Yo plural

 

Marinero se fue a la mar, y mar, y mar, para ver qué podía ver, y ver, y ver,
y lo único que pudo ver, y ver, y ver, fue el fondo de la mar, y mar, y mar. 

 

Empezamos despacio, tratando de que nuestras manos encajen perfectamente al encontrarse, como la imagen reflejada en el espejo. La mano derecha con la izquierda, luego la izquierda con la derecha —Marinero se fue a la —. Ahora los cuatro dedos de la derecha sobre la sien, saludando al capitán mar, y mar, y mar. El siguiente verso es con los brazos cruzados sobre el pecho, —para ver que podía ver, y ver, y ver. Terminamos la estrofa con las manos sobre los muslos —y lo único que pudo ver, y ver, y ver, fue el fondo de la mar, y mar, y mar. Cada vez que comenzamos de nuevo, aumenta la velocidad del canto y de nuestros movimientos en un duelo de agilidad lingual y motriz. Una armonía a dos voces que rebota en las paredes, llenando el espacio compartido. El llamado urgente de mamá no logra perforar la coraza invisible que nuestras voces han levantado. Su llamado insistente no detiene el juego. “¡Ximena! ¡Romina! ¡Ya está la comida!” Esto no termina hasta que una de las dos se equivoque. Somos gemelas idénticas. Un cigoto dividido en dos. Nuestro ADN es 99.9% igual. Ese .01% incluye una pequeña desviación física: Ximena tiene un lunar en la comisura derecha de los labios que a los once años es casi imperceptible. Es una vieja travesura. Con un poco de maquillaje, Ximena hace desaparecer el lunar y con un plumón, yo lo transfiero a mi rostro. Mamá advierte que la comida se enfría, amenaza con subir, pero las ganas de ganar son más grandes que las de comer. El canto y la coreografía van in crescendo en un juego de espejos que nos hace sentir conectadas por un cordón umbilical invisible. Compartimos todo. Placenta, líquido amniótico, cuna, recámara, baño, padres, abuelos, juguetes, libros, y unos pocos amigos. Es difícil predecir cuánto durará el juego porque desde que tenemos conciencia y habilidad, lo hacemos a morir. Vale decir que somos expertas en “Marinero”. Pierdo cuando el olor de las albóndigas invade mis fosas nasales y eso me produce un espasmo muscular que provoca un ligero titubeo. Cuando estás haciendo algo que depende de la memoria muscular de tu cuerpo, cualquier anomalía puede afectar el tiempo de reacción. Uno pensaría que las albóndigas tendrían el mismo efecto en Ximena, con eso de que somos iguales, pero no, en eso somos diferentes. A mí me gusta lo salado, y a ella lo dulce. Si mamá hubiera hecho galletas, ella hubiese perdido. A Ximena le gusta el ballet, a mí el tenis. Esto quiere decir que Ximena tiene que hacer más esfuerzo para devolver un revés, y yo para sostener un plié. Solo un poco más, no mucho, porque las dos tenemos las mismas habilidades físicas. A mí no me cuesta ningún trabajo hacer un split, ni a Ximena mantener un servicio. Odile y Odette. Serena y Venus. A ella le gusta leer y escribir historias, a mí me gustan las matemáticas, armar legos y rompecabezas. No sé en qué molécula de nuestro ADN están grabadas las líneas de información que dictan nuestras preferencias, pero no importa, porque el chiste es hacer todo lo que nos gusta a las dos, juntas. Salvo esas predisposiciones, lo demás es igual. Tenemos habilidades similares, el mismo carácter y sentido del humor. Éramos muy pequeñas cuando papá y mamá se dieron cuenta de que en nuestro mundo sobraban los demás. A veces sorprendíamos a mamá atenta a nuestro “Marinero” en una especie de trance. Dos niñas iguales, sentadas en el suelo una frente a la otra; cuatro brazos con sus respectivas manos moviéndose en perfecta sintonía y la misma voz, duplicada, las notas reverberando en una plegaria enloquecida. “Marinero se fue a la mar, y mar, y mar.” En el espacio entre esos dos cuerpos, no había lugar para un tercero. Éramos un verbo extraño. La primera persona del plural. 

Cuando entramos al kinder, nos asignaron diferentes salones hasta que las maestras se dieron cuenta de que separadas, dábamos más lata. Le prometimos a papá y mamá que no íbamos a tratar de confundir a la gente con la travesura consabida y así pasamos juntas casi toda la primaria. Con esmero, y un poco de malicia, nos vestíamos y peinábamos en las mañanas sin la intervención de mamá con la condición de no usar los mismos colores. Los lunes y miércoles, cola de caballo. Los martes y jueves, trenzas. Los viernes, llevábamos el cabello suelto. Nos gustaba confundir a la gente pues teníamos conciencia del impacto que producía ver a dos personas exactamente iguales. La mayoría miraba dos veces para comprobar que no sufrían de estrabismo, o que éramos una alucinación. Papá a veces se espantaba cuando nos aparecíamos de madrugada en su recámara. “¡Uno de estos días me van a matar de un susto!” Alguna vez lo escuchamos decir, en una fiesta familiar, que su miedo más grande era vernos agarradas de la mano en un pasillo. Era una vieja referencia a El resplandor, la película de Kubrick, pero sabíamos que a él sí le costaba trabajo distinguirnos y eso, en el fondo, seguramente lo avergonzaba. Nos sentábamos juntas en el camión escolar y en el salón de clase. Cuando las maestras nos querían hacer una pregunta, la hacían al aire, confiando en que alguna de las dos la contestaría. En el recreo jugábamos con otros niños, esperando que nos tocara en el mismo equipo, de lo contrario, había riesgo de olvidarnos de los demás. Todos sabían que Romina y Ximena eran un paquete, un dos por uno, hasta ese día, en sexto de primaria, en que nos separamos.

Era domingo. El segundo día del torneo de tenis del club. El día anterior, Ximena había perdido en la segunda ronda de singles, mientras que yo había pasado a la final que se disputaría el siguiente fin de semana, pero juntas habíamos avanzado a la semifinal de dobles. Yo había amanecido con un poco de gripa, y temía no poder jugar si empeoraba. Ximena me animó, diciendo que no me preocupara mucho, que ella jugaría por las dos. Y así fue. Su ágil sombra cruzándose con la mía. Cuando llegó el momento, fue como si la estuviera controlando con la mente. Por última vez, aprecié la estrecha silueta de su sombra haciéndose más larga al entregar el servicio; sus piernas moviéndose con gracia y ferocidad, buscando el triunfo. Ximena se movió como nunca y, al final, ganamos el partido. Por última vez, nos abrazamos un largo rato, felices, exhaustas y hambrientas. Por última vez, agarradas de la mano, corrimos hacia el carrito de los hot-dogs parado frente al club, como lo habíamos hecho antes siempre que terminaba un partido. Por primera vez, mientras esperábamos nuestro turno para ordenar, se escuchó la musiquita de un camión de helados. ¡Un helado! Me vi correr; la cola de caballo meciéndose entre el aire cálido de la tarde. Demasiado tarde, escuché el sonido de un claxon, seguido de llantas rechinando sobre el asfalto. El impacto hizo que mi cuerpo volara unos metros. Mi cabeza rebotó en el pavimento. Se escuchó un crac y el silbido lejano de un cardenal. Percibí un ligero olor a pasto mezclado con gasolina; el calor de la sangre trazando su recorrido por mi cráneo. 

Grité. Gritaste. Gritó. Gritamos. Gritaron. 

Un manto de oscuridad cayó sobre mí, pero lejos de calentarme, sentí frío. Me vi nacer, un minuto después de mi gemela. La sonrisa de mamá. Papá enseñándonos a jugar tenis. Mi hermana suspendida en el aire en un jeté eterno. Marinero se fue a la mar, y mar, y mar. 

Una mamá del equipo intentó contener la sangre con la colcha del bebé que había dejado en la carriola. Unos brazos extraños me sujetan con fuerza tratando de evitar que corra hacia el lugar donde yace mi otro cuerpo dislocado. Mi madre está desmayada en el pavimento. Papá abraza nuestro cuerpo, tratando de articular algo, pero no puede. Su llanto sin lágrimas, parecido al gemido de un ganso lastimado, se ha cauterizado en mi memoria. Entre el sonido de una sirena lejana y los sollozos de mi padre se escucha una sola palabra: “Ximena”. Todo es oscuridad y frío. Mi hermana, mi gemela, la otra parte del cigoto original, la extensión de mi cuerpo y mi conciencia, mi otro yo, se ha disuelto. Soy mitad persona, mitad fantasma.

No he vuelto a tocar una raqueta.

Han pasado quince años y la sensación de estar incompleta no me abandona. He aprendido a caminar sin la mitad del cuerpo. Cuando sentía que me asfixiaba de tanto extrañarla, me pintaba un lunar en la comisura de la boca y jugaba “Marinero” frente al espejo. Horas. Hasta el día en que papá rompió todos los espejos y me volví loca tratando de encontrarla en los trozos que quedaron regados en el piso. Luego caí en la cuenta de que nuestra canción trata de un marinero que se ahoga, porque lo único que pudo ver, y ver, y ver, fue el fondo de la mar, y mar, y mar. Tontitas. No la canto más. Desde que nos separamos, he tratado de vivir la vida que le faltó a Ximena. Estudié ballet hasta que me gradué de la academia, no sin dificultad, pues los maestros con frecuencia apuntaban que no se puede hacer arte por obligación. “Técnicamente, eres impecable, pero te falta pasión.” Para graduarse de la academia, había que escoger una danza e interpretarla ante un jurado conformado por maestros de diferentes escuelas. Escogí “La Muerte del Cisne”, de Saint-Saëns. De puntas, deslicé sobre la duela mi cuerpo agonizante tratando de expresar el dolor del día en que se vació el mundo. Un cisne herido moviéndose entre las aguas con la poca vida que le queda, esperando un milagro; el aire escapándose entre el lento batir de sus alas moribundas. El jurado quedó tan afectado por mi performance que los maestros no tuvieron más remedio que escribir sendas cartas de recomendación para aplicar en Nueva York o La Habana, a pesar de que sabían que eso era lo único que podía bailar con honestidad. Dejé el ballet. En mi afán por hacerle justicia a mi hermana, decidí estudiar Literatura. Fue lo peor que pude haber hecho pues invariablemente terminaba escribiendo una versión del cuento, poema, o ensayo del yo singular en el que me había convertido por culpa de un camión de helados, o por tu predisposición al dulce, o por ¡pinche atrabancada! ¿Por qué no volteaste a ver si venía un coche? ¡Estúpida! No tienes idea de lo que es ir por el mundo a medias. Medio vacía. Medio deprimida. Medio loca. La gente me mira con lástima cuando se enteran de que soy la mitad de dos.  ¿Cómo llamas a una gemela sin gemela? Un arete, un guante, un zapato… son basura sin su par.

En el departamento de comunicación de la empresa donde trabajo, nadie sabe la historia de mi yo plural. Las letras que escribo no corren el riesgo de desviarse hacia la tragedia. Todo es muy limpio, con reglas de estilo precisas y contenidos bien definidos en donde no hay lugar para cosas como la pérdida, la ausencia, la soledad o el dolor. A veces pienso que no le estoy haciendo justicia a mi hermana porque escribir manuales, memorandos, páginas web, o biografías, no es muy literario, pero por lo menos puedo vivir de eso. En las tardes, cuando regreso de trabajar, armo rompecabezas de mil piezas. Soy muy cuidadosa porque la idea de perder una pieza me provoca ansiedad. Por eso no tengo mascotas, mucho menos pareja.

Papá se volvió a casar con una colombiana tóxica que le limita el contacto con su familia anterior. Vive en Bogotá. Tiene dos hijos varones. Gemelos idénticos. Me llama ocasionalmente y lo veo antes o después de Navidad. Mamá está a punto de perder la batalla contra el cáncer que la aqueja desde hace ocho años. Fue la tristeza. La he ingresado en un hospital de cuidados paliativos, pues necesita atención las 24 horas. La visito todos los días, después del trabajo. Ayer se confundió y me llamó “Ximena”. Pensé que estaba alucinando, pero cuando le aclaré que yo era Romina, se rehusó a aceptarlo. 

No, no, no. A la que perdimos fue a Romina. Ella quería estudiar matemáticas, ser científica. Le gustaba examinar todo, armar rompecabezas, jugar tenis. ¡Hubiera sido una gran tenista! 

—No, mami, yo soy Romina. Mira, no tengo lunar.

Me observa con atención, como cuando éramos niñas y la gente no podía disimular su aturdimiento tratando de distinguirnos. Me toca la comisura de los labios con el índice y luego desliza su mano huesuda sobre mi mejilla con gran ternura.

—Tú perdiste a tu hermana. Yo perdí a mis dos hijas… a tu padre.

—No, mamá, a mi no me perdiste y él se fue por cobarde.

—No, no fue por cobarde. Fue por miedo.

—¿Miedo de qué, mamá?

—Tu hermana… se le aparecía en los espejos. Prométeme qué ya la vas a dejar en paz para que encuentres el camino de vuelta. 

—De vuelta a dónde, mami.

Mi madre me mira con amor y ojos cansados. 

—A tí misma, hija. 

He regresado al club de tenis. Al tomar la raqueta entre mis manos, mis músculos recuerdan inmediatamente lo que hay que hacer, como cuando jugábamos “Marinero”. Mi brazo se eleva para entregar el servicio y aparece en mi sombra. Nos movemos sobre la cancha con la elegancia de una bailarina. Juntas.

 

Texto incluido en la Antología Vol. IV de la Feria Internacional del Libro de la Ciudad de Nueva York.

 


 

Carolina Herrera (Monterrey, Mexico). Ha escrito dos novelas. #Mujer que piensa (El BeiSMan Press, 2016) y Flor de un árbol raro (El BeiSMan Press, 2021). Ambas han obtenido el primer premio en sus respectivas categorías del International Latino Book Award. Su obra de teatro “Sacrificios” fue ganadora del festival “Inicios” auspiciado por CLATA (Chicago Latino Theater Association). Sus cuentos y ensayos han aparecido en casi una decena de antologías de escritores en Estados Unidos. Ha traducido numerosos guiones para cine y televisión. Es co-organizadora de la Feria del Libro de Chicago y Directora de El Beisman punto com.