Día 20 — No todos entran al Mundial. Algunos lo miran desde la banqueta.
Reportando desde la cabina oficial de la banqueta, donde la entrada cuesta menos porque no existe.
Noruega derrotó 2–1 a Costa de Marfil.
Francia venció 3–0 a Suecia.
México eliminó 2–0 a Ecuador.
Tres selecciones avanzaron. Tres comenzaron a empacar. Pero la gente no se va al mismo tiempo que el equipo.
La eliminación manda jugadores al aeropuerto. La afición todavía tiene canciones pendientes. No todos entran al Mundial. Algunos lo miran desde la banqueta.
La FIFA vende una fiesta universal. La taquilla administra el acceso. El Mundial dice que es de todos. La taquilla pide comprobante.
Dentro del estadio hay boleto, asiento numerado, patrocinador oficial y una pantalla capaz de repetir el gol desde siete ángulos. Afuera hay ventanas, tiendas, bares, teléfonos, radios, plazas, banquetas y una silla que alguien sacó porque el partido no iba a esperar a que llegara el mobiliario oficial.
Unos compraron asiento. Otros compraron datos. Otros llevaron una silla a la calle.
Noruega avanzó. Costa de Marfil se fue. En Abiyán, en Oslo y en todo lugar donde alguien encontró una pantalla, el partido tuvo más público del que cabe en el informe de asistencia.
La FIFA contará los cuerpos que cruzaron el torniquete. Nadie contará cuántos dejaron de trabajar un momento, movieron la mesa o pidieron prestado el control remoto.
Francia avanzó con tres goles. Suecia se fue con el uniforme todavía puesto. Dentro del estadio, el marcador fue suficiente.
Afuera, cada familia tuvo su propia transmisión: retrasada, ruidosa, compartida o interrumpida por una conexión que también quiso participar en la eliminación directa.
La fiesta es global. La entrada sigue siendo local y cara.
Y luego México.
Dos goles contra Ecuador. Dentro, miles celebraron. Fuera, millones hicieron ruido sin aparecer en la toma aérea.
La cámara mostró la tribuna. La calle completó el aforo.
El estadio tiene capacidad limitada. La ilusión no leyó el reglamento.
Hay aficionados a diez mil kilómetros del partido. Y hay otros a diez cuadras, separados por una valla, un precio o una acreditación que nunca tuvieron oportunidad de solicitar.
El Mundial presume cercanía. El boleto mide la distancia.
El negocio cercó el estadio. La afición amplió la tribuna hasta la calle.
Costa de Marfil, Suecia y Ecuador se van. Pero sus camisetas seguirán apareciendo en mercados, escuelas, camiones y fotografías. La selección termina su torneo. La gente decide cuándo termina el suyo.
Unos compraron paquetes, vuelos y hospedaje. Otros pagaron datos, transporte o una comida fuera de horario.
Otros no compraron nada. Se sentaron donde pudieron y entraron al partido por la única puerta que nunca pudo cerrar la FIFA: las ganas de mirar.
La taquilla vendió lugares. La gente fabricó pertenencia.
La gente celebra adentro y afuera. Pero afuera somos más.
Reportó El Tamaláctico, desde la cabina oficial de la banqueta.
Se tenía que decir y se tamaleó.
Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).

