Migrar y otras artes. Escritos fuera de lugar de Claudia Salazar Jiménez
Caja Negra, Lima, 2014. 91 páginas, ISBN 978-612-5105-78-3
Escrito a manera de diario personal o crónica de viaje, el nuevo libro de Claudia Salazar Jiménez (Lima, 1976), Migrar y otras artes. Escritos fuera de lugar, ofrece profundas reflexiones sobre su vida itinerante como peruana en Estados Unidos. ¿A qué se aferra una inmigrante que construye su vida lejos de casa? ¿Qué observa? ¿Qué es lo que más la sorprende en la tierra de adopción? ¿De qué materiales hace su nueva identidad, esquivando la nostalgia y la comparación con todo lo que dejó atrás? Para contestar estas y otras preguntas, la escritora afincada en Nueva York desde hace veinte años nos lleva a los supermercados, al metro, a los aeropuertos, a los restaurantes, a las calles de alguna ciudad donde observa todo: la comida, las interacciones personales, las muestras de afecto, el comportamiento de la gente. Sola o rodeada de amigos, compañeros de estudio y de trabajo, comparte los trozos desperdigados de una vida migrante hecha de distintos acentos y sabores, entre el inglés y el español, o entre la pertenencia y el desarraigo, sintiéndose siempre fuera de lugar.
Con un lenguaje íntimo, personalísimo, la narradora de estas páginas registra sus primeras impresiones al llegar a Nueva York para obtener un doctorado en Literatura Latinoamericana en NYU. Repara no sólo en los altos precios de la comida y el alquiler sino en la soledad de una limeña recién llegada a Estados Unidos con un inglés que poco se parece al que manejan los habitantes de esa gran ciudad. Todo a su alrededor es un descubrimiento: los ratones que aparecen en su cama o en el microondas, la lluvia intensa que en nada se parece a la garúa de Lima, los autobuses que sólo aceptan monedas, las interacciones peligrosas en el metro. Y sobre todo: el manejo del espacio personal, algo tan difícil de aprender cuando uno viene de otros mundos donde la gente viaja en combi, donde existen otros códigos de conducta, otros modos de ser y estar en la tierra. Welcome to New York, oye y repite la inmigrante cada vez que la vida la sorprende con algo nuevo. Y la bienvenida es un baldazo de agua fría en pleno invierno, un temblor en todo el cuerpo, el sentimiento de haber perdido algo para siempre.
La escritura aparece en este libro como una tabla de salvación, como el único lugar seguro donde la autora puede volcar sus experiencias sin sentirse juzgada. Como otros inmigrantes, se siente demasiado extranjera en el país de origen y en el país de adopción, pero a través de su propia escritura crea puentes entre ambos lugares, un espacio único, amable, híbrido en todos los sentidos, donde aprende a sentirse en casa, como si ese espacio intermedio fuera el verdadero hogar. Porque importa el origen, sí, pero también el intersticio, el nexo invisible entre el pasado y el presente, el estar aquí, ahora. “¿De dónde vengo”, se interroga la narradora, haciendo eco de todas las veces que le hacen esta pregunta en Estados Unidos, y de inmediato contesta: “Preferiría un río, una flor, un pájaro, en lugar de una acumulación de edificios. Vengo de alguna parte. Pero hoy estoy aquí” (29). Todos los que vivimos lejos del terruño sabemos que es difícil contestar este tipo de preguntas. ¿Cómo explicar en una palabra que uno nació en un país y vive en este otro desde hace cinco, diez o quince años? ¿Cómo defender la identidad, asociada a una nacionalidad, cuando todo el que migra ya no es el mismo de antes? ¿Cómo decirle a alguien que uno es peruano si ya no habla con las cadencias de antaño? El libro de Claudia Salazar Jiménez nos invita a pensar en estos dilemas de los que no nos salvamos los que nos vamos, los que construimos la identidad en medio de muchas aguas, con el riesgo constante de naufragar.
Tal vez por eso los peruchos nos aferramos tanto a nuestras comidas. Las buscamos en todas partes porque en ellas encontramos una parte fundamental de nuestras vidas. Y no importa si estamos, como la narradora, en Los Ángeles, en Buenos Aires, en Valparaíso o en Nueva York. Buscamos un lomo saltado, un aguadito, una chanfainita, la salchicha de Huacho que apenas podemos imaginar. Un cebiche que parece hecho con los limones de nuestra tierra y nos hace sentir, otra vez, en casa. Para la autora, los restaurantes peruanos que encuentra en sus viajes como escritora y profesora son eso: “Puntos de referencia de sabores, encuentros y memorias, que se replican en otras ciudades, en otros viajes, en soledad, en pareja o en grupos de amigos. Los restaurantes como wasi. Casa. Una de las maneras que tengo, como sujeto migrante”, arguye, “de reconstruir mi hogar” (55). ¿Será por eso que los peruanos siempre hablamos de comida, del plato que comimos el otro día, o del almuerzo que prepararemos la próxima semana? ¿Y del pollo a la brasa que acabamos de encontrar en una esquina? ¿O de un restaurante chino donde preparan un arroz chaufa que se parece mucho al nuestro? Esas comidas nos regresan a un lugar que se parece bastante al que dejamos hace poco o hace tiempo. Porque en esos guisos y sabores y olores todavía nos reconocemos.
Los peruanos “en tránsito”, como Salazar Jiménez, sabemos que somos harina de otro costal, que nuestras costumbres son otras, aunque en Estados Unidos debamos aprender a caminar sin establecer ningún contacto visual con otros transeúntes para no violar su espacio personal, aunque nos acostumbremos a atravesar avenidas enormes, inmensas, no hechas para nuestros pies. Venimos de un mundo distinto, donde no todas las casas son iguales, como las que la autora encuentra en el sur de California, con los mismos jardines, los mismos cactus, las mismas suculentas. Y llevamos a cuestas nuestra América Latina, migrante y movediza, voluble, camaleónica como todos nosotros. Dispuesta a reconstruirse una y otra vez, aunque al enfrentarse a nuevas costumbres y otras lenguas, algo de ella se quede “lost in translation” (72). Migrar y otras artes recoge estas y otras vivencias, la “tristeza nómade que no dura más de medio minuto” (80) y sin embargo permanece ahí, en el pecho del inmigrante, sin importar el tiempo, los años que lleve lejos de su país. Al pasar de una viñeta a otra, la autora nos ofrece fragmentos diversos de “una danza entre costumbres, idiomas, lugares, formas de ver el mundo” (87). Y su escritura recoge las huellas y los restos del ayer sin dejar de grabar el presente, alimentándose de él, en un constante ir y venir, registrando “una vida otra” (90), que ya no es la misma que tuvimos alguna vez.
Oswaldo Estrada (1976), de origen peruano, es autor del libro para niños El secreto de los trenes (2018) y de tres colecciones de cuentos: Luces de emergencia (2019), Las locas ilusiones y otros relatos de migración (2020) y Las guerras perdidas (2021). Es autor de la novela Tus pequeñas huellas (2023) y ha editado el volumen Incurables. Relatos de dolencias y males (2020), con veinte autores latinoamericanos que viven en los E.E.U.U. En el 2020 obtuvo dos International Latino Book Awards y el Primer Premio de Testimonio de la Feria Internacional del Libro Latino y Latinoamericano en Tufts. En el 2021 fue finalista del Doris Betts Fiction Prize y su libro Las guerras perdidas obtuvo la Medalla de Oro como Mejor Libro de Cuentos en Español en el International Latino Book Awards 2022. Es profesor de literatura latinoamericana en la Universidad de Carolina del Norte, en Chapel Hill.

