Día 35 — La Mano del Coco
Inglaterra entró al estadio para jugar una semifinal. Argentina entró para grabar el penúltimo capítulo del documental de Me$$i.
El plan inglés era sencillo: detener al número diez, evitar errores y no pensar en 1986, en los penales ni en todas las veces que Inglaterra había perdido después de creer que podía ganar. Argentina llevaba a un futbolista, una bandera, una religión portátil y varias campañas publicitarias todavía sin estrenar.
En el primer tiempo, Me$$i fue acompañado por tres ingleses, como ayudándolo a bajar un refrigerador por una escalera. Cada vez que tocaba la pelota, los comentaristas bajaban la voz y las cámaras buscaban a Infantino, por si el destino necesitaba autorización.
Pero el gol fue inglés.
Anthony Gordon marcó el 1–0, y por unos minutos Inglaterra pareció una nación liberada de sus tragedias deportivas. Solo tenía que conservar la ventaja. Entonces miró el reloj.
—Nunca mires el reloj —advirtió El Tamaláctico—. El reloj se da cuenta.
Inglaterra se echó atrás. Dejó de atacar y convirtió su área en una sala de espera. Argentina avanzó. Me$$i levantó la cabeza. Los aficionados rezaron. Los patrocinadores prepararon publicaciones. La FIFA no intervino, pero seguramente alguien abrió la carpeta llamada “Final histórica”.
Enzo Fernández empató cerca del final. De inmediato, los comentaristas recordaron su talento, su carácter y su capacidad. Lo demás quedó temporalmente archivado.
—Qué conveniente —dijo El Tamaláctico—. El racismo tiene tarjeta roja, excepto cuando el racista marca un gol importante.
El estadio cambió de temperatura. Inglaterra ya no defendía el resultado: se defendía de sus recuerdos.
—Ya salió el Coco —dijo El Tamaláctico—. No trae sábana. Trae el número diez.
La Mano del Coco no aparecía en el reglamento. No podía revisarla el VAR. Vivía dentro de la cabeza del rival y convertía cada ataque argentino en una profecía.
En el tiempo añadido, Me$$i inició la jugada y Lautaro Martínez marcó el 2–1.
Argentina celebró. Inglaterra inició otra investigación nacional. Los exjugadores explicaron desde un estudio qué debía haberse hecho bajo presión. Los aficionados volvieron a casa mientras las cadenas calculaban cuánto dinero había producido su sufrimiento.
La final quedó definida: España contra Argentina. España llega como una notaría: ordenada, eficiente y con todos los documentos sellados. Argentina llega con estampitas, lágrimas y una memoria selectiva: los héroes conservaban sus goles; sus vergüenzas desaparecían durante la celebración (digamos pequeñas demostraciones de racismo, la verdad insignificantes).
El Tamaláctico miró la pantalla donde aparecía Me$$i frente a España.
—No sabemos si habrá milagro —dijo—. Pero la estampita del álbum ya está impresa y el perdón ya viene incluido con la camiseta.
El Coco no ganó el partido. Solo convenció a Inglaterra de que iba a perderlo y al mundo de que un gol puede servir también como borrador.
Desde la cabina oficial de la banqueta. Se tenía que decir y se tamaleó.
Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).

