Una fábula fea para niños grandes


Todo empezó cuando el Chupacabras ganó las elecciones para convertirse en el Alcalde del pueblo. Lo curioso fue que hasta la gente más inteligente votó por él. Incluso el profesor, un amigo mío.

Apenas llegó al poder, el Chupacabras empezó una reforma educativa. Pues todas las escuelas estaban fracasando por la culpa de maestros poco motivados. La primera orden consistió en nombrar Leones y Tigres a la mesa directiva de las escuelas. Desde ese momento, en cada escuela se sentía la presencia de La Bestia. Aunque los maestros nunca la vieron, con miedo en los ojos escucharon su resollo en los pasillos. La primera tarea del reglamento consistía en que cada maestro alimentara a La Bestia una vez por día con papel de colores múltiples, y con la condición de que cada página estuviera llena de tinta negra y escrita a mano por cada maestro. Así que los profesores, en lugar de dar clases, todo el tiempo disponible lo dedicaban a cumplir el primer requisito. Claro que había algunos rebeldes que se negaban a hacerlo, pero al verlos desaparecer secretamente, los otros maestros seducidos por el miedo constante, escribían con rapidez como si fueran mecanógrafos. No está de más comentar que los alumnos —al ver a los maestros ocupados y con la mente ausente— se pusieron audífonos y se la pasaron escuchando música en lugar de estudiar.

Con el pasar del tiempo los alumnos dejaron de abrir libros. Después de varios meses, los libros les parecían objetos extraños e inútiles, y se reían entre sí como si alguien pudiera inventar algo tan atorrante. Pues los libros no tenían ni pantallas ni producían sonidos o imágenes. Por aquellos días empezó la producción más grande del mundo de aviones de papel, sólo que los chiquitines los llamaron drones.

Al ver que su plan marchaba a la perfección, gracias al apoyo de Tigres y Leones, el Alcalde optó por cerrar las escuelas. Claro que hubo oposición, gritos y protestas. Pero con el empleo fastuoso de la propaganda, el Alcalde se fue ganando el apoyo de los ciudadanos. Decía que el mejoramiento se veía por todas partes. Bajo el patrocinio de la municipalidad, los estudiantes recibieron un instrumento electrónico con una pantallita pequeña y con tal solo el despliegue de un dedo tenían el alcance de toda la sabiduría humana. Los padres se volvieron felices ya que sus hijos se comportaban mejor y hasta los dejaba salir de sus casas. Pasaban todo el día jugando en las pantallas de sus recién adquiridos instrumentos pedagógicos.

Ahora, el Chupacabras era más popular que nunca, y ya no lo llamaban “Alcalde” sino “Líder Supremo”. Para eliminar los costos a la municipalidad, decidió eliminar las elecciones, las cuales más que representar un gasto realmente eran consideradas un juego infantil. Es verdad que, con el paso del tiempo, los jóvenes hablaban menos y menos, hasta que empezaron a olvidar las palabras y todo eso que llamamos vocabulario. Con los años, los seres humanos dejaron de hablar por completo y retrocedieron tanto que parecían menos inteligentes que cualquier animal. Incapaces de cualquier acción, dependían de la generosidad de su Líder Supremo. Al ver eso, el Chupacabras llamó a una reunión de los seres más influyentes, entre ellos los Tigres y Leones.

—¡Señores y Señoras! ¡El fruto de nuestro trabajo se encuentra cerca, casi a la mano! Ahora tenemos el poder absoluto y necesitamos abrir las puertas de la evolución por completo.

—¡Viva el Chupacabras! ¡Viva El Líder Supremo!—respondieron los animales.

—Desde hoy—continuó el líder—, colocaremos a todos los seres humanos en el zoológico. Pues  su incapacidad intelectual requiere que los cuidemos. Sería un error de nuestra parte permitirles padecer por completo. Ustedes saben que ya murieron muchos, algunos enloquecieron, también tenemos varios en la prisión. Pero quedan pocos y los necesitamos vivos para que nuestros descendientes se sientan orgullosos de nuestros logros.

—¡Así será! —le respondió un grito.

Este cuento me lo contó un maestro que alcanzó a escaparse del zoológico, un poco antes de su muerte. Fue uno de los últimos que tenían capacidad de comunicación verbal. Lo escribo en secreto y lo enterraré en una caja para que las futuras generaciones aprendan sobre sus antepasados de otras fuentes y no de la oficial. No puedo decir mi nombre para no perjudicar a mis descendientes. Solo en confianza les digo que por muchos años fui la mascota de dicho maestro fugitivo.


Firma: El Gato  

 

Stanislaw Jaroszek. Escritor polaco, escribe en español. Reside en Chicago y es autor del libro Jaleos y denuncias. Su más reciente colección de relatos es De novias, esposas y de otras cosas.