Un teatro para el siglo XXI

Un teatro para el siglo XXI

El actor Lauro López en El Jardín, una producción del Colectivo El Pozo.

 

 

Con la pandemia afloró el globo terráqueo descarapelado. Las vacunas se repartieron primero entre los países ricos. Se multiplicó la venta de armas. Vimos que el negocio y la ganancia se hallaban detrás de las supuestas soluciones al cambio climático. Se dispararon las caravanas de migrantes desde Centroamérica, cruces de pateras en el Mediterráneo, el racismo y el clasismo en sus límites históricos, la inflación y la corrupción rampantes, los tiroteos masivos ejecutados por jóvenes contra los de su propio barrio, los feminicidios al alza, las amenazas de guerras nucleares y el bulloso tráfico de drogas.

Mafalda podría volver a decir: “paren el mundo, que me quiero bajar”.

Lo cierto es que esos y otros males son el saldo del siglo XX y la pandemia solamente los evidenció. Ilusos, creímos que al final del Covid y su cuarentena, como de milagro, los humanos íbamos a cambiar. Ahora sentimos vivir un momento de angustia. Un momento axial. 

Se requiere una mentalidad que corresponda al siglo XXI.

El teatro no puede evadirse en este momento. Es como una bisagra que va desde lo que ya no funciona hasta lo que aún está por adquirir forma. Se monta una obra de teatro porque en el escenario se miran las cosas como son. Acaso de ahí surjan nuevas propuestas de convivencia social, otras formas de ejercer la educación, la cultura y el quehacer político. 

Los rieles de Colectivo el pozo han sido la inmigración y la búsqueda de una profunda alegría. La inmigración no solamente como tema sino como una fuente de contextos. La alegría no sólo como comunión con el prójimo sino como encuentro epifánico con el silencio.

En El Pozo, desde sus inicios, nos hemos asumido como una tropa de gente que vino de otra parte. El inmigrante acepta que no sabe y, picando piedra, va aprendiendo algún oficio. Lo mismo en el teatro: hemos ido, poco a poco, aprendiendo este oficio de las tablas. Son obras de aprendices que nos parecen necesarias. 

El ser humano es lo que es porque ha migrado. Pero esa migración no deja de adquirir nuevos rasgos. La migración europea a Estados Unidos se parece y es tan distinta a la de América Latina. La literatura y el teatro están en deuda con esta migración que ha llegado atravesando el desierto del sur o surcando el mar sobre yolas y balsas, en una caja de tráiler o en el asiento de un avión. La migración que una vez establecida vive hacinada en un modesto cuarto o llega a vivir en el condominio de una torre. 

El teatro que hace El Pozo se mueve en círculos concéntricos. Nos interesan los temas que le atañen a la humanidad, pero siempre partiendo de lo local. Nos ocupamos y preocupamos por la violencia suscitada en el barrio y la ciudad, luego en el país, América Latina y la faz del globo. Asimismo, y en ese orden, nos atraen los brotes cotidianos de esperanza, las respuestas, las dudas, las certezas. Que los escenarios nos ayuden a vislumbrar la nueva era.  

Desde afuera se sigue mirando a los inmigrantes y a sus hijos como números, y nosotros con frecuencia también nos asumimos como cifras. De conocernos, mucho podríamos aportar al surgimiento de una mentalidad para el siglo XXI, por la conciencia que surge cuando nos desprendemos del terruño, por el debate continuo en torno a la identidad, por la vivencia de los entornos nuevos. Y para conocernos nada mejor que las artes, nada mejor que la reflexión que puede generar el teatro.

El dolor y la alegría del inmigrante no son exclusivos. Tampoco los de los hijos del inmigrante. Son suyos el dolor y la alegría de la humanidad toda. Solamente varían los contextos. Mal hacen los que dicen haber visto en alguna obra “asuntos de inmigrantes” y no a ellos mismos. 

Desde hace cuarenta años se nos ha hablado de una globalización, y claro que la habido, pero desde arriba, desde las élites corporativas y teniendo como único eje su ganancia. Eso en este 2022 suena a viejo y disfuncional. Todos somos partícipes en la creación de una nueva mentalidad. Al final de la larga noche corporativa, hoy es viable una globalización desde abajo. Tanto los que han dejado su lugar de origen como sus hijos han de participar moldeando el barro de esa mentalidad, la que no excluye cierto bienestar material, pero que sobre todo añora vivir la vida en su maravillosa complitud.

 


 

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