La noche muda

 

Mi hermanita dormía. La verdad es que no entiendo cómo los gritos de mami no la despertaron. Tampoco interrumpió su sueño cuando le di la patada a la puerta de la habitación, después de que mami, tras mucho discutir, empezara a pedir auxilio: “Ayúdenme, me está ahorcando, me va a matar. ¡Auxilio!”.

Una combinación de angustia, pavor y rabia me guiaban. No era la primera vez que presenciaba un pleito entre mi mamá y su novio (cualquiera que estuviera de turno), pero sí la primera vez que me involucraba. Cuando era niña y las voces empezaban a subir de volumen (y la sinfonía de cachivaches volando por el aire entonaban una melodía apocalíptica, y los golpes secos se detenían ante la piel), yo agarraba a mi hermanita y nos metíamos en el armario empotrado que quedaba en la terraza. Era un cuadro de cemento de medidas chuecas, sin pintar y sin puertas, pero lo suficientemente profundo como para convertir sus entrañas en nido. Allí, arropadas aunque el sudor nos chorreara por la frente, cantábamos:

Atocha es una niña, curubá

Atocha es una niña, curubá

hija de un capitán, uriuriurá

hija de un capitán, uriuriurá.

 

Qué lindo pelo tiene, curubá

qué lindo pelo tiene, curubá

quién se lo peinará, uriuriurá

quién se lo peinará, uriuriurá.

 

Se lo peina su tía, curubá

se lo peina su tía, curubá

con peinecito de oro, uriuriurá

con peinecito de oro, uriuriurá.

 

Para que Atocha vaya, curubá

para que Atocha vaya, curubá

a ver a su papá, uriuriurá

a ver a su papá, uriuriurá. 

Cantando los minutos se hacían menos largos y los ruidos que afuera imperaban se hacían más soportables. A veces, no obstante, no valían las melodías ni las artimañas; mi hermanita, seis años menor que yo, se hundía como piedra entre una nube de plumas y entonces el murmullo de su llanto lo opacaba todo.

Ahora era distinto, mi hermanita dormía en el camastro que compartíamos en la sala (además, como nos habíamos vuelto a mudar, el clóset había quedado en el pasado) y, en ese momento, por las venas me corrían antorchas encendidas.

Ayúdenme, me está ahorcando, me va a matar. ¡Auxilio!

De una patada destrocé la manija de la puerta. Adentro, mi mamá se levantaba de la cama y, sentada, se pegaba como caracol a la pared. De la nariz se le escurría un hilo de sangre que le dibujaba una rosa en el pecho; a la franela de su pijama se le había desprendido un tirante. Marcos, su marido, estaba parado al lado de la cama. No tenía camisa, por lo que se me hizo imposible no notar la carretera escarlata que entre cuello, tetilla y costilla le dejaron como tatuaje las uñas de mi madre. Ni siquiera cuando dije su nombre y le ordené que se fuera de la casa levantó la cabeza. Tuve ganas de repetírselo, de gritarle que se largara, pero no fue necesario; enseguida tomó una camisa a cuadros que reposaba sobre la cama destendida y se marchó. Solo cuando me hice a un lado para que él pudiera salir del aposento, vi que levantó un poco la vista para buscar los ojos húmedos de mi madre.

Con los caballos que me habitaban el pecho corriendo lento, me senté, o por lo menos intenté sentarme junto a mi madre para preguntarle cómo se encontraba, pero ella se incorporó de un solo salto y así, con medio seno colgando, así mismo descalza, salió corriendo detrás de su marido.

Yo, minutos después, con pasos calculados, la seguí. A la noche se la había tragado una boca desdentada, quizás por eso el bombillo que colgaba como ahorcado en el poste de luz me encontró sin premura. Al voltear la mirada, los ojos se me llenaron de agua y apenas pude vislumbrar el cuerpo ancho de mi madre que regresaba, que se acercaba. La brisa había muerto.

Cuando me vio, o más bien cuando el bombillo a mis espaldas me iluminó la silueta, ella se derrumbó sin preámbulos, sin pasitos torpes ni manos en la frente, cayó de bruces contra los escalones que elevan la casa del tétrico nivel del mundo.

Me acerqué y la tomé de los hombros, entonces el bombillo indiscreto me dio una tregua y pude ver sus ojos enormes, hinchados de tanto llanto. “Es que él no tiene para donde ir”, la escuché decir entre jadeos.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que nosotras regresáramos a la vivienda, ninguna de las dos volvió a decir palabra esa noche. Para ser franca, la oscuridad terminó ocultando muchas palabras entre nosotras. Los grillos, además, copulaban en silencio.

Esa noche Marcos no regresó y mi hermana no despertó, quizás por eso me fue tan difícil explicarle a la mañana siguiente el porqué me iba de casa.

 

 

Publicado en: Mamey • Cuentos con sabor a hembra
[Querer Editorial (Madrid), 2025]

 

Aquí hubo una mujer: cuentos premiados
[Books & Smith (NYC) y Últimos Monstruos Ed. (Sto. Dgo.), 2018]


Kianny N. Antigua. Escritora, traductora y narradora de audiolibros. Trabaja como profesora titular de español en Dartmouth College y como traductora y adaptadora independiente. Antigua ha publicado 41 libros en los géneros de narrativa, poesía y literatura dirigida a la infancia (11 bajo seudónimo) y 9 traducciones. Ha ganado múltiples premios literarios y sus textos aparecen en diversas antologías, revistas y otros medios tanto impresos como electrónicos. Su obra ha sido traducida al hindi, italiano, inglés y francés. Ha traducido libros de Angie Cruz, Elizabeth Acevedo, Xochitl González, Ruth Behar,Lilliam Rivera, Lissette J. Norman y Lorgia García Peña, entre otras; y ha narrado varios libros para Audible.