Una Nymphomaniac que no incita al coito intelectual

Una Nymphomaniac que no incita al coito intelectual

A Lars von Trier le gusta realizar experimentos formales y este le ha salido peor que otros. Al director danés también le gusta provocar y se esfuerza por generar controversia antes del estreno. Es difícil entrar a ver Nymphomaniac sin prejuicios –así lo ha querido él–. Antes de pagar la entrada sabemos dos cosas: que vamos a hablar de sexo y que el director nos intentará sorprender. Sumar sexo y sorpresa para obtener un resultado distinto de cero es una ecuación difícil, pero von Trier —bastante descarriado de los raíles de Dogma 95— va a intentar que la suma sea positiva mediante recursos formales: retorno a la fragmentación en capítulos, insertos de pretendida poética visual, exceso de grafismos y saltos injustificados en la textura cinematográfica. Los primeros planos de penes —flácidos y en erección, de todos los colores y tamaños, circuncidados y no—, de vulvas —rasuradas y pobladas, lubricadas y no—, y de todo tipo de secreciones y excreciones —semen, flujo vaginal, mierda, pis... — no provocan ni sorprenden. Bajo un tratamiento que se podría considerar satisfactoriamente plástico, la película quiere contar una historia profundizando en los aspectos psicológicos de una autodeclarada ninfómana, pero el resultado es una retórica banal de lugares comunes que no aporta nada sobre un tema que podría ser interesante. 

Las cuatro horas y media que dura Nymphomaniac están divididas en dos volúmenes. El Volumen I comienza con una mujer (Joe) que aparentemente ha sufrido una agresión y es ayudada por un judío sexagenario, virgen y asexual (Seligman), quien la invita a su casa. Joe comienza la confesión de su historia ante quien parece ser el testigo ideal para este relato cronológico: el despertar del sexo en la niñez, la ansiada pérdida de la virginidad, una indefinida relación con su padre, la curiosidad frustrada por el amor y finalmente el desenlace, donde descubre —acaso no lo sabíamos ya— que es incapaz de sentir placer. El Volumen II avanza hacia el pasado más reciente: la concepción y nacimiento del hijo, los problemas de conciliación laboral y aceptación social, el paso por un grupo de terapia psicológica que no servirá para nada, y la espiral hacia la búsqueda imposible de satisfacción. Mientras que el Volumen I es prescindible y aburridísimo, con escenas forzosamente alargadas para producir un pase comercial, el Volumen II mejora sustancialmente y el desenlace, bien ejecutado aunque previsible, da un giro a la historia en el último minuto.

Es dominio común que la ninfomanía es el deseo incontrolable en una mujer por mantener relaciones sexuales compulsivamente sin ninguna satisfacción. Desafortunadamente Nymphomaniac no descubre nada nuevo. En su conversación con Joe, Seligman se transforma en una suerte de psicoanalista amateur de barrio que intenta normalizar la cuestión de la naturaleza ninfómana con paralelismos vagamente eruditos sobre la pesca, la polifonía en Bach, la teoría numérica de Fibonacci o resonancias sobre la tradición judeocristiana, ilustrando las comparaciones con resultados tan evidentes como retorcidos. El desenlace abre algunas interpretaciones que apuntan a un problema con raíces en cuestiones sociales y de género, pero salvando el intento de profundizar en los aspectos psicológicos de la protagonista, la historia es floja y no aporta nada nuevo sobre la cuestión central de la ninfomanía. 

El casting es un aliciente y los actores consiguen hacer su trabajo, a excepción de un Christian Slater de sonrisa absurda empotrado en un papel sin la sustancia que demanda el padre de la ninfómana. Charlotte Gainsbourg crece con Joe, mejorando a cada minuto mientras que Uma Thurman brilla aislada durante los escasos minutos de una de las mejores escenas: un lugar perdido entre el drama, la parodia y la comedia de una situación potencialmente hilarante, pero que no tiene ninguna gracia. Las facciones inconfundibles de Willem Dafoe son normalmente una garantía, pero la química con Gainsbourg no funciona y el actor llena un papel más decorativo que interpretativo.

El aspecto formal será para muchos la mejor arma de seducción de Nymphomaniac. Es cierto que el tratamiento de la imagen goza de un notable atractivo plástico, pero no tiene unidad con la historia. Lars von Trier continúa persiguiendo la ambición moderna de aislar la forma del contenido, lo cual tuvo un sentido en las vanguardias artísticas, pero ha encontrado más complicaciones que satisfacciones en este medio del cine que, por naturaleza, necesita contar historias. Los insertos audiovisuales que acompañan explícitamente la palabra quedan a medio camino entre la estética MTV, el entertainment pedagógico de Discovery Channel y el videoarte de Bill Viola. Estas imágenes aderezan, pero sobre todo constriñen la representación mental del espectador y los sentidos imaginables. Las sumas y restas se coreografían con la voz como en la pizarra digital de una clase de educación primaria; la banal lírica de las hojas de los árboles o los señuelos de la pesca con mosca nadando contracorriente serían atractivos en una videoinstalación, pero no funcionan dentro de una historia que abusa de la narración verbal. Esta estética sí cumple una función práctica en el Volumen I: entretener la vista y rescatar de un soporífero relato que, si no fuera por las escenas cargadas de sexo explícito sin ningún erotismo, rayaría el paradigma del tedio.

Lars von Trier inserta notas políticas que son más de lo mismo. El potente tema central de los alemanes Rammstein —desorquestado e incrustado a la fuerza— lleva como título poco accidental Führe Mich, mientras que el personaje de Selinger nos instruye sobre las diferencias entre antisionismo y antisemitismo como si no las conociéramos. El director, que había sido declarado en Cannes “persona non grata” por sus declaraciones, insiste en sus tópicos jugando a explicarse con la ambigüedad de un niño malo.

En un momento de la película, Joe grita justo antes de ser azotada por un terapeuta sádico que le recrimina: "No funciona así; normalmente mis clientes gritan después de que les pegue". Quizá Lars von Trier nos pide que no gritemos hasta después de ver su película. Pero Joe no grita después del azote –ni el espectador después de ver la película–; la voz simplemente no sale, quizá porque no haya nada que decir en esta historia.

En los créditos aparece Andrei Tarkovsky bajo la lista de agradecimientos —como si hubiera algún elemento deudor—. Mientras que el director ruso nos ofrecía ventanas abiertas desde las que mirar a lo desconocido, Lars von Trier acota marcos cerrados donde señala con el dedo para decirnos dónde mirar, cómo mirar y lo que tenemos que ver. Sólo en el último segundo apunta hacia el lado opuesto —cuando llevábamos tantas horas mirando—, pero el desenlace muestra lo que ya se veía venir.

Poner rostro al mito de la ninfomanía a través de las confesiones de una hiperactiva sexual ante un judío virgen es una idea original prometedora. Pero los sentidos que podrían haberse explorado sobre este tema se agotan en una película que responde sobre todo a las fórmulas de experimentación digital que agradarán a los fans de lo moderno. Los posibles méritos de Nymphomaniac están en la forma, que sin llegar a ser mala, peca más por pretenciosa que por explícita.

A pesar del sex appeal de la idea y del atractivo visual de algunos planos, la Nymphomaniac de Lars von Trier ni seduce con la mirada ni consigue incitar al coito intelectual.

Daniel Bataller. Máster en Teoría del Arte Contemporáneo. Artista visual. Profesor de Historia del Arte en St. Augustine College. Vive en Chicago.

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