Hielo en las tetas

En medio de todo el caos que ICE ha creado en la ciudad, lo que mi cerebro todavía no puede procesar es ver a una mujer enmascarada vestida de cazarrecompensas recién llegada de Afganistán, luciendo con orgullo las siglas de ICE en la espalda, como si ser parte de una banda de secuestradores fuese algo aspiracional. 

Estas “novias” de ICE ocupan el fondo de la cadena alimenticia de la administración de Trump. A la cabeza están tres mujeres seleccionadas por el señor presidente para dirigir los organismos clave de su agenda de destrucción. Empecemos por la flamante Secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, también conocida como ICE Barbie (o la mataperritos¹) quien, rodeada de hombres muy machos, está enfocada no solo en aterrorizar a la ciudadanía, sino en “documentar” en redes sociales los “horrores” a los que se tiene que enfrentar su manada de gestapo-wannabes cuando se ve amenazada por turbas de ranas, pollos, unicornios, sacerdotes y gente normal, exigiendo el respeto a sus derechos constitucionales. Kristi Noem, quien no se ha dado cuenta de que cuesta más trabajo manipular la realidad que crear una ficción (y si no me creen, pregúntenle a su maquillista), siempre ha jugado sucio² y sabe que la justicia está, por el momento, de su lado, pues la tienen secuestrada. Gracias a Pam Bondi la oxigenada Fiscal General de la Nación, cuya carrera se ha enfocado, entre otras cosas, en distorsionar la verdad, presentar hechos alternativos, cambiar la conversación, hacerse la indignada, contratar abogados incompetentes, mandarlos a los tribunales a hacer el ridículo y lamerle las botas a Trump la justicia es una más de los desaparecidos. Para lograr los objetivos de una administración corrupta, hay que mantener al país estúpido (una tercera parte de los estudiantes de octavo grado no alcanzan el nivel básico en lectura) y es por eso que la señora Linda McMahon, Secretaria de Educación, emulando el negocio que la hizo millonaria (Wrestlemania), se ha dedicado a desmantelar el departamento bajo su cargo con la excusa de que la educación debe ser un asunto estatal, aunque es obvio que lo que quieren es restringir los programas de diversidad, equidad e inclusión para “revisar” la historia e incrementar su base de descerebrados, ya que con el apoyo de los evangelistas y la inteligencia artificial (que McMahon confundió con la salsa A1³), las escuelas se convertirán en fábricas de trad wifes y bros, diestros en la producción de su “súper vida” en Instagram en el nombre de Jesus Christ Superstar, pero incapaces de distinguir la realidad de la ficción.

Trump puso a tres mujeres a hacer el trabajo más sucio y visible de su agenda: deportar inmigrantes, destruir el departamento de educación y perseguir a sus enemigos políticos. Tres mujeres carentes de empatía; cómodas en el mundo de los hombres. Como la ambiciosa Lady MacBeth que le pide a las brujas que le arranquen el sexo y la llenen “de todo, de pies a cabeza, con la más espantosa crueldad… venid hasta mis pechos de mujer y transformad mi leche en hiel”, estas mujeres han abortado su feminidad porque en el mundo de Trump, lo femenino es débil y si es débil, se puede abusar, violar y traficar. Eso sí, las tres siempre están maquilladas, botoxeadas y peinadas como si fueran concursantes de un certámen de belleza (en Mordor). 

Una administración que se escuda en valores “cristianos” para destruir un país a costa de los más pobres antes de divulgar los archivos de Epstein, ese monstruo que con ayuda de otra mujer abusó de cientos de jovencitas, requiere de cómplices. Pam Bondi sabía, desde el primer día, lo que tenía que hacer para que esos archivos no salieran a la luz (¿qué habrá visto?), pero no contaba con la fuerza de la voz de ultratumba de Virginia Giuffre, una de las víctimas de Epstein, quien pasó los últimos años de su vida exigiendo justicia. Ella sola derribó a un príncipe británico. Andrew fue el precio que tuvo que pagar la monarquía inglesa para salvarse. La justicia llegó tarde, pero llegó. 

El patriarcado tiembla ante mujeres valientes. Para muestra un meme. Una mujer con su vestido de puntitos blancos bloqueándole el paso a un tanque de guerra mientras les pinta el dedo con ambas manos en alto, desafiante. “¡Quítame, cabrón!” Ejemplos de mujeres valientes en la lucha por nuestros derechos y por la democracia sobran. Mujeres armando despensas, distribuyendo paquetes de silbatos con instrucciones, organizando patrullas para acompañar a los niños a las escuelas, dando de comer a los afectados por el shutdown, atosigando a ICE en un restaurant hasta sacarlos, grabando las atrocidades que diariamente comete la policía secreta de Trump, etc. No va a ser fácil para Chicago, cuna de inumerables luchas, resistir los ataques de ICE, pero tampoco va a ser fácil para ICE cometer sus atracos mientras haya mujeres valientes (y hombres, ¿por qué no?). Hacerles la vida imposible es obligatorio. 

Uno de los requisitos indispensables para trabajar en ICE es ser cruel. Ser cruel no es, normalmente, una característica femenina (aunque, como decía Nora Ephron, “enséñame a una mujer que llora con la caída de las hojas y te enseñaré a una verdadera cabrona”). ¿De qué están hechas esas mujeres cómplices? ¿Qué les hizo tanto daño, anormales? ¿La leche de su madre? 

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1. En su autobiografía confiesa que mató a uno de sus perros por ser un bad boy.

2. Googlear Sherry Bren, Kristi Noem.

3. True story, bro.

 


Carolina Herrera ha escrito dos novelas. #Mujer que piensa (El BeiSMan Press, 2016) y Flor de un árbol raro (El BeiSMan Press, 2021). Ambas han obtenido el primer premio en sus respectivas categorías del International Latino Book Award. Sus cuentos y ensayos han aparecido en casi una decena de antologías de escritores en Estados Unidos. Ha traducido numerosos guiones para cine y televisión. Es directora de El BeiSmAn punto com y co-organizadora de la Feria del Libro de Chicago.