Día 38 — La gloria del bronce eterno
Inglaterra es la tercera mejor selección del mundo.
No pregunten quiénes son las dos primeras. Hoy no importan. Hoy Inglaterra derrotó 6–4 a Francia y conquistó el único título que permite levantar los brazos mientras uno intenta olvidar por qué estaba jugando ese partido.
Diez goles. Diez. Francia hizo cuatro. Inglaterra hizo seis.
Y la pregunta recorrió el planeta: ¿Dónde tenían guardado todo este futbol en las semifinales?
Porque hace tres días, Inglaterra había completado cuatro pases en 19 minutos contra Argentina. Hoy completó seis goles. Al parecer, el problema no era técnico. Era de confianza. O de calendario. O quizá los ingleses necesitaban saber que ya no corrían peligro de llegar a la final para soltarse y jugar con alegría.
Francia tampoco se quedó atrás. Contra España perdió 2–0 con la solemnidad de quien entrega documentos en una ventanilla pública. Hoy, cuando el premio era una medalla que nadie soñó de niño, atacó como si el destino de la República dependiera del quinto gol.
Qué hermoso es el futbol cuando ya no queda nada verdaderamente importante por perder. Sin presión aparecieron los espacios. Sin esperanza llegó la valentía. Sin posibilidad de ser campeones, ambos recordaron que sabían atacar.
Inglaterra terminó tercera. Francia terminó cuarta. Pero no digamos “cuarta”. Digamos:
semifinalista con proximidad administrativa al podio.
Luego llegó la ceremonia. Los ingleses recibieron sus medallas de bronce con la sonrisa exacta de quien abre un regalo y descubre que es una agenda.
La televisión habló de orgullo recuperado, cierre digno, legado, resiliencia y futuro prometedor. Todo menos: “Qué lástima que no jugaron así cuando todavía podían ser campeones.”
En Londres comenzaron los festejos. Durarán semanas. Quizá horas. Posiblemente hasta que termine el programa después del partido.
Las playeras oficiales ya están listas: POR LO MENOS NO QUEDAMOS CUARTOS
En la espalda: PRIMEROS ENTRE LOS QUE PERDIERON LA SEMIFINAL
Francia regresará a casa con otra enseñanza profunda: hacer cuatro goles no siempre alcanza. Sobre todo cuando permites seis.
Mañana se juega España–Argentina, una final menor que tendrá que competir contra la epopeya del bronce, los diez goles y la hazaña inglesa de recuperar el futbol cuando ya era demasiado tarde.
Desde el podio lateral habló el Tamaláctico: Inglaterra no ganó el Mundial. Francia no ganó el bronce. Pero ambas demostraron algo histórico: cuando ya no servía de nada, podían jugar muy bien.
Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).

