Día 25 — ¿Y si sí? El grey flannel también suda.
Brasil perdió 2–1 contra Noruega. México cayó 3–2 ante Inglaterra.
El día comenzó recordando que el prestigio no marca goles y terminó confirmando que la confianza televisada tampoco.
Brasil llegó con cinco estrellas en la camiseta. Noruega llegó con once jugadores que no parecían impresionados por el stratch.
Brasil llevó la historia. Noruega llevó el presente.
Y entonces llegó México–Inglaterra. Inglaterra llegó con grey flannel. México llegó con ilusión. La reventa llegó con pasamontañas.
Antes del partido, la industria del pronóstico ya había trabajado horas extra. No para explicar el encuentro. Para evitar que la duda saliera al aire.
En televisión, radio y redes aparecieron los especialistas que no dicen “creo”, porque “creo” no vende. Dicen “va a pasar”. No sugieren. Sentencian. No analizan posibilidades. Extienden certificados de defunción antes del silbatazo.
Varios aseguraban que México iba a ganar fácil. Fácil.
Una palabra pequeña con una irresponsabilidad enorme. Inglaterra “no traía nada”, “estaba perdida”, “no tenía fútbol”. Inglaterra, aparentemente, había viajado al Mundial para cumplir con el calendario y entregar el partido en recepción.
Los argumentos eran impecables, siempre que Inglaterra aceptara no jugar. México había mostrado mejores momentos. El estadio sería mexicano. La gente empujaría. Inglaterra venía con dudas. Todo cierto.
De ahí a declarar una victoria sencilla había apenas un pequeño salto. Un salto del tamaño de un océano, tres goles ingleses y una eliminación.
México preguntó: ¿Y si sí?
Inglaterra respondió: Easy sea.
El partido comenzó y cometió una falta grave contra la televisión: no respetó el guion.
México compitió. Inglaterra golpeó. México respondió. Inglaterra volvió a golpear. El marcador se movió hasta quedar 3–2 y la seguridad inglesa terminó arrugada junto a la banca.
El grey flannel ganó. Pero terminó empapado y mirando el reloj. México no ganó fácil. Tampoco perdió fácil.
Y ahí se descompuso el negocio del pronóstico. Porque el comentarista profesional rara vez se equivoca. Cuando acierta, sabía. Cuando falla, “el fútbol es impredecible”. Cuando el equipo juega bien, leyó el partido. Cuando juega mal, “no ejecutó el plan”.
La predicción nunca pierde. Solo se actualiza. Quienes habían anunciado una victoria cómoda comenzaron a explicar que Inglaterra tenía más experiencia, más oficio, más jerarquía y mejores individualidades.
Curioso. Todo eso también existía antes del partido. Pero la información que estorba al entusiasmo suele aparecer después, cuando ya no arruina el segmento previo. El análisis deportivo tiene retrovisor de alta definición y parabrisas empañado.
México luchó hasta el final. Inglaterra terminó con diez hombres. Llegaron once minutos añadidos. Once. Eso ya no fue compensación. Fue una segunda oportunidad con patrocinador.
México: ¿Y si sí?
Inglaterra: Easy sea.
México: Te lo vuelvo a preguntar.
Inglaterra: Mejor pregúntale al árbitro cuánto falta.
En la cabina se habló de “manejar los tiempos”, “trascender dentro del terreno de juego” y “remontar el marcador adverso”. Cuando faltó precisión, sobró solemnidad.
México no atacaba. Se proyectaba de cara al marco rival dentro de la cancha del estadio.
La pelota corría. El cliché administraba la posesión. México no consiguió el empate. Inglaterra avanzó. Noruega la espera en cuartos. Y quienes habían garantizado una victoria sencilla no perdieron credibilidad. Porque para perderla primero habría que reconocer el error.
En su lugar, cambiaron de verbo. Ya no dijeron “México iba a ganar”. Dijeron “México estuvo cerca”.
Ya no hablaron de superioridad. Hablaron de dignidad.Ya no recordaron el “fácil”. Lo dejaron fuera de la repetición.
México perdió 3–2. Compitió, respondió y obligó al favorito a terminar deseando el silbatazo.
No fue la victoria anunciada. No fue el paseo prometido. No fue fácil para México. Tampoco para Inglaterra. Fue un partido entre dos selecciones capaces de hacerse daño.
Qué concepto tan incómodo para una industria que necesita vender certezas antes de que ruede la pelota.
Reportó El Tamaláctico, desde la cabina oficial de la banqueta. Se tenía que decir y se tamaleó.
Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).

