En un cuarto grande y con la luz apagada

 

Mi mejor amiga de la adolescencia, una muchachita criada por sus abuelos en una casa de techos altos, no creía en la existencia de los ateos. Le parecía imposible que alguien no creyera en el dios cristiano y basaba su argumento en la lógica del sentido común: “¿Qué dices si se te quema el arroz?” Yo me quedaba muda y ella soltaba: “¡Ay, dios mío!”

“¿Qué piensas cuando un hombre se te viene encima con un cuchillo a quitarte la cartera?” Continuaba mi amiga y yo perseveraba en mi mudez: “¡Ay, dios mío!” 

“¿Cuándo tienes miedo durante una película de terror?, ¿qué piensas?” Preguntaba, no con seriedad, sino riéndose, que era como le gustaba discutir, partiéndose en una risa nerviosa (un poco como un ataque de hipo), con la que desestabilizaba a su interlocutora. 

“¿Cómo puede no creer en Dios (ella lo escribiría en mayúsculas) alguien que lo menciona en todas estas situaciones?” Concluía con una sonrisa amplia y alargada, porque tenía los labios delgados, como los brazos y las piernas. 

Éramos muy jóvenes y mi amiga no conocía el peligro ni, creo yo, el dolor, por lo que para ella estas situaciones representaban el límite de cualquier fe. Sé que se embarcaba en esa perorata porque me consideraba una atea ferviente, aunque nunca me lo dijo a la cara. La prueba que tenía de mí ateísmo eran mis notas sobresalientes en la clase de filosofía y literatura y mi tendencia a cultivar amistades marihuaneras (siendo ella la única excepción).

Recordé a mi amiga anoche, cuando me metí en la cama. Durante la cuarentena, volví a sentir un miedo infantil a la oscuridad, al silencio de la habitación sin luces y de la casa que habito solitaria, así que intento rituales: corro la cortina para que entre por la ventana la luz anaranjada de la farola de la calle; pongo en el reproductor de música una canción de Mateus Aleluia; prendo el difusor de aceite; rezo una oración que me enseñó mi abuela. Es una oración mínima, tres líneas que repito sin abrir los labios y nunca en el mismo orden porque lo olvidé. Cierro los ojos y con la oración revoloteando en la cabeza regreso al interior del toldo rosado que gravitaba sobre la cama de mi abuela. Junto a la cama hay una mesita enclenque con un vaso de agua y una estampa de Santa Lucía (los ojos redondos en una bandeja). Mi abuela me cuenta que empezó a quedarse ciega la noche que sus hermanas le metieron luciérnagas en el toldo. “¿Ya rezaste?” Pregunta mientras me hace la señal de la cruz con el pulgar de la mano derecha: la frente, el centro del pecho, el hombro izquierdo y el derecho. 

Obvio que mi amiga no sabía de este recuerdo. Tampoco sabía que algunos meses antes de empezar nuestra amistad yo había abandonado el camino de la luz y me había entregado de brazos abiertos a la oscuridad del mundo. Durante tres años acompañé a mi madre a una iglesia evangélica que quedaba en lo alto de una de las lomas de Petare, al norte de la ciudad. La subida era un suplicio, pero desde arriba se veía el mar, titilando iluminado, como las escamas de un pez. Los cultos eran interminables y el domingo iban de siete y media de la mañana a tres de la tarde. Siempre llegábamos con retraso y me avergonzaba el ruido que hacíamos al sentarnos en la última fila de sillas rimax blancas. Mi madre levantaba el brazo derecho con los ojos cerrados y yo también cerraba los míos. Me esforzaba en pensar en dios, quería visualizarlo en su trono de nubes, blanquísimas las nubes, blanquísima la barba, la túnica, blanquísimo dios todo, quería disculparme por haber llegado tarde, por el suplicio de la subida, pero me costaba apartar la imagen del pan dulce con Tan de naranja que me darían a las diez de la mañana en el culto de los niños. No había cómo. Tenía la edad del hambre. 

En mi vida adulta antes de la cuarentena, recuerdo haber rezado una sola vez y fue durante el parto de mi amiga. Había perdido mucha sangre y su hija estaba en cuidados intensivos. La hermana de mi amiga mandó un mensaje de WhatsApp convocando a una cadena de oración. A la hora acordada, me senté frente a mi escritorio, aparté los libros, prendí una vela, serví un vaso de agua (sin lámina de Santa Lucía), cerré los ojos y pensé en mi amiga, en la rapidez con que se escabullía llevándome de la mano como a una hermana pequeña por las calles atoradas de turistas de la ciudad vieja. Intenté imaginar a su hija, a la que todavía no conocía, y me pregunté si tendría los ojos grandes y los cachetes abultados de mi amiga, si algún día sería tan alta como ella, si sería tan buena como ella en las carreras de la clase de atletismo, si tendría su zancada larga. Me pregunté si su hija entendería mis secretos sin que yo tuviera que decírselos, como lo había hecho su madre. No sé si recé. No recordaba cómo hacerlo. Pero el tiempo en el que cerré los ojos vi a mi amiga con su sonrisa amplia y alargada y casi que la oí preguntar: “¿Qué piensas cuando un hombre se te viene encima con un cuchillo a quitarte la cartera?”

“¡Ay, díos mío!”

En el evangelio de San Mateo Jesús va al huerto de Getsemaní con los discípulos. Antes de alejarse para rezar en solitario, les dice: “siento una tristeza mortal; quedaos aquí, velando conmigo”. Jesús se aparta y ora. Imaginémoslo: arrodillado junto a un arbusto, oliendo el aroma de los olivos, los pies hinchados y adoloridos por las largas caminatas, los hierbajos presionándole las rodillas. Jesús siente una tristeza mortal, una tristeza de hombre, de muerte, una cosa que él, hijo de dios, no entiende muy bien, pero que tampoco los hombres entienden. El padre ya lo abandonó y el rezo solitario de Jesús es una aceptación del destino: “Padre, si es posible, que se aparte de mí esta copa. Pero no se haga mi voluntad sino la tuya”. Jesús sabe que va a morir, y que sea el hijo de un dios no hace más fácil el trance. Pero rezando entra en su tristeza mortal, en el presente del huerto de Getsemaní, del aroma de los arbustos, del ronquido de los discípulos que en lugar de velar se han quedado dormidos y no ven a Judas Iscariote llegar acompañado de los soldados de Pilatos. Jesús, rezando, es puro presente. 

En uno de los ensayos de Libros Chiquititos (2020), Tamara Kamenszain, citando al poeta argentino Enrique Molina, quien comentaba a otro poeta argentino menos conocido, Viel Temperley (como se ve, lxs argentinxs se citan mucho entre sí), escribe: “la poesía relata sucesos, pero lo hace desde la raíz, en el foco de la experiencia”. La poesía, como el rezo de Jesús, es puro presente, el foco de la experiencia. Se podrían decir otras cosas de la poesía. Decir, como el poeta colombiano Rómulo Bustos, que la poesía es “esa pesada foca muerta que no alcanzó a llegar al mar” o como Édouard Glissant que la poesía es el choque de dos imágenes contrarias. Pero para el caso no cabe duda de que la intuición más adecuada es la de Kamenszain citando a Molina comentando a Temperley. El “Ay, dios mío” de mi amiga es una oración chiquitica, de espanto, frente a la certeza del presente. La poesía, como la oración, hace algo con aquello que no podemos evitar, con aquello que de cualquier modo se nos viene encima, como la muerte. Dice Kamenszain que la poesía no puede evitar la muerte, no puede resucitar muertos, “pero enfocándose en lo más nimio —cuchara, mesa, chaqueta, incluso cadáver— puede quizás calmar la desesperación ante lo irreparable”. 

“Calmar la desesperación ante lo irreparable”. “Ay, dios mío”. Calmar el desespero ante lo inevitable entrando de cabeza en el momento presente, como Jesús. Pensando en Kamenszain recuerdo un poema de Brodsky, ese poeta ruso que acabó siendo estadounidense y que a ratos parecía argentino. 

 

Resucitabas —eso soñé anoche— y te marchabas

A Australia. La voz, con eco triple

Y bruscos altibajos, se quejaba del mal tiempo, de la mugre;

De que el trato del piso está estancado,

De que es una pena que no esté en el centro, pero, bueno, está junto al mar,

De que no haya elevador, si bien la bañera supone una ventaja,

De que se sigan hinchando los tobillos, “Creo que extravié mis pantuflas”,

Se oyó la frase vía satélite, ensimismada pero clara.

Y luego en el auricular prorrumpió un aullido: “¡Adelaide! ¡Adelaide!”

Un tableteo y un ruido, como si un postigo, suelto ya de sus bisagras,

Se azotara con fuerza sobrehumana contra la pared.

 

Pero mejor esto que la ceniza sedosa del crematorio

Recogida en un bote, mejor también que el certificado de defunción.

Mejor estos fragmentos de voz, este monólogo en retazos

De un solitario que intenta jugar a los aparecidos

 

Por primera vez desde que tomaste la forma de una nube sobre una chimenea. 

 

Alguien ha tomado la forma de una nube sobre una chimenea y el poema reconstruye un presente lleno de voz, de quejas, en el que ese alguien resucita para calmar la desesperación ante la muerte, lo irreparable: “Pero mejor esto que la ceniza sedosa del crematorio”. La poesía, como la oración chiquitita de mi amiga, “Ay, dios mío”, es abandono y sosiego. Abandono en el presente, en la realidad del momento vívido: estoy aquí, rodeada de sombras y las sombras existen. Le tengo miedo a la oscuridad y la pandemia suma muertos en el país que habito. Ay, Dios mío. Repito una oración mínima, que mal recuerdo para estar aquí, tan aquí que vuelvo al toldo de mi abuela, que observo el rostro sonriente de mi amiga que me abraza. Es con la oración chiquitica, como el poema de Brodsky, con la que recupero a mi amiga, el presente de su pregunta, y abro un agujero en el tiempo para ensayar la respuesta que habría querido darle.