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Entre Miami y Nueva York, el viaje de trabajo duró unos cinco días. En el lobby del hotel, tus colegas periodistas y un par de ejecutivos de mercadeo esperaban la misma van que los había llevado a Queens dos noches atrás, esta vez para que los trasladara al aeropuerto. Era claro que para el resto de la comitiva esta había sido una visita más a Estados Unidos; de hecho, nadie aparte de ti había sacado vacaciones ni cambiado la fecha del vuelo de regreso para dos semanas más tarde. Así que, aunque todos te decían que “qué envidia”, te despediste del grupo algo cohibida, y saliste del lobby en jeans y camiseta, con las ropas formales que habías usado los días anteriores embutidas sin cuidado en una mochila. El malestar, sin embargo, se fue diluyendo conforme te alejabas de ese hotel frente al Central Park y, con él, de la burbuja en que te habían llevado y traído por casi una semana. Una sensación de independencia iba tomando su lugar, mientras consultabas el mapa y caminabas sola en Manhattan por primera vez.
Unos días más tarde, la Mari te recibía en su cuarto, pequeño pero impecable, habilitado en el sótano de una casa grande ubicada en Evanston, un suburbio de Chicago lleno de gente de plata. Por varios años ya, la Mari trabajaba como au pair para los Beckman, la familia que habitaba los pisos superiores. El padre y la madre eran médicos y sus horarios de trabajo eran complicados, así que la Mari tenía asignado su propio todoterreno para hacerles de chofer a los dos niños de la familia, cuyos horarios repletos de actividades extracurriculares competían con los de sus papás en nivel de complejidad. La noche de tu llegada, la Mari te presentó a los Beckman, y con un inglés patojo alcanzaste a agradecerles por su hospitalidad. Estabas, la verdad, todavía un poco incrédula de que permitieran que una desconocida se quedara en su casa por toda una semana. Pero, ahora que tú también tienes una hija en edad escolar, ahora que tú y tu marido hacen malabares para negociar el cuidado de la niña con empleos a tiempo completo, entiendes que los Beckman, aparte de ser buena onda, no eran pendejos: sabían muy bien de qué madera estaba hecha la Mari y habrían aceptado casi cualquier favor que les pidiera, porque se habían sacado la lotería al encontrarla y no la querían perder.
Cuando no estaba ocupada con los niños, la Mari usaba casi todo el tiempo que le quedaba libre para asistir a la universidad y hacer tareas. Como era verano, sin embargo, ella y los niños estaban de vacaciones. Si mal no recuerdas, un par de veces la Mari tuvo casi todo el día libre y aprovecharon para irse a Chicago en el tren, armadas con los snacks que los Beckman habían sugerido que tomaran de la alacena, para que no tuvieran que gastar mucho en comida. La noche anterior a la primera de esas excursiones, después de ver tele en el “área de entretenimiento” de la casa, bajaron al sótano juntas y, en lugar de dirigirse hacia su cuarto como de costumbre, la Mari abrió una puerta vecina que, hasta ese momento, ni siquiera habías notado. Es posible que tu memoria esté exagerando las cosas, pero en tu recuerdo la puerta abierta revela un cuarto repleto de comida. Enlatados, paquetes de pasta y otros alimentos secos, cajas de galletas y barras de proteína, botellas de jugos y sodas poblaban, en perfecto orden, estanterías que se alargaban desde el suelo hasta el techo. No te cabe duda de que alacenas así de grandes eran entonces y son hoy algo común entre las clases privilegiadas de tu país, pero tú nunca habías visto algo semejante.
Tampoco habías visto, como lo harías al día siguiente desde el tren de vuelta de Chicago, refrigeradoras, microondas y otros electrodomésticos colocados en la acera el día de recolección de la basura. “Pero, si se ven nuevos”, le comentaste incrédula a la Mari. “Así es aquí”, te dijo ella, y te contó que algún detalle de su cuarto que te había gustado mucho —¿era una lámpara, quizá?— lo había recogido, precisamente, de la vereda. Años más tarde, cuando llevaras ya un largo tiempo viviendo en Estados Unidos, también para ti se iba a volver normal ponerle atención a lo que los vecinos descartaban. Fue así como un día de verano te topaste con una mesa de roble pequeña y con signos de avanzada edad, pero también maciza y, vista con buenos ojos, hasta medio chic. Estabas como a una cuadra de tu edificio y, quizá porque eran horas de almuerzo, no había en la calle ningún comedido a quien pudieras pedirle ayuda. Tampoco podías correr de vuelta a tu apartamento y regresar con refuerzos, porque estabas segura de que si dejabas la mesa sola unos minutos algún otro estudiante pobrete se la iba a llevar. Así que, sudando la gota gruesa y parando cada cuatro o cinco pasos, cargaste el pesado mueble hasta llegar a puerto. Pensar que han pasado casi dos décadas desde aquel hallazgo. La mesa con potencial habría de viajar contigo de Maryland a Nueva York y, aunque hubo un tiempo en que sirvió como mesa de comedor, hace mucho ya que funge de escritorio. Es más, es el escritorio en el que escribes estas líneas.
Pero, volviendo a Evanston, los Beckman eran tan cool que tampoco se hacían lío si la Mari usaba su tiempo libre para ganarse un dinerito extra, así que un día la acompañaste a la casa de Celeste, donde cuidaba a una bebé dos o tres veces por semana. Por alguna razón no convenía que te quedaras esa tarde sola donde los Beckman, o quizá estaban la Mari y tú tan acostumbradas a la apertura de esa familia que no esperaban menos de nadie. Lo cierto es que apenas Celeste abrió la puerta de su mansión, la azul mirada que posó en ti volvió evidente que había sido una mala idea acompañar a la Mari. “¿Y esta quién es?”, pareció decir, con algo de desdén y sin necesidad de abrir la boca. Definitivamente, no le gustó nada el ver llegar a la niñera, tan blanca que era fácil olvidar su origen latinoamericano, con una amiga mestiza a la que el sol de julio le había tornado la piel todavía más morena que de costumbre.
Supones que hubo las presentaciones de rigor, pero en realidad no recuerdas mucho más de ese primer contacto. Sabías, porque la Mari te lo había contado en el camino, que Celeste era ama de casa y que su marido tenía un empleo en el que, al parecer, hacía mucho dinero. Cuando la Mari podía cuidar a la bebé, la única hija de esta joven familia, Celeste aprovechaba para ir al gimnasio, empeñada como estaba en deshacerse del peso extra que le había dejado el embarazo. Libras demás o no, era una mujer guapa, alta y de pelo largo y rubio. O, por lo menos, así la recuerdas tú. Antes de salir para el gimnasio, Celeste llamó a la Mari para hablarle en privado. No te acuerdas dónde te quedaste mientras tanto. ¿Tal vez en la cocina? En todo caso, desde donde te encontrabas era todavía posible notar que la mujer le estaba hablando a tu amiga con un tono enérgico. También, a pesar de que tu inglés dejaba mucho que desear, alcanzaste a entender dos que tres palabras —baby, touch, don’t— que se repitieron más de una vez. No hizo falta mucho esfuerzo para entender lo que estaba pasando: Celeste le estaba advirtiendo a la Mari que la amiga que había traído no debía tocar a su bebé bajo ninguna circunstancia.
Habrías querido salir de la cocina (quedemos en que era allí donde te encontrabas) y confrontar a esa mujer con aplomo pero, qué va, no te daba el inglés. Además, ya le habías causado suficientes problemas a la Mari con tu sola presencia. Así que cuando finalmente se cerró la puerta principal de la casa y sentiste los pasos vacilantes de tu amiga, que regresaba hacia donde te había dejado, te tragaste las lágrimas que amenazaban con brotar en cualquier momento. Imposible recordar exactamente lo que se dijeron entonces la Mari y tú, pero crees que, más o menos, la conversación fue así:
—¿Todo bien?
—Sí, la Celeste solo quería darme unas instrucciones.
—Ah, bueno… ¿Dónde queda el baño, Mari?
El resto de la tarde, te aseguraste de no acercarte siquiera a la bebé de la tal Celeste.

Segundo día de la Feria durante la mesa Cuerpo, lenguaje y disidencia
Silvia Mejía. Directora de los Programas en Español de Empire State University (Saratoga Springs, NY). Entre 2007 y 2024, fue profesora de español, literatura y cine latinoamericanos en The College of Saint Rose (Albany, NY). Antes de terminar el Ph.D. en Literatura Comparada en la University of Maryland (College Park), Mejía fue periodista en Ecuador, Francia y Estados Unidos. Sus publicaciones de no ficción más recientes son su libro de memorias Receta para viajar. Travesías de una identidad mestiza (2026), el ensayo narrativo “Salamandra” (Literal Magazine, 2023) y el relato “Vacaciones de sexto grado” (Antología Volumen III, Feria Internacional del Libro de la Ciudad de Nueva York, 2023). Su texto autobiográfico “Stayin’ Alive” fue seleccionado para la antología A-Sintomática: Escrituras del encierro en tiempos de coronavirus (Hypermedia, 2021).

