Día 0 — 10 de junio de 2026
La fiesta todavía no empezaba, pero ya se sentía el precio de la entrada. La Ciudad de México amaneció vestida para el mundo: banderas limpias, anuncios gigantes, policías nuevos en esquinas viejas, pantallas prometiendo felicidad en alta definición. Todo brillaba con ese brillo sospechoso de las cosas que fueron barridas rápido antes de que llegaran las visitas. El Mundial 2026 venía como carnaval global, como misa televisada, como negocio perfecto disfrazado de alegría popular. Pero abajo, donde la ciudad camina de verdad, la gente hacía cuentas: el boleto imposible, el metro lleno, la playera pirata, la cerveza cara, el recuerdo barato para sentirse parte de algo. La fiesta existía, sí, pero casi nadie podía entrar. Y tal vez por eso la historia verdadera no iba a estar en los palcos ni en las tomas aéreas del estadio iluminado, sino afuera: en las banquetas, en los puestos, en las pantallas prestadas, en los niños mirando una puerta cerrada con los ojos llenos de fútbol. Mañana rodaría la pelota. Hoy rodaba otra cosa: la certeza de que hasta la alegría, cuando llega el mundo, se cobra en dólares.
♦
La ilusión está al dos por uno
Una tarde estaba el Mundial, bien peinadito y merendando, cuando se encontró una portería llena de tamales y quiso meterle un gol con una cuchara. La FIFA salió en tacuche de charro, con charola de santo y sonrisa de cajero automático, diciendo que todo era pueblo, pura pasión, puro planeta abrazado, aunque el planeta venía con pulsera VIP y cargo por conveniencia. En la esquina, un balón vendía boletos para ver a la gente viendo boletos, y un señor con sombrero de anuncio gritaba: “¡Pásele, pásele, que hoy la ilusión está al dos por uno, pero la entrada se cobra aparte!”. Los chilangos, los norteños, los turistas, los primos, los polis, los revendedores y una botarga con cara de profeta bailaban tibiri-táctica alrededor de una pantalla apagada. Mañana empieza el Mundial, dijeron las bocinas. Pero el Mundial ya había empezado desde antes, en una fila que no llevaba a ningún lado, donde todos cantaban el himno oficial con la letra equivocada y nadie se atrevía a preguntar por qué la fiesta traía candado.

Jorge Hernández. Traductor y profesor universitario. Licenciado en Lingüística Aplicada por la UANL. Recibió la maestría en Estudios Hispánicos por la Universidad de Illinois en Chicago. Desde 1988 radica en Estados Unidos. Autor de la obra de teatro El desdén con el desdén (1993) y de los poemarios Laberinto de errores (1993), Las palabras no se agotan por su nombre (2008) y los perros locos (2016). Fue incluido en las antologías Voces en el viento (1999), En el ojo del viento (2004), Tercer encuentro de poesía joven de la frontera norte (1987) y Antología de la poesía latinoamericana del siglo XXI (1997).

