Día 18 — Primero fue el (re)bote. Después, la explicación.
Reportando desde la cabina oficial de la banqueta, donde el balón bota primero y el análisis llega después, con corbata.
Comenzó la eliminación directa. Canadá derrotó 1–0 a Sudáfrica y avanzó. Eso dice el marcador.
Todo lo demás comenzó a fabricarse después.
Primero fue el rebote. Después, la explicación.
Canadá ganó y de inmediato aparecieron el carácter, la madurez, el proyecto, la disciplina y la capacidad para sufrir.
Sudáfrica perdió y entonces llegaron la falta de contundencia, la ingenuidad, la presión y esa misteriosa “ausencia de jerarquía” que siempre se descubre cuando ya terminó el partido.
La pelota entró una vez. El relato metió cinco conceptos.
Primero entra el gol. Después entran el ADN, la mentalidad y otros suplentes que no aparecían en la alineación.
En la fase de grupos todavía había oportunidad de corregir. Una derrota podía llamarse tropiezo. Un empate podía convertirse en aprendizaje. Una mala tarde podía esperar otra fecha. Ahora no.
En la eliminación directa, un solo partido recibe permiso para explicar cuatro años.
Canadá seguirá adelante y su proceso será presentado como evidencia.
Sudáfrica se va y su proceso quedará bajo interrogatorio.
El marcador no solo separa equipos, también reparte adjetivos.
Al ganador le encuentran un plan. Al derrotado le encuentran un defecto.
Quizá Canadá jugó mejor. Quizá resistió mejor. Quizá aprovechó la única jugada que debía aprovechar.
Pero la victoria no vuelve inevitables todos los pasos anteriores. Tampoco convierte cada decisión en brillante. Un gol puede nacer de una jugada ensayada. También puede tocar una pierna, cambiar de dirección y entrar mientras veinte futbolistas descubren que el destino tiene espinillas. Después vendrá la repetición. Luego la flecha dibujada en pantalla. Finalmente, alguien explicará que todo ocurrió por ocupación inteligente de espacios.
La casualidad entra despeinada. El análisis la peina para la conferencia de prensa.
Del lado sudafricano ocurrirá lo contrario. Una ocasión fallada se convertirá en símbolo nacional. Un error individual recibirá dimensiones históricas (ahí te hablan, Muslera), y el jugador terminará cargando con problemas que no caben en una sola espalda.
Así trabaja la épica: toma el resultado y acomoda el pasado para que parezca que siempre estuvo caminando hacia allí.
Si la pelota pega en el poste y sale, faltó mentalidad. Si pega en el poste y entra, hubo convicción. El poste hizo exactamente lo mismo.
La diferencia entre carácter y fracaso puede medir lo mismo que el ancho de un balón.
Canadá avanzó. Eso es real. Sudáfrica quedó eliminada. También.
Lo que no debemos aceptar tan fácilmente es que el resultado explique por completo a ambos.
La eliminación directa elimina equipos. La narración elimina matices.
A partir de hoy cada gol será tratado como profecía cumplida. Cada derrota buscará culpable. Cada rebote recibirá biografía.
Y mientras los expertos reconstruyen el partido para demostrar que el desenlace tenía lógica, la pelota seguirá allí, redonda, irresponsable y sin obligación de respetar ninguna teoría.
Reportó El Tamaláctico, desde la cabina oficial de la banqueta.
El gol marca el partido. La épica corrige el acta.
Se tenía que decir y se tamaleó.
Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).

