Con los ojos llenos de fútbol: hasta para quedarse afuera hay niveles

Día 0 — La patria en preventa

El Mundial llegó a México hablando en inglés, cobrando en dólares y sonriendo en español básico. Dijo “bienvenidos todos” con esa voz de aeropuerto internacional que no sabe cuánto cuesta el camión, ni cuánto dura una quincena, ni cuántas veces se estira una tarjeta antes de que truene. En el país anfitrión, el adulto promedio estudió 9.7 años: secundaria terminada, más o menos; suficiente para leer el anuncio, entender la promoción, hacer la cuenta y descubrir que la fiesta viene con puerta, filtro, contraseña y cargo por servicio. En la Ciudad de México el promedio escolar sube, claro, porque la capital siempre sabe maquillarse mejor para la foto; pero ni con 11 años de escuela alcanza para resolver el problema de fondo: la experiencia “que no tiene precio” sí lo tiene, y está escrita con números que no necesitan traducción.

Casi la mitad de la gente que trabaja en México gana hasta un salario mínimo. No es metáfora, no es recurso literario, no es exageración de resentido: es la aritmética seca de un país al que le vendieron una fiesta mundialista como si todos trajeran boleto en la bolsa. El salario mínimo general en 2026 es de 315 pesos con 4 centavos al día. Con eso hay que comer, moverse, pagar, deber, sobrevivir y todavía sonreír cuando la pantalla gigante diga que el fútbol une al mundo. Para entrar al partido inaugural, el boleto más barato reportado rondaba los 50 mil pesos: 159 días de salario mínimo, más de cinco meses completos de trabajo. Cinco meses sin renta, sin tacos, sin camión, sin medicina, sin hijo que pida tenis, sin madre que necesite ayuda, sin la mala costumbre de existir entre quincena y quincena.

Y luego está la camiseta, esa bandera con mangas. La oficial cuesta lo que cuesta una semana de salario mínimo, si uno compra la versión más “barata”; la versión más elegante, la que parece diseñada para sudar en alta definición, se acerca a once días de trabajo. Once días por una playera que dice México, aunque México esté afuera del estadio comprando la otra: la pirata, la del puesto, la de 200 o 300 pesos, la que se despinta pero alcanza, la que no trae certificado de autenticidad pero sí barrio, la que no pasa por aduana moral pero entra al metro, a la fonda, a la sala, a la banqueta. La oficial pertenece al aparador. La pirata pertenece al país.

Por eso la frase “la experiencia es única y no tiene precio” debería imprimirse en letras doradas sobre una caja registradora. Porque el Mundial 2026 no solo será fútbol: será una vitrina brutal donde se verá clarito quién puede comprar la emoción y quién tiene que verla reflejada en el vidrio. Adentro, la ceremonia, los himnos, los palcos, los brindis, los teléfonos grabando historias para gente que ya sabe entrar. Afuera, la patria de secundaria terminada y salario mínimo completo, vendiendo banderas, revendiendo ilusión, explicándole al niño que no, que no vamos a entrar, pero mira qué bonito se ve el estadio desde aquí.

Y como si al carnaval le faltara una carpa más, los palcos del Estadio Azteca —ese santuario nacional rebautizado según convenga al patrocinio— siguen convertidos en pleito legal. Los dueños de palcos y plateas reclamaron derechos, accesos, comida, bebida, estacionamiento y uso de espacios que creían suyos; la FIFA y Grupo Ollamani respondieron con reglamentos, control y esa palabra invisible que siempre gana: operación. Hubo amparos, medidas, amenazas de boicot y, al final, una resolución reciente volvió a inclinar la cancha hacia el gran espectáculo. Ni los ricos estaban seguros de poder entrar como querían. Esa es quizá la mejor broma del Mundial mexicano: mientras el pueblo mira desde la banqueta porque no puede pagar, algunos propietarios miran desde el litigio porque tampoco mandan. La fiesta existe. La puerta también. Y en México, hasta para quedarse afuera hay niveles.

 


Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).