Día 37 — La fábrica de mitos
La final es el acontecimiento más importante de la humanidad desde la invención del fuego.
El fuego nos permitió cocinar. La televisión nos permitió convertir a un lateral derecho en heredero espiritual de una civilización milenaria.
Porque una final no se juega nada más con once contra once. Se juega con los antepasados, con las heridas nacionales, con las estadísticas escogidas a mano y con un comentarista que lleva tres horas explicando que el destino se siente en el ambiente.
Faltan dos días para el partido, pero ya sabemos todo. Sabemos quién es el héroe. Quién es el villano. Quién juega por su abuela. Quién juega por una generación entera. Quién nació para levantar la Copa. Y quién nació, al parecer, para cometer una falta táctica en el minuto sesenta y tres.
La final todavía no empieza, pero ya tiene documental, canción oficial, profecía, tragedia familiar y paquete conmemorativo de edición limitada. También tiene antecedentes históricos. Algunos ocurrieron hace cuatro años. Otros hace cuarenta. Y otros nunca ocurrieron, pero combinan muy bien con la música épica.
Así funciona la fábrica de mitos. Toma una coincidencia y la convierte en señal. Toma una derrota y la convierte en trauma nacional. Toma a un delantero cansado y lo convierte en guerrero ancestral. Y toma a un entrenador que no sabe si jugar con tres o cuatro defensas y lo presenta como filósofo militar.
La eliminación de Inglaterra es un buen ejemplo. Inglaterra no completó cuatro pases en 19 minutos. No, señor. Fue víctima de 31 artimañas, una conspiración rioplatense, el fantasma del bidón de Italia 90 y probablemente una corriente de aire sospechosa procedente de Buenos Aires.
Los analistas ya revisaron las faltas, los empujones, las protestas y las miradas. Ahora investigan las botellas. Porque cuando la explicación táctica no alcanza para seis horas de televisión, siempre queda la toxicología histórica.
Mientras tanto, los finalistas llegan al hotel. Perdón: se reportan al hotel. Aunque, a estas alturas, ya no son jugadores. Son símbolos. Son herederos. Son guardianes de una identidad colectiva patrocinada por una empresa de apuestas.
El domingo jugarán España y Argentina. Pero la televisión ya decidió que también jugarán Europa contra Sudamérica, el orden contra el caos, la academia contra la calle, el futuro contra la memoria y posiblemente la paella contra el asado.
Todo eso cabe en una cancha. Siempre y cuando haya suficientes cortes comerciales.
Desde el centro de producción habló el Tamaláctico. La final todavía no empieza. Pero el mito ya va ganando por goleada.
Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).

