Día 27 — La pelota rueda. El VAR interpreta. FIFA pregunta quién llama.
Argentina derrotó 3–2 a Egipto. Suiza eliminó a Colombia 4–3 en penales después de un 0–0. El Día 27 traía cara de caldo aguado.
Dos partidos, pocas certezas y una sensación de que el Mundial ya había agotado sus mejores caldos. Pero entonces apareció Argentina perdiendo 2–0 y el torneo volvió a meter la cuchara.
Egipto empezó como quien no venía a pedir permiso. Marcó, corrió, presionó, molestó y puso a Argentina contra la pared. No contra una pared decorativa de estudio. Contra una de esas paredes que raspan la espalda y te recuerdan que el prestigio no amortigua golpes.
Argentina miró el marcador. Egipto miró el reloj. Infantino, según la imaginación de internet, miró el inventario de camisetas de Me$$i. Cuando Argentina iba perdiendo, el palco tenía cara de patrocinador nervioso.
Entonces llegó la remontada. Romero descontó. Messi empató. Enzo Fernández completó la vuelta cuando Egipto todavía estaba intentando entender si el partido se le había ido, se lo habían quitado o ambas dos cosas al alimón.
Argentina ganó 3–2. Egipto perdió el partido y ganó el derecho a reclamar con micrófono.
Hubo gol anulado, reclamos de penal, VAR, indignación, brazos al cielo y entrenador egipcio diciendo que el Mundial parecía tener ganas de conservar a Messi.
No alcanza para declarar robo con expediente. Pero sí alcanza para encender sospecha.
A Argentina no le envolvieron el partido con moño. Pero a Egipto sí le entregaron la factura del VAR con letra chiquita. Y ahí está el problema del VAR moderno. No siempre se equivoca. A veces tiene las explicaciones más medianitas que hasta cuando acierta parece que trae abogado.
El VAR no roba. El VAR redacta. Y cuando redacta mucho, algo huele a oficina.
La cabina, por supuesto, cumplió con su tradición. Argentina no reaccionó: “mostró resiliencia competitiva”. Egipto no protestó: “expresó inconformidad ante el cuerpo arbitral”. Messi no empató: “volvió a trascender en el momento clave”. Nadie explicó hacia dónde trascendió. Tal vez hacia cuartos. Tal vez hacia el contrato de transmisión.
Después vino Suiza–Colombia. Y ahí el Mundial cambió de género. Pasamos del thriller institucional al documental alpino. Cero a cero. Ciento veinte minutos.
Colombia intentó, empujó, llenó el estadio de ruido y puso más color en la grada que claridad en el marcador. Suiza hizo lo suyo: orden, paciencia, disciplina y esa forma tan suiza de convertir el sufrimiento en trámite administrativo. Colombia llevó la fiesta. Suiza llevó el formulario de eliminación.
Llegaron los penales. El lugar donde el fútbol deja de ser estrategia y se vuelve confesionario. Un paso. Un tiro. Un pueblo que aspira y reza. Gregor Kobel atajó. Davinson Sánchez pegó en el travesaño. Rubén Vargas convirtió el penal decisivo. Suiza ganó 4–3. Colombia se fue. Suiza no gritó mucho en 120 minutos. En los penales habló lo suficiente.
Colombia cayó sin goles en contra y sin goles a favor. La eliminación más cruel: irse sin que nadie pueda decir cuándo empezó la despedida. No perdió por desorden. No perdió por baile. Perdió porque… pos así es el futbol.
Así quedaron los cuartos: Argentina contra Suiza. El drama contra el reloj. La sospecha contra el formulario. Messi contra una selección que no necesita hacer ruido para arruinar la tarde.
El Mundial llega al descanso con un caldo medio raro: VAR, penales, lágrimas, reclamos y esa sensación de que la pelota ya no solo rueda en la cancha. Rueda en la pantalla. Rueda en el palco. Rueda en el teléfono. Rueda en el reglamento. Rueda en la cara de Infantino cuando el marcador no coopera. ¿Quién la ve con su cara tan bonita? ¿Quién la ve destrozando corazones?
La pelota rueda. El VAR interpreta. El teléfono sugiere. FIFA, muy independiente, pregunta quién llama.
Y mientras: Infantino, la porra te saludaaa.
Argentina avanzó. Suiza avanzó. Egipto se fue reclamando. Colombia se fue suspirando.
Y el Mundial, que prometía día seco, terminó sirviendo un caldito tlalpeño con VAR, penal y sospecha al gusto. ¿Quen pompo chapatitos, quen pompo?
Reportó El Tamaláctico, desde la cabina oficial de la banqueta. Se tenía que decir y se tamaleó.
Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).

