allá de la factura, nos mantiene al margen de la enajenación socioeconómica y la banal cultura del espectáculo.

 

Alfonso “Piloto” Nieves: En el nombre del progreso, 2011. Foto: Lisa Lindvay

 

En Art of My Mind, bell hooks lo describe de la siguiente manera: “si se pudiera hacer que un pueblo perdiera el contacto con su capacidad de crear, perdiera de vista su voluntad y su poder para hacer arte, entonces la labor de sometimiento, de colonización, estaría completa”. Pero el artista no se ha dejado colonizar. El proceso de creación es un acto de resistencia al orden establecido. Este concepto lo podemos observar claramente En el nombre del progreso del escultor Alfonso “Piloto” Nieves. Piloto deconstruye el concepto de la emblemática estatua de Liberty Island. Es una escultura cruda, armada con raíces, barras de acero, pasto seco, arcilla y basura. El todo es un caos. Yuxtapone el caos con el orden, la destrucción con el renacimiento, el consumismo voraz con la solemnidad, la muerte con la vida. No todo es fatalismo. Hay luz en la nimiedad. Esta escultura nos aproxima a la totalidad no de un universo, sino a la multiplicidad de universos que convergen a través de la obra de estos creadores alejados de las grandes escuelas de arte y de los ismos.

¿Cómo mira sus heridas ese que por las mañanas se sumerge en las entrañas de la tierra y extrae minerales y en el escaso tiempo libre construye majestuosas catedrales miniatura? ¿De qué manera pinta la memoria familiar la obrera que durante el día ensambla electrodomésticos? ¿De qué otra manera el activista presta su voz a los que no tienen o no pueden alzar la voz? ¿Cuándo se toma la historia propia entre las manos y se esculpe la historia de un pueblo esclavizado y deshumanizado: al pulir zapatos, al gritar las ofertas de un comerciante judío o al escuchar un triste blues en el Mercado Maxwell? ¿Qué trazos diluye en el lienzo una madre que ve a su hijo partir a la guerra? ¿De dónde se sostiene ese que emigra dejando todo antes de dar el primer paso hacia lo desconocido? ¿Qué ven esos ojos migrantes que buscan la felicidad en superponer y ensamblar etiquetas en ventanas, paredes, techos y estantes de su pequeña tienda? ¿Qué evoca un conserje cuando el día ha cesado y el jardín de su casa se torna un espacio para recrear el paraíso perdido por la inmigración? ¿Cómo se materializan las ideas de un escultor después de pasar intensas jornadas frente al fuego perpetuo de las parrillas en la cocina de un restaurante en Wicker Park? ¿Cómo se asoma al vacío existencial una florista en las postrimerías de su vida?

Ninguna obra de arte debería dejarnos en el mismo sitio. Debería cimbrarnos. Estas obras en particular devienen del dolor, del cansancio, del sudor, de la incertidumbre, del misterio de la vida, pero también, de la injusticia, de la insatisfacción del consumo inmoral.

Las obras reunidas en Catalyst: Im/migration and Self-Taught Art in Chicago nacen de la herida. Y aunque “la actual sociedad positiva elimina cada vez más la negatividad de la herida” —como bien señala el filósofo Byung-Chul Han—, observarla y transmutarla en pintura, grabado o escultura quizá sea una forma para aliviar a una sociedad embelesada con la cultura efímera del Like.

Estas obras de arte, en gran medida, son nuestro espejo. Nos invitan a vernos, deconstruirnos, a repensarnos. Pero no son sólo eso. Son evocación, son puñetazos al aire, son la nota extraviada de un sax, son la fatiga mitigada, son el dolor del niño que fuimos, son las derrotas acumuladas, son el último suspiro, son renacimiento, son ruptura, son encono, son resiliencia, son registros históricos, son trazos del alma, son voz, son silencio. Son el vaho en el espejo. Son el olvido. Son la esperanza, pero sobre todo, son obras de arte.

Por su parte, el cineasta Guillermo del Toro nos recuerda que “el arte verdadero florece sólo cuando las raíces están firmes, cuando la historia, la sangre y la tierra se abrazan en silencio”. Estos cuatro elementos, indudablemente, están presentes en las piezas “Deer Skull”, “Vestida para el carnaval” y en los arreglos florales de María Enríquez de Allen. Ama de casa incansable, florista de imaginación infinita. Creaba flores para las ofrendas de Día de Muertos y hacía ramos para celebraciones religiosas. Creaba a partir de un hueso, una lata, un muñeco abandonado, un trozo de tela, una imagen religiosa. Todo era útil. Todo tenía un fin y ella le proporcionaba otro. Todo lo transformaba. Creó una zoología interminable de animales y seres de su imaginación.

Las curadoras, Dana Boutin y Alison Amick, han traído una bocanada de aire fresco no tan sólo al Intuit Art Museum, sino a la ciudad. Son atrevidas. Su esfuerzo se agradece por invitarnos a repensar la inmigración desde la creación artística de un carpintero, un activista, una ama de casa, una obrera, un conserje, un dependiente, un cocinero, una costurera. Todos ellos son demiurgos y con sus obras han contribuido a la armonización del universo. Todos fueron, son, han sido inmigrantes y en su vida y en su obra han dejado una marca imborrable. Sus obras de arte nos tocan. Nos incluyen. Nos cuentan de muchas maneras que todos venimos de otros lugares y que antes que nosotros llegaron otros. Asimismo, estas obras de arte nos invitan a reconocernos en las culturas de los otros. Nos invitan a ver y a vivir nuestra ciudad de Chicago desde otros ángulos, desde otros contextos, desde otros tiempos, desde la manifestación más alegre del espíritu: el arte sin fronteras ni dogmas.

María Enríquez de Allen: Deer Skull

 

 


Maya Piña. Escritora apasionada del arte, gestora cultural, activista por los derechos de la comunidad transgénero, y directora de la Feria del Libro Chicago. En la Ciudad de los Big Shoulders, ha sido cofundadora de revistas literarias como Fe de erratas, zorros y erizos, Tropel, contratiempo y EL BEISMAN.com. Es coautora del libro Rudy Lozano: His Life, His People (TEAS, 1991). Participó en las antologías Voces en el viento: Nuevas ficciones desde Chicago (Esperante, 1999), Se habla español: Voces latinas en USA(Alfaguara, 2000), Palabras migrantes: ensayistas mexican@s de Chicago (EL BEISMAN PRESS, 2019),Imaginar países: Escritoras latinoamericanas en Estados Unidos (Editorial Hypermedia, 2021), Narrar lo propio. Inmigrantes mexicanos en Chicago (UNAM, 2024), Les Chiques: infancias y adolescencias desobedientes (FEA, Chile, 2024). Coeditora de la antología #NiLocasNiSolas: narrativa escrita por mujeres en Estados Unidos (2023). Asimismo, Piña es la directora de EL BEISMAN PRESS.