Venancio Torres

Venancio Torres


A Venancio Torres le volaron media dentadura de un violento puñetazo. Sucedió al sopor de una borrachera maratónica frente a la cantina La Escondida, mientras el pueblo oía misa en el Santuario. Venancio recordó esto como entre sueños al día siguiente.

El autor de la ofensa, Rogaciano Monciego, en ningún momento se arrepintió. En cambio, su padre se disculpó ante Venancio y su familia con las atenciones debidas y de paso depositó en manos del convaleciente, billete sobre billete, la cantidad de 500 pesos para cubrir los gastos de la reparación. Después se despidió con un adiós reverencioso y salió por donde había entrado.

El acto del señor Monciego y los 500 pesos arrancaron a Venancio el coraje de golpe, pues el paquete alcanzaba para comprar una dentadura de oro de 18 kilates y todavía sobraba dinero. Pero Venancio, haciendo abanico con los billetes, dijo para sus adentros, “de plata me quedarán mejor que como los tenía”. Reunió a parientes cercanos y lejanos y en círculo familiar presentó la idea que nadie desaprobó.

“El putazo”, como decían quienes presenciaron el combate de La Escondida, y los tragos de varios días lo pusieron a dormir el resto de la noche del domingo. Al día siguiente, el señor Monciego les hizo la visita de reconciliación y el martes, a las ocho de la mañana, Venancio abordó el camión y se fue rumbo a Jalpa en busca del dentista.

Antes de irse, con cierta nostalgia descolgó la ropa de novio y ayudado por Susana se la puso frente al espejo, con detenimiento. El pantalón negro le quedó guango a la altura de las nalgas, la camisa blanca era un paracaídas reventado sobre su cuerpo escuálido y fue necesario meterles algodoncitos a los botines acharolados para que no se le zafaran. “Estás muy flaco”, le dijo su esposa en lo que le arrimaba el perfume, “y viejo”, agregó. Él miró largamente sus ojos verdiazules, su sonrisa blanca que lo remontó al día de la boda, al baile que duró tres días. “Son las refriegas de la vida”, respondió.

El jueves, al mediodía, Susana y los niños escucharon la fusión de las campanadas con los ronquidos del camión y pararon sus actividades de campo por completo. “¡Ya viene! ¡Ya viene!”, gritó Luisito y los tres niños corrieron delante de la madre, anticipando la alegría del encuentro.

La gente que resistía la resolana bajo la sombra desparpajada de los pinavetes se apelotonó de inmediato en torno al camión. Era gente que ya no esperaba a nadie, hombres guiados solamente por la curiosidad de ver quién llegaba, una curiosidad en ellos vuelta costumbre.

Susana, Facundo y Pepe se abrieron paso a punta de empujones para ver a conocidos y desconocidos descender.

Los saludos y las palabras de bienvenida eran, en medio del zumbido del motor, a penas un débil murmullo y la humareda del escape subía hacia el cielo huérfano de nubes, dando a todo un color amarillento y aumentando el calor de abril.

Desde la parrilla, el ayudante del chofer, un adolescente de 13 o 14 años, leyó nombres en voz alta: “Cuco Montelongo, Leoncio Ibarra, Amador Treto...” y los nombrados se formaron en fila india, recibieron sus costales y sus maletas, después se perdieron por diferentes caminos.

Venancio Torres no bajó del camión ni nadie que se le pareciera.

El chofer apagó el motor, la plaza poco a poco se aclaró en tanto la gente se dispersó por el jardín retomando sus lugares habituales. 

Al término de sus labores el ayudante del chofer solía recibir reclamaciones de maletas extraviadas. Cuando sobraba equipaje, ya fuera con nombre o sin él, lo daba a conocer públicamente y si el dueño no aparecía lo llevaba a la oficina de correos, donde siempre alguien lo reclamaba.

Pero ese día no sobraron maletas. El ayudante hábilmente se descolgó por las escalerillas, cobró su propina y se marchó como lo habían hecho todos.

Presa de la preocupación, Susana avanzó hacia la puerta, preguntó al chofer si sabía algo de sus esposo. “Se llama Venancio Torres, señor, no viene desde el martes”, le dijo y le dio las señales.

“Suba”, le dijo el chofer. 

Susana así lo hizo.

En el asiento trasero, con la barba de tres días, y en harapos, estaba tendido el viajero. Le colgaba la mano derecha como queriendo alcanzar una botella vacía que había rodado durante el trayecto. 

Ella iba a soltar un alarido de desconcierto, pero cuando el hombre torció la quijada y enseñó las encías sin los dientes de plata, Susana no sólo se contuvo sino que el susto se le tornó en una ola de resentimientos que se le sumó al mar de penas que ya llevaba en el corazón.

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Ricardo Enrique Murillo. Escritor y maratonista de Huejuquilla, Jalisco. Reside en Nueva York.

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