Más te vale, Tina

La Habana, Cuba, 8 de septiembre de 1958.

 

El viernes de la desaparición hizo tanto calor que los niños se quedaron dormidos más temprano que de costumbre. Esa noche, Diego llegó de trabajar pasadas las ocho y encontró a su madre esperándolo con la cena en la mesa de la cocina. 

—Tu mujer no ha regresado —le dijo Delia, mientras picaba una papaya con la mano izquierda. Unos años antes, había sufrido una embolia que le había paralizado el lado derecho del cuerpo. 

—¿A dónde fue? —contestó él, mientras extendía la mano para tomar un trozo de fruta. De un movimiento, Delia enterró el cuchillo en el pedazo de papaya, aniquilando en un instante el plan de su único hijo, y sin chistar le respondió: 

—Ya tú sabes que la papaya es para el desayuno, ¡bellaco! Tu mujer fue a comprar hielo hace tres horas. ¿Tú quieres un arrocito con pollo, mi amor? 

Diego miró su reloj de pulsera, se aflojó la corbata y se sentó a comer. Se terminó el arroz con pollo, la yuca, los tostones, la natilla y una vez satisfecho, decidió salir a buscarla. Seguro estaba en casa de Omaida, su mejor amiga, jugando cartas. 

Omaida vivía a escasas dos cuadras, pero a pesar de que el día se extinguía, el calor no menguaba y el sudor no dejaba de brotarle por las sienes. Se arrepintió de no haberse cambiado la camisa por una guayabera. 

¡Más te vale, Tina, que estés en casa de Omaida porque si tengo que caminar más con este calor, te mato! ¡Yo te mato, Tina!

Omaida le dijo que habían coincidido esa mañana en la escuela de los niños, como todos los días y le aclaró que la jugada había sido la semana pasada. 

El segundo viernes de cada mes, chico, que, por cierto, le fue muy bien, ¡se llevó toda la plata! ¿Ya tú fuiste con Martica? —le preguntó Omaida con los brazos cruzados sobre el pecho. 

Diego le dio las gracias y se retiró. 

¡Ay, pero tú vas a ver cuándo yo dé contigo, Tina! ¡Mira qué no decirme que te ganaste una plata! ¡Yo te mato, Tina! ¡Te mato!

En casa de Marta, empapado en sudor, Diego se metió hasta la cocina y se paró frente al abanico colocado sobre la mesa. Marta, sorprendida, le sirvió un vaso de limonada y le platicó que la había visto el día anterior en el salón de belleza. 

—Nos hicimos la manicura y platicamos de pura bobería, que si los maridos, que si la suegra… ya tú sabes, es que con este calor no se antoja nada. Y pensar que en Argentina es invierno. ¿Tú puedes creer eso, chico? Yo no entiendo cómo es que allá está haciendo frío. ¿Ya tú fuiste con Lulú? Me dijo que le estaba arreglando unos vestidos —dijo Marta sin detenerse a respirar.

Diego se tomó la limonada de un trago y le pidió que le avisara si sabía algo de ella. Salió de ahí cavilando. 

¡Yo partiéndome el lomo y tú haciéndote las uñas! ¡Mira que si tú andas contando nuestras cosas, yo te mato, Tina! ¡Te mato!

Lulú, la costurera del barrio, le comentó a Diego que, efectivamente, el día anterior había pasado a recoger unos vestidos. 

—Le tuve que meter en la cintura, chico. ¡Mira que se ha puesto flaca, pero todo le vino de maravilla! Tú tienes una mujer muy linda… —dijo Lulú, sin verlo a los ojos.

Diego sonrió a medias y se despidió mascullando. 

¡Más te vale que hayas pagado con el dinero que te ganaste en el póquer y no con el gasto de la semana, Tina! ¡¿Pero dónde te has metido?! Coño, Tina, ¡te voy a matar!

Eran casi las once de la noche cuando volvió a casa. Traía pegado el sudor en la frente y en las axilas. Delia se había quedado dormida en el sillón de la sala y decidió dejarla ahí. Caminó por el pasillo de puntitas, para no despertarla, y justo cuando iba a llegar a su recámara, escuchó la voz de su madre. 

—¿Diego? 

La frustración se le escapó por los hombros. No tenía ganas de platicar. Volvió sobre sus pasos, se sentó frente a ella, le explicó con detalle la ruta que había tomado y el resultado de su investigación. Delia escuchó atenta, absteniéndose de hacer preguntas. Luego le pidió que la llevara a su cuarto, y así lo hizo. La ayudó a acomodarse en la cama y se despidió de ella con un beso. Antes de apagar la luz, Delia le dijo: 

—Tú tienes que ir a la policía, mi amor. Recuerda lo bien que se portó el comandante Medina aquella vez que la cogieron por manolarga.

Recién bañado y refrescado, decidió continuar la búsqueda. Se subió al auto y se fue derechito a la comisaría temiendo que su mujer se hubiese metido en un lío y estuviera encarcelada. 

¡Mira Tina, que si yo te encuentro presa otra vez…! ¡Te mato, Tina! ¡Te mato!  

El oficial que lo atendió le confirmó que Tina no estaba presa. Que no podían hacer nada hasta pasadas 24 horas. 

—¡Coño, oficial! ¡En 24 horas se puede armar una revolución! ¡Exijo hablar con el comandante Medina! —esto último lo enfatizó con un manotazo en el mostrador.

El oficial lo miró con ojos cansados y le dijo: 

—Mira, chico, el comandante Medina salió de vacaciones y no regresa hasta dentro de un mes, pero si tu mujer no aparece para mañana, yo me encargo de buscarla.

Diego pensó en lo peor.

Se detuvo en los hospitales temeroso de que hubiese sufrido un accidente. 

¡Coño, Tina! ¡Los niños no se cuidan solos! ¡Cómo tú hayas andado de coqueta y te haya cogido una guagua cruzando la calle…! 

Ninguna mujer con las generales de Tina había ingresado en las últimas horas. Decidió entonces ir a la morgue. 

Más te vale que no estés muerta, Tina, ¡porque entonces no voy a tener a quien matar!

Diego le pidió al forense que le mostrara los cuerpos de las mujeres que había recibido durante la noche. El doctor sabía que ninguno correspondía a la descripción física de Tina, pero no tuvo corazón para decirle que no. Eran tres. El último cuerpo asomaba una cabellera de rizos oscuros que creyó reconocer.  Diego levantó la sábana y comprobó, con cierto alivio, que no era ella. Se acercó al cuerpo en la plancha y le susurró: 

—¿Tú también saliste a comprar hielo, putica?  —el médico lo vio con un poco de lástima y le recomendó ir a la policía. 

—De allá vengo, mi hermano.

Diego continuó la plática con el doctor más que nada por el aire acondicionado. Poco después, fresco y más calmado, se despidió. Eran casi las ocho de la mañana. La brisa del Caribe que apenas le rozaba el cuello anunciaba un día igual o más caliente que el anterior. 

Pero ¿dónde coño te has metido tú, Tina? ¡Mira que cuando te encuentre!

Llegó a la tienda del barrio y la empleada, una negra de tetas rebosantes y un culo todavía más espectacular que el de Tina, le dijo que su mujer había pasado por ahí, pero no había comprado hielo, sino cigarros. No sabía para donde había virado al salir. Todo esto se lo dijo con las tetas apoyadas en el mostrador. A Diego se le hizo un nudo en la garganta. Con la voz cortada le dio las gracias. 

¡Ay, Tina! ¡Ay, Tina! ¡Ojalá que tú estés muerta!

El olor a congrí, tan temprano, lejos de reconfortarlo le dio mala espina. Delia aplastaba unos tostones cuando escuchó a su hijo entrar. Sin dejar de golpear los plátanos, le dijo que había un telegrama urgente sobre la mesa de la entrada. Diego tomó el sobre y se dirigió a la cocina. Se sentó en la mesa, al tiempo en que Delia le servía un vaso de agua helada. Leyó el telegrama en silencio.  

 

ME HE IDO CON MEDINA A BUENOS AIRES. STOP. 

NO NOS BUSQUES. STOP. CARIÑOS A LOS NIÑOS. STOP.

 

—¿Qué es lo que dice, mi amor? —preguntó la vieja sin levantar la vista de los tostones.

Diego, con las sienes empapadas de sudor, se bebió el vaso de agua de un jalón, respiró profundo y guardó el telegrama en el bolsillo de la camisa.

—Que regresa en un mes, Mami.

 


Carolina Herrera ha escrito dos novelas. #Mujer que piensa (El BeiSMan Press, 2016) y Flor de un árbol raro (El BeiSMan Press, 2021). Ambas han obtenido el primer premio en sus respectivas categorías del International Latino Book Award. Sus cuentos y ensayos han aparecido en casi una decena de antologías de escritores en Estados Unidos. Ha traducido numerosos guiones para cine y televisión. Es directora de EL BEISMAN punto com y co-organizadora de la Feria del Libro de Chicago.