Día 2 — Canadá 1, Bosnia-Herzegovina 1 / Estados Unidos 4, Paraguay 1
El segundo día del Mundial amaneció con dos sombreros puestos: uno de castor canadiense pidiendo permiso para emocionarse y otro de vaquero corporativo cobrando estacionamiento antes de decir buenos días. En Toronto, Canadá empató 1-1 con Bosnia-Herzegovina y celebró como quien encuentra una moneda en la lavadora: poquito, brillante, histórico, suficiente para decir “mira, ya tenemos algo”. El gol canadiense supo a primer diente de leche futbolera, a maple con nervios, a país anfitrión que todavía no sabe si gritar gol o pedir disculpas por hacer ruido. Mientras tanto, Bosnia miraba el reloj como quien deja hervir la sopa y Canadá corría detrás de su propia fiesta con bufanda, paraguas y recibo municipal.
Pero en Los Ángeles la cosa fue distinta. Ahí el Mundial no entró caminando: llegó en camioneta negra, con lentes oscuros, luces, drones, transmisión bilingüe y una tarjeta de crédito sudando en la mano. Estados Unidos le ganó 4-1 a Paraguay y no pareció anfitrión: pareció dueño del salón, del micrófono, del estacionamiento, de la hielera y de la playlist. Paraguay llegó con camiseta, historia, acento y orgullo; salió con la memoria revuelta y cuatro goles encima, como si lo hubiera atropellado un espectáculo con seguro médico privado. El balón rodaba, sí, pero también rodaban anuncios, paquetes familiares, cerveza con apellido premium y esa idea gringa de que hasta la emoción debe venir con código de barras.
Para los latinos en Estados Unidos, el partido no fue neutral. Era raro, medio chueco, medio sabroso: ver al país donde uno paga renta, impuestos, seguro, gasolina y tortillas caras goleando a un país que sonaba más cerca de la sobremesa, del tío que grita, del acento guardado en la cocina, de la memoria que no cabe completa en inglés. Unos celebraban el gol de Estados Unidos con camiseta nueva; otros miraban a Paraguay como se mira a un primo lejano que llegó tarde a la pachanga y todavía le tocó recoger los platos rotos. En la grada, en el bar, en la sala, en el celular, la identidad hacía maromas: “Let’s go USA”, decía la pantalla; “ay, pobrecitos”, decía la abuela; “ni modo”, decía el compadre; “cuánto costó la entrada”, preguntaba alguien que todavía no perdía el sentido común.
Así fue el Día 2: Canadá mordió su primer puntito como bebé mundialista; Estados Unidos sacó la chequera, el músculo y la sonrisa de comercial; Paraguay puso la costilla latinoamericana para que el espectáculo tuviera tambor; y los latinos de acá quedaron en medio, bailando el tibiri-término-y-condición entre dos patrias, dos idiomas y una misma pregunta: ¿a quién le vas cuando el país que te cobra la renta le mete cuatro al país que te suena a casa?
Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).

