Alicia, esto es el capitalismo de Carlos Villacorta (2025)
Suburbano Ediciones , Miami, 2025. 276 páginas, ISBN 979-8989968060
Alicia, esto es el capitalismo (SEd, 2025) es una novela contemporánea que retrata con crudeza la vida en los barrios más pobres de Lima a finales de la década de 1990, la década marcada por la dictadura de Alberto Fujimori y un estado neoliberal corrupto que lejos de solucionar la crisis económica y la hiperinflación se enfocó en reprimir violentamente cualquier acción disidente y llenar sus bolsillos en el proceso.
En medio de este contexto, la obra nos adentra en la vida de cuatro personajes. Dos de ellos, Alicia y Tigrillo, emprenden una búsqueda personal que los lleva por diversas experiencias de autoconocimiento y comprensión de lo que significa sobrevivir en una sociedad marcada por el abandono, la miseria y un gobierno indiferente a la desigualdad.
Tigrillo inicia su relato atravesado por una decepción profunda, el abandono de su padre. Eventualmente es obligado a dejar su hogar, a su madre y hermanos, para emprender la búsqueda de su independencia y su lugar en el mundo. Ese camino lo conduce a trabajar en una franquicia de pizzas, desde donde el narrador comparte las vivencias más crudas y reales de un trabajo explotador que nadie quiere hacer.
A medida que avanzamos, se presenta un personaje aterrador, sin nombre, que parece liderar torturas a jóvenes con ideas de izquierda. Esta figura encarna la violencia estructural patrocinada por el gobierno de Fujimori, quien libraba una persistente lucha por erradicar cualquier rastro de socialismo de la época, evocando las violaciones de derechos humanos cometidas durante la guerra contra la insurgencia del Sendero Luminoso.
El último relato nos muestra una Lima más poética, empapada por el mar y la arena, pero igualmente desesperanzadora. En él, Alicia, proveniente de un contexto de abandono y soledad, similar al de Tigrillo, sin ninguna guía, termina trabajando en empleos precarios como impulsadora o auxiliar de autobús. Su historia la enfrenta con la muerte literal y simbólicamente, maquillándola y mirándola de frente. Los relatos de los personajes son piezas fundamentales que completan el rompecabezas narrativo y en muchas ocasiones sus historias se cruzan permitiendo entramar las experiencias que marcan el carácter de los mismos.
La novela combina elementos de la narrativa social, el testimonio y la autoficción. Con un estilo directo, lleno de expresiones propias del habla popular peruana, el autor no embellece la pobreza ni glorifica el hambre. Sin embargo, logra que el lector se conecte íntimamente con los personajes, ya sea por el uso de la primera persona o por la sensación de estar leyendo los diarios personales de los protagonistas. Aunque la narración es cruda y vívida, hay momentos de poesía pura y descripciones de gran belleza, como cuando Alicia evoca el mar y las playas de su infancia. La estructura no lineal de la obra con saltos temporales entre el pasado, el presente y los deseos de futuro mantiene al lector enganchado sin perder el hilo principal. El relato alterna recuerdos familiares con las duras experiencias laborales, y sueños de migrar o reconstruir una vida distinta. Villacorta emplea el manejo del tiempo y los mencionados saltos temporales como una estrategia narrativa que le permite articular distintos contextos generacionales. Al mismo tiempo, integra múltiples voces secundarias que contribuyen de manera colectiva al desarrollo de la trama.
Aunque los relatos se sitúan en los años noventa, el lector contemporáneo se puede identificar con facilidad, sin duda el verdadero antagonista es el capitalismo, ese villano invisible que impide descansar, soñar o reparar relaciones familiares. Al leer sobre la vida de quienes sostienen el sistema desde la precariedad y las sombras, solo queda indignarse y acompañarlos en la contemplación de un futuro distinto. Igualmente, la soledad aparece en toda la obra como un actor al que se siente respirar en cada página. Los diálogos con zapatos parlanchines que sirven de consejeros improvisados y las apariciones de pájaros oníricos guían la travesía emocional de nuestros protagonistas, especialmente cuando no tienen a nadie más con quien desahogarse. Sin embargo, el segundo relato introduce un personaje profundamente perturbador cuya presencia, por su brutalidad y tono violento, se siente disruptiva frente al resto del conjunto narrativo.
Aun cuando en un primer momento pueda parecer difícil de encajar en el conjunto de la obra, su inclusión resulta significativa, ya que representa la violencia impartida a quienes se oponían a la dictadura y defendían causas de izquierda. Al mismo tiempo este relato muestra la crudeza de ciertas ocupaciones que sólo existen en contextos extremos. Esta ruptura narrativa puede desafiar al lector, pero también amplía el espectro de la denuncia social de la obra. En ese sentido, Alicia, esto es el capitalismo es, con seguridad, un ejercicio de reflexión necesario para cualquier adulto inmerso en un sistema que invisibiliza la desigualdad, la injusticia y la precariedad.
Al terminar los relatos, entendemos que la comparación entre la Alicia de Lewis Carroll y la de Carlos Villacorta va más allá de una coincidencia de nombre o de la transición simbólica entre la infancia y la adultez. En ambos textos se cuestiona radicalmente la autoridad y el sentido común como pilares de la realidad, por ejemplo, en Alicia en el país de las maravillas, Carroll despliega un mundo donde las figuras de poder como la Reina de Corazones o el Sombrerero Loco ejercen una autoridad absurda, arbitraria e incoherente, desmontando así la idea de que el orden establecido tiene necesariamente un fundamento lógico. De forma paralela, Alicia, esto es el capitalismo presenta un sistema de poder igualmente irracional y violento, en este caso la dictadura de Fujimori y el capitalismo neoliberal aparecen como regímenes donde la lógica no obedece a la justicia ni al bienestar social, sino a la represión y el beneficio de unos pocos.
Así, el paralelismo entre ambos textos no es un guiño superficial, sino una estrategia consciente para revelar la violencia estructural detrás del orden. Con ese mismo propósito se observa en la escritura de Villacorta, cuyo estilo honesto a veces irónico, otras poético retrata con fuerza la desesperanza de quienes sostienen un sistema inverosímil desde el anonimato, y lanza un llamado urgente a reconocer la desigualdad, el hambre y la exclusión que enfrentan quienes hacen los trabajos que nadie más quiere hacer.
Andrea Hincapié es estudiante en la licenciatura de Literatura y Lengua Castellana en la Universidad de La Salle, en Bogotá, Colombia. Su investigación se centra en el uso de la literatura como herramienta didáctica para la enseñanza del español y la cultura hispanohablante.

