Con los ojos llenos de fútbol: el Tamaláctico buscó el legado detrás de los estadios

Día 40 — El legado que nadie encuentra

 

El Mundial terminó. Pero no se preocupen. Quedó el legado.

¿Dónde?

Quién sabe.

Los comentariosos aseguran que está en las comunidades, en los corazones, en los estadios, en los niños, en las naciones hermanadas y posiblemente en un estacionamiento de Nueva Jersey donde todavía cobran 180 dólares.

La FIFA informó que el torneo unió a México, Canadá y Estados Unidos. La unión fue tan profunda que Trump pidió que el Mundial regresara inmediatamente a Estados Unidos. Solo. Sin los otros dos hermanos. Porque una cosa es la fraternidad internacional y otra compartir los partidos importantes.

En la olla tamalera quedaron muchas cosas. Quedó Vozinha, que llegó desde Cabo Verde sin campaña publicitaria, sin documental autorizado y sin que los comentariosos supieran pronunciar su nombre. Y terminó convertido en historia.

Quedó Haaland. Quedó Mbappé. Quedaron los atletas eternos. Había tantos eternos que fue necesario organizar turnos.

—Usted es eterno hasta 2030.

—Usted espere afuera.

—Usted fue eterno la semana pasada, favor de desalojar la memoria colectiva.

También quedaron las naciones hermanadas por el futbol. Algunas se hermanaron cantando. Otras intercambiaron camisetas.

Y otras demostraron su fraternidad mediante insultos racistas (te hablan, che), porque no todas las familias expresan el cariño de la misma manera. Los comentariosos dijeron que aquello no representaba los valores del deporte.

Luego fueron a comerciales.

Argentina volvió a casa sin la Copa, pero con una certeza nacional: Enso no es razizta, lo expulsaron por un patadón. No confundamos disciplinas. Una cosa es el racismo. Otra es entrarle a un español como si llevara escondido el último bife.

España volvió como campiona eterna. Argentina como subcampion moral. Inglaterra como campeona de los que por lo menos no quedaron cuartos. Y Francia como el mejor cuarto lugar desde que existen los cuartos lugares.

Las ciudades retiraron las banderas. Los aeropuertos devolvieron a cada nación a su zona correspondiente. Los voluntarios entregaron sus acreditaciones. Los patrocinadores guardaron la palabra “comunidad” hasta el siguiente torneo.

El Tamaláctico buscó el legado detrás de los estadios, debajo de las gradas y entre los vasos abandonados. No lo encontró. Así que tomó un camión hasta Monterrey y fue a La Eternidá, atrás del Mercado Juárez. Precios módicos. No dan botana.

Desde una mesa cercana al baño levantó su vaso y pronunció el mensaje final:

—Gracias por acompañarnos durante estos cuarenta días de unión, gloria, goles, racismo circunstancial, boletos inaccesibles y eternidad por tiempo limitado.

Luego miró directamente a la humanidad.

—El Tamaláctico volverá en el próximo Mundial.

Hizo una pausa.

—O antes, si la situación lo amerita.

Nadie supo si era una promesa. O una amenaza.

La olla quedó tapada. Bueno… medio tapada.

 

 


Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).