Día 36 — La cruda también juega
Qué tal, sobrevivientes de las semifinales. ¿Cómo amanecieron?
No me contesten todos al mismo tiempo, porque unos amanecieron finalistas y otros amanecieron revisando el partido en cámara lenta, como si al ponerlo en pausa pudiera uno detener también la desgracia.
Hoy es el día después. Cuando el ganador descubre que siempre estuvo destinado a ganar, aunque ayer, al minuto ochenta y siete, todavía estuviera destinado a perder.
Y el perdedor descubre que no perdió por jugar mal. Perdió por el árbitro. Por el clima. Por el césped. Por el calendario. Por una lesión que nadie vio hasta que cayó el segundo gol. Por un balón que, según la comisión científica de la televisión nacional, pesaba tres gramos más cuando lo pateaba el rival.
Así funciona la resaca mundialista. El resultado llega primero. La explicación se fabrica después. Hoy los periódicos de los finalistas hablan de una generación irrepetible, de once guerreros, de un entrenador visionario y de una afición que empujó el balón con el alma.
Los periódicos de los eliminados hablan de robo, tragedia, traición, falta de carácter y reconstrucción nacional.
Porque en el futbol moderno nadie pierde un partido. Se pierde un proyecto. Se pierde una generación. Se pierde la identidad. Se pierde el respeto internacional. Se pierde hasta la receta de la abuelita, aunque la abuela no haya visto el juego porque estaba viendo la novela.
Y ahora vienen los expertos. Ahí están, formaditos, con sus pizarrones digitales y sus flechas de colores. Una flecha para explicar por qué el defensa no cerró. Otra para demostrar que el delantero debió correr hacia un espacio que solo existe después de saber dónde cayó la pelota. Y una tercera flecha, más gruesa, para señalar al culpable oficial de la semana.
Porque la derrota necesita un rostro. No puede uno enojarse con un sistema, con una federación o con veinte años de malas decisiones. Eso tarda mucho. Es más práctico culpar al muchacho que falló el penal. Mientras tanto, en las ciudades sede, las fan zones amanecen con vasos aplastados, banderas mojadas y patrocinadores todavía sonrientes.
El espectáculo recoge sus emociones de anoche, las barre hacia una esquina y abre de nuevo a las diez de la mañana. Aquí no pasó nada. Favor de consumir responsablemente la siguiente tragedia.
Ya solo quedan dos equipos, dicen. Pero no es cierto. Quedan cuatro. Los dos que jugarán la final y los dos fantasmas que seguirán jugando el partido durante años. Uno rematará otra vez aquel balón. Otro volverá a reclamar aquella falta. Un entrenador hará eternamente el cambio que no hizo. Y millones de aficionados asegurarán que, de haber entrado ese disparo, todo habría sido distinto: el partido, el país, la economía y hasta el matrimonio de un primo.
Pero en cuatro años regresaremos más fuertes. Siempre regresamos más fuertes. Aunque primero tengamos que cambiar al entrenador, al presidente de la federación, al sistema de fuerzas básicas, a ocho jugadores y al señor que acomoda los conos.
Ahora, descansen. Tomen agua. Eviten las mesas de análisis con el estómago vacío. Y recuerden:
Las semifinales no deciden quiénes son los mejores. Deciden quién tendrá permiso de contar su sufrimiento como sacrificio heroico y quién deberá contarlo como fracaso imperdonable.
Desde la banqueta habló el Tamaláctico. No se me agüiten. La final todavía no empieza, pero la versión oficial ya va ganando dos a cero.
Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).

