El blues de la línea roja de Julio Rangel

El Blues de la línea roja, de Julio Rangel
Editorial Residuos, 203 páginas. ISBN 979-8-218-58893-9

 

La reciente publicación de Julio Rangel, El blues de la línea roja, le da seguimiento a la que quizá es la menos conocida creación literaria en Chicago en español, el ensayo o la crónica. Las entradas que conforman esta obra combina la reflexión personal con referencias, alusiones y citas a las artes y al pensamiento filosófico, la sociología y la psicología, la cultura popular, con énfasis en el comentario social y observaciones sobre ciertas situaciones y condiciones de vida en la Ciudad de los Vientos.

Tan solo en las primeras entradas de este ride por la “línea roja”, es evidente que Julio Rangel nos revela que su tránsito urbano es un intento por darle sentido a toda una gama de instancias de vida, manifestando su propio estar en un incesante viaje en el que pareciera que la vida está en otra parte, frase de la novela de Kundera que ocupo para aludir a la casi desesperada búsqueda de sentido en una vida sin sentido.

Quiero explayar sobre el comentario anterior para explicar el adjetivo “desesperada” que utilicé. En Walden, el formidable ensayo esencial del trascendentalismo estadounidense, como frase cabal de lo que es contrario a lo trascendental, Thoreau nos recuerda que “La mayoría de los hombres lleva vidas de silenciosa desesperación”. Es necesario comprender que lo conocido como normalidad, sólo se refiere, superficialmente a lo que es simplemente la norma. Pero individuos pensantes y sintientes como Julio Rangel, no son  “normales” en ese sentido, sino personas que no se empecinan en las dolencias y carencias físicas o materiales personales, sino que se dedican a describir y expresar su visión de mundo sobre cuestiones vivenciales, literarias, artísticas y espirituales: aquellas instancias que les recuerdan que son seres transitorios, no sólo física pero también existencialmente.

Este tránsito intelectual de Rangel incluye una interesantísima entrada sobre Walden (la que bien pudo haber sido la primera, a modo de bienvenida histórica) en la que muy oportunamente se describe el impacto que tuvo el ferrocarril en la vida de los citadinos del siglo XIX:

Hay en Walden un pasaje famoso, las páginas en que Thoreau relata la diaria maravilla de ver pasar el tren. El ferrocarril se adentra en el paisaje como una intrusión acústica y visual de dimensiones épicas. Con casi un terror sagrado, Thoreau alude a una bestia mitológica, un “caballo de hierro” que por las colinas hace resonar el eco de su resoplido como el trueno, “haciendo sacudir la tierra” y exhalando fuego y humo por sus orificios nasales.

Debo agregar que a partir de esta referencia hasta casi el final, todas las entradas se refieren a lo que bien puedo llamar “la abolición del tiempo y el espacio”: tema central de lo que supongo es un ensayo extenso que el autor dividió en segmentos, y los que aluden y citan varias obras de conocidos autores, describiendo el impactante efecto que tuvo la incorporación del reloj en la vida cotidiana, la Revolución Industrial, el tren y el automóvil (cuando “el silbato de la fábrica es quien ahora marca el ángelus”).

Es notable cómo Rangel persiste en la metáfora extendida del tránsito en tren y el pasaje de las etapas tanto históricas como vivencias individuales, como si fueran rodajes de cine vistas a través de la ventanilla. La conclusión inevitable es que la concepción del tiempo, el espacio y nuestra existencia en sí está determinada por fuerzas motrices ajenas, porque seguimos viviendo en un mundo ancho y ajeno.

Siendo más puntual en esta aproximación de la obra y a la semblanza personal, es evidente que el autor es también otro sujeto-objeto de su propio tránsito. Admiro la tenaz capacidad de ponderar entre las estaciones de un tren que, de hecho, nos transporta de casa al trabajo, del trabajo a casa, especialmente durante aquellos primeros jales de migrantes en condiciones tan inciertas y por debajo del potencial que se tiene. Rangel define la experiencia de esta manera:

El callejón sin salida de la rutina atenaza al trabajador como una intuición para la que no siempre tiene palabras. A menudo es esta la melancolía del trabajador citadino: se sabe el hámster en la rueda, sin agencia para romper el ciclo maniático. Esta noción implica una oscura fuerza externa, el científico que observa los trabajos del roedor en el laberinto.

Las entradas de este viaje interior también comprenden aspectos personales, que definen cómo hemos también recorrido las mismas estaciones otros escritores latinoamericanos radicados en Chicago. Entre líneas podemos ver cómo la intuición y el conocimiento se vuelve una lucha para mantenerse a flote, para no hundirse uno en la zozobra social, para no terminar siendo derrelictos humanos, como tantos indigentes que pernoctan en los vagones del Elevado que intermitentemente baja al subterráneo. ¿Acaso no son éstas otras “notas del subsuelo” de aquel existencialista que se nos adelantó a viajar en su propio túnel?:

Cuando el tren deja la claridad del espacio abierto y se sumerge en la oscuridad de la tierra, un fantasmagórico mundo de reflejos aparece en las ventanillas; a manera de pantalla, sobre el fondo negro del túnel, la luminosidad fluorescente de los vagones proyecta en los cristales una miríada de rostros cuyo rango va de la expresión inquieta a la más indolente neutralidad, pasajeros ceñudos concentrados en la lectura, el destello de quien ha leído algo muy gracioso en su teléfono y a veces estalla en la carcajada, la expresión fatigada de quien trabaja los largos turnos que la vida laboral impone.

Lo notable en Rangel es que en ningún momento expresa su propio adolecer, la soledad, la desesperanza que alguna vez sufrió: templanza, recato, simpleza y sosiego, conllevan este trasbordo. A veces noto cierto desapego de la realidad descrita, de pronto hasta una rendición a ya por fin formar parte de la hipertrofia, sin caer, por supuesto, sin convertirse en un urbanoide autómata. Veo que más bien se entrega a vivir sin otros apetitos, más los que le han sustentado desde su niñez y juventud. Reconozco al hombre aparentemente estoico ponderando con su mirada fija a través de la ventanilla de un vagón de la “línea roja”, analizando su presente tanto como transportándose a su pasado.

Quienes tenemos experiencias y vivencias similares en esta ciudad, conocemos muy bien el “blues” y sus desoladores acordes, sus gemidos y voces declives: la aflicción como energía productiva y creativa, para no caer en la indigencia o llevar una vida indigna. A saber cuántos de nosotros también alguna vez dormimos en uno de los vagones del tren. A saber cuántos nos perdimos y en vez de llegar a casa fuimos a dar al umbral de un ghetto o a nuestro Mictlán interior, o a una escena mítica en busca de nuestra Ítaca, nuestro paraíso perdido. En entradas varias, Rangel, nos lleva a su pueblo natal y nos relata sus experiencias:

Para el niño que fui, viajando en autobuses destartalados que iban de un poblado a otro, con campesinos que subían y bajaban a lo largo de la carretera, alguna gallina viva asomando la cabeza de un morral de ixtle y ocasionales cajas de cartón atadas con mecate por todo equipaje, el mundo que aparecía tras la ventanilla era un rítmico eslabonamiento de lo familiar y lo impredecible. Así me recuerdo en aquellos desplazamientos primeros por la montañosa geografía huasteca: de pueblo en pueblo por carreteras que serpentean en cerradas curvas, entre neblinas que ocultan precipicios.

Es esencial mencionar que este tour migrante aborda y analiza —además de obras de cine, artes plásticas, ensayos sociológicos y literarios—, temas cruciales, como las condiciones sociales de los homeless (los sinhogar), la labor de los activistas latinos estadounidenses y latinoamericanos que han luchado por una vida digna, y especialmente las condiciones de vida de los trabajadores migrantes: todo esto en una metáfora extendida en la que los personajes mencionados transitan en trenes y buses por la ciudad de Chicago y toda el área metropolitana.

Julio Rangel ha sido uno de los más asiduos columnistas que se han dedicado al periodismo cultural en varias revistas culturales escritas en español en la ciudad de Chicago. Fue uno de los fundadores de la revista Contratiempo, la de más longevidad, y hasta la fecha es uno de los más importantes colaboradores.

En cuanto a los aspectos formales y las observaciones en su cuaderno de viaje, concuerdo con la opinión del escritor peruano Marco Escalante (otro excelente ensayista residente en Chicago), quien en el prólogo aduce certeramente que las entradas “las estaciones” son marginalia, apuntes en cuadernos, memorias escarbadas.

Estas observaciones son de incisiva intuición analítica de nuestra travesía en una ciudad que ha sufrido mutaciones sociales y demográficas forzadas, gentrificación, desalojos y deportaciones. Varias entradas se dedican a sus entrevistas con activistas sindicales latinos, pero también realiza referencias históricas a las condiciones laborales en la ciudad de los big shoulders que alguna vez describió Carl Sandburg:

La ciudad era entonces un semillero de activismo socialista y anarquista que veía en Chicago un terreno promisorio de utopías. Primero habitado por alemanes e irlandeses, posteriormente por checos, eslovacos, lituanos, hoy son mayormente mexicanos quienes pueblan el barrio.

Me parece significativo que la primera publicación en forma de libro de Rangel, sea una especie de bitácora. Y creo que no es fortuito. Los inmigrantes escritores de varias partes del mundo, generalmente dan inicio a su quehacer con memorias de experiencias personales. Lo que en inglés se conoce como “literatura étnica” está habitada hasta la plenitud de cuadernos de viaje y diarios escritos con fines literarios o simplemente autobiográficos: llegada y adaptación, para luego culminar con la reflexión.

Las observaciones y reflexiones sobre la vida citadina y las artes forman parte de este tránsito que se estructura no en capítulos, sino en entradas señaladas con simples asteriscos; algo que me parece muy afín y representativo de la metáfora del viaje en tren y sus diferentes estaciones.

El blues en la línea roja de Julio Rangel no tiene destinación o conclusión alguna, porque bien sabemos que cuando nuestro viajero llegue a la última estación de la línea, el agente lo va a despertar de su periplo virtual, para que evacúe el tren; y nuestro persistente cronista, muy rampante, saldrá del vagón, subirá las escaleras al puente y pasará al lado opuesto de la plataforma, para abordar el otro tren que va de regreso, y viajará de vuelta, a la faena de transportarse y seguir viviendo y contándonos su visión de mundo con música de blues de fondo.

 

 


 

León Leiva Gallardo (Amapala, Honduras, 1962) Narrador y poeta. Autor de las novelas Guadalajara de noche, La casa del cementerio y Profesor de humanidades. De su obra poética figuran Breviario, Tríptico: tres lustros de poesía y La última estación (2023). Leiva Gallardo radica en Chicago donde también se ha destacado como ensayista de temas literarios, arte y ópera, colaborando en las principales revistas culturales en español de la ciudad: Contratiempo y El BeiSmAn. Su obra también se ha publicado en revistas internacionales como Plenamar (Rep. Dominicana), El escarabajo (El Salvador) y Revista Carátula (Nicaragua).