Tus pequeñas huellas: el microcosmos del inmigrante

Tus pequeñas huellas de Oswaldo Estrada
Suburbano Ediciones, Miami, 2023. 403 páginas, ISBN 979-8987091289

Marena les había advertido a sus padres “que se iría a Estados Unidos, aunque fuera caminando. Envalentonada, lista para enfrentar lo que fuera”. Ese lo que fuera es lo que yace entre lo desconocido y la nueva herida que está por abrirse en el que emigra. En lo que fueracabe también el misterio de la muerte y la vida. Así, desde el primer capítulo, Oswaldo Estrada traza la ruta de lo que será una de las columnas temáticas que sostendrán la trama de su primera novela, Tus pequeñas huellas: la inmigración.

Estrada escribió una gran novela. El relato es polifónico; el andamiaje estructural está bien cimentado. En la obra prepondera la aptitud de orfebre en busca del adjetivo preciso, la economía del lenguaje, la fluidez de la prosa, la contundencia de ciertos enunciados. Durante 10 años trabajó en el manuscrito. La trama de Tus pequeñas huellas no es un asunto menor: hila temas que hermanan a las hijas de nuestro tiempo: la pérdida, la dolencia, la inmigración.

“El inmigrante no está al margen de la experiencia moderna, sino que ocupa un lugar central en ella” escribió el novelista y crítico de arte John Berger en A Seventh Man, una obra maestra sobre la migración europea. Publicada en 1972, la obra es una compilación de poemas, citas, interrogantes, cifras y reflexiones acompañadas de fotografías del documentalista suizo Jean Mohr. Y ya en este siglo también se han escrito obras notables sobre la inmigración. Para muestra, un puñado de botones: La ignorancia de Milan Kundera, Los migrantes que no importan de Óscar Martínez, La autobiografía del algodón de Cristina Rivera Garza, Ceniza en la boca de Brenda Navarro, Una tumba en Xicago de Raúl Dorantes. Siguiendo esta vertiente, Tus pequeñas huellas de Estrada se circunscribe dentro de una pléyade de obras literarias que han registrado con prolijidad intelectual la condición humana del inmigrante. Asimismo, cada obra aspira a ser notable en su propuesta estética. Bien decía Walter Benjamin que “la forma y el contenido son lo mismo en la obra de arte: son sustancia”. Y Tus pequeñas huellas a través del cincelado de sus personajes nos acerca precisamente a lo sustancioso de la experiencia contemporánea del inmigrante.

Aguijonea el comienzo de Tus pequeñas huellas. Andrés acaricia a su hijo que nació muerto: “En los pocos minutos que le quedan con él, Andrés lo arrulla sin ningún apuro, pasando el dedo índice por su frente y su nariz. Improvisando confidencias y encargos. Lo mide con la mano abierta y cerrada para no olvidar que así fue. Y lo besa despacio. En las mejillas, sobre los ojos cerrados. Tocando sus dedos finos, sus muñecas diminutas. Y sus pies”. Estrada describe el ocaso de un sueño. El sueño de un inmigrante en Nueva York: paternar desde la consciencia. La persona que deviene en inmigrante bien sabe que ha pasado la vida soñando. El inmigrante sueña en huir de la pobreza, sueña en escaparse de la persecución política, sueña en evitar el cobro de piso, sueña en resistir el reclutamiento forzado del narcotráfico, y otros inmigrantes, incluso, todavía sueñan con el “American Dream”.

Los personajes de Estrada, Andrés y Marena, sueñan con paternar y maternar, mas ese sueño les ha sido vedado.

Ambos se conocieron en Staten Island. Ella con actitud guerrera, reportera del Manhattan Times, tejía historias de “las mujeres que limpiaban casas y enviaban la mitad de su sueldo a México para mantener a sus hijos allá. Las de los pintores indocumentados que vivían en sótanos sin una pizca de luz natural. O las de los vendedores de salteñas que recreaban al pie de los rascacielos los sabores del altiplano boliviano”. Después de dejar el Perú, Marena se instaló en la casa de unos conocidos en Harlem, Nueva York. ¿Qué inmigrante no llega al departamento de un pariente o un conocido de otro conocido? Además, Marena —a diferencia de otros millones de inmigrantes— traía en su hoja de vida un título de Ciencias de la Comunicación, pero antes de escribir crónicas de migrantes en el Times, también le tocó vivir hacinada, como otros recién llegados a Nueva York: apretujada en una sala. Para obtener una maestría, se sobó el lomo como muchos otros inmigrantes de una clase media en vías de extinción. (Hasta en la diáspora latinoamericana hay unos inmigrantes menos iguales que otros.) Marena pertenecía a esa elite de la migración que aspiraba a un trabajo fuera de las fábricas, la hostelería, la limpieza. Tras su llegada, rápido se acomodó y empezó a tomar clases de inglés. Para sobrevivir como estudiante, enseñaba clases privadas de español a gringos, hacía traducciones, daba tutorías, y todo bajo las sombras del cash.

Andrés, editor prolijo. “No era guapo ni feo. Muy equis”, eso sí. De tez morena, de estatura mediana y pelo ralo. “Cholito”, le decían. Era de discusión apasionada con y sin mezcales. Había dejado el Perú muy chico, “en plena violencia”. Había emigrado de Perú rumbo a Los Ángeles “con el corazón en la garganta” en compañía de sus padres y hermanos. Años más tarde, quiso estudiar biología, pero la estructura de las células, la evolución y los ecosistemas definitivamente no eran lo suyo. Sin embargo, cuando se encontró en una clase opcional de literatura comparada, le cambió la vida. Se dio cuenta que “leer era perderse en un laberinto metafísico, en el infinito y el juego de dobles, en la cadencia de un verso, o en el reino de los sueños”. De San Francisco se mudó a Nueva York a trabajar en la editorial de Oxford University. Andrés representa tanto al estereotipo como al arquetipo de la movilidad social del inmigrante, de ese que con voluntad sí pudo escalar y encarnar las jerarquías del nuevo proletariado de cuello blanco.

Un domingo jugando cascarita, Andrés conoció al grupo vario pinto de amigos colombianos, mexicanos y peruanos, quien un poco más tarde le presentarían a la flaca de Marena. Todo era cuestión de tiempo, sí de ese ‘insaciable tiempo’ que esculpe la vida del inmigrante. Se conocieron en una reunión de amigos; comieron arepas, empanadas, anticuchos; degustaron pizco, vino, tequila y posiblemente bailaron alguna salsa de Willie Colón o Rubén Blades.

Ambos se encontraron “con la urgencia de conocerse un poco más” y a los pocos meses comenzaron a vivir juntos. Desde el principio de la relación, Marena fue contundente con Andrés: “Nunca antes he tenido ganas de ser madre. Pero contigo sí me atrevo”. Dicha sentencia fue música para Andrés, pero no tanto para la futura suegra pues agriamente comentó a Marena que “estaba cambiando mocos por babas. Mira que irte tan lejos para terminar con un peruano”. Los ismos también persiguen a los inmigrantes; el clasismo y el colorismo no son la excepción. El oído de Estrada los registra con sobriedad y sin ironía.

El encuentro sobrevino en tragedia y el hijo que tanto esperaban nunca llegó a ser. Tanto Alma como Diego nacieron muertos. Marena y Andrés buscaron apaciguar la pérdida asomándose a su propio vacío. El dolor los consumió. Andrés “no tiene ganas de nada y Marena tampoco”. Ahora, viven “agobiados de pensar que tienen un día por delante, lleno de minutos y horas muertas”. Pesaban los días y pesaban las decisiones por mínimas que fueran. El cuartito de la bebé lo mantenían cerrado “por temor a morirse del espanto al ver la cuna vacía”. En algún lugar, el poeta Octavio Paz escribió que “se nos enseña a morir y se nos enseña mal”. Asimismo, se nos enseña poco o casi nada a lidiar con la muerte de los demás. A los personajes de Estrada, no les queda más que aprender a “lamerse las penas como dos perros heridos”.

Andrés buscó alejarse del dolor refugiándose en el trabajo y así se alejó de sí mismo, de la angustia que lo engullía. “Escribe lo que puede, cuando deja a un lado lo que edita para encontrarse consigo mismo o con su hija”. Escribir se vuelve un encuentro íntimo, honesto consigo mismo. Escribir es un diálogo con las sombras que lo atormentan. Es continuar falseando el deseo de ser padre. Andrés escribe desde la impotencia, desde donde nada se puede asir, desde donde el único presente posible es la muerte propia. “Quisiera que llegara un nuevo anuncio de tormenta, un tornado, un huracán que nos borrara del mapa”.

Una parte de Marena también muere a cada rato, ya no es sólo el vacío en el vientre. Todo es intento. Intenta reincorporarse a la vida, intenta concluir alguna entrevista, una nota, un reportaje. Pero, “el dolor es insoportable. El luto es largo y no hay atajos… Trata de vaciarse por completo para que corra el dolor de adentro hacia afuera, como un río que se desborda. Y en ese río que arrastra palos y piedras visualiza sus pesares”.

Tus pequeñas huellas es una novela punzante. Además de explorar el microcosmos del inmigrante que ha devenido en editor, en periodista, en escritor, se asoma a la condición humana del tercer milenio, de esos que como diría José Saramago “nacieron para la nada”. “Quien emigra una vez emigra para siempre”, dictaminó en algún lugar Milán Kundera y remató. “El emigrado es un paria en cualquier lugar”. Y definitivamente, los personajes de Oswaldo Estrada también son parias, acomodados, pero parias, que buscan zurcir la herida de la migración y la herida del ser.

 


Maya Piña. Gestora cultural, activista por los derechos de la comunidad transgénero, escritora apasionada del arte y directora editorial de El BeiSMan PrESs. En Chicago, ha sido cofundadora de revistas literarias como Fe de erratas, zorros y erizos, Tropel, contratiempo y El BeiSmAn.com. Es coautora del libro Rudy Lozano: His Life, His People (TEAS, 1991). Participó en las antologías Voces en el viento: Nuevas ficciones desde Chicago (Esperante, 1999), Se habla español: Voces latinas en USA (Alfaguara, 2000), Palabras migrantes: ensayistas mexican@s de Chicago (El BeismAn PrESs, 2019), Imaginar países: Escritoras latinoamericanas en Estados Unidos (Editorial Hypermedia, 2021), Narrar lo propio. Inmigrantes mexicanos en Chicago (UNAM, 2024), Les Chiques: infancias y adolescencias desobedientes (FEA, Chile, 2024). Coeditora de la antología #NiLocasNiSolas: narrativa escrita por mujeres en Estados Unidos (2023). Piña es directora de la Feria del Libro de Chicago.