Un cuento del escritor polaco Stanislaw Jaroszek

Un cuento del escritor polaco Stanislaw Jaroszek

Un día de Rambo 

 

Ese día Rambo no se quedó en el Mcdonald’s. Se moría del frío pero no había alternativa. Debía su parte de renta y nadie quiso prestarle dinero para comprar el desayuno. El grupo de trabajadores en las afueras del Home Depot parecía mirarlo con indiferencia, como se mira a un animal herido que está por caer. Lo golpeaba el frío de la mañana. Ya eran las ocho, pero al igual que ayer no había tenido suerte. Desde las seis, las camionetas habían empezado a recoger a algunos jornaleros, pero no a él. Mientras sus compañeros se calentaban con un cafecito, el hombre decidió arriesgarse y se apostó solo enfrente de un stop sign. Sus botas se hundían en la nieve de la noche anterior. Para no sentir frío, pensó en su pueblo. Se acordaba de la fiesta de despedida, cuando salió para cruzar la frontera. Estaban sus hermanos, su madre, la prima Eli. La mamá había preparado tamales y champurrado pero él no quiso comer. Ya le ganaba la emoción de venirse al Norte. Ni se dio cuenta cuan­do a sus espaldas paró una camioneta y una voz se dirigió hacia él.

      —Hey you!

      Rambo volteó y vio la cabeza de un gringo gordo.

      —Yes.

      —You saber trabajar?

      —Yes, yes, I work good.

      —¿What’s your name?

      —My name is Tony —respondió Rambo.

      —Get in —gritó el gringo.

      De repente el hombre sintió que la suerte regresaba de nuevo. Un día de trabajo significaba comida para varios días y podría pagar los cincuenta pesos que debía de la renta. El trabajo era adentro: un bungalow viejo con paredes descarapeladas desde hacía años. Había que tumbarlas y sacar el yeso. Rambo se quitó la chaqueta y la sudadera desgastada para ponerse a trabajar. Al ver su cuerpo cuadrado, el patrón le dijo:

      —You look like Rambo.

      —Así me dicen, Rambo.

     Mientras se caían las partes de dry wall, el polvo llenaba el aire y el gordo empezó a asfixiarse.

      —Fucking shit —dijo el gringo saliendo del cuarto.

      No había calefacción pero Rambo sudaba mucho. Le gustaba trabajar duro, trabajar rápido, trabajar sin descanso… Así se olvidaba de todo el mundo. Prefería trabajar y no pensar. Creía que los que piensan mucho terminan como suicidas. Evitaba esos momentos de soledad que le llenaban la cabeza de pensamientos descontrolados.

      Pero de todos modos no podía dejar de pensar en la recesión. “Qué bueno que no tengo hijos”, se decía Rambo pensando en las familias de sus compañeros. Ahora era más pobre que cuando estaba en su pueblo: en la cartera solo llevaba la matrícula. “Lo único que tengo es la bendición de mi madre, tal vez nací para ser pobre”.

      Cuando empezaba a oscurecer, terminó la jornada y sintió el alivio del cansancio. El gringo lo llevó al mismo estacionamiento donde lo había recogido aque­lla mañana. Sacó un cheque y escribió una cifra de cien dólares.

      —Your name?

      —Check no! Efectivo señor.

      —I have no cash.

      —I working hard! You pay! —reaccionó el jornalero.

      Al ver que la situación se complicaba, el gringo sacó una placa policiaca.

      —Soy policía —dijo.

      Rambo se acercó a la placa. Decía “Chicago Police Department”. Luego sintió que el hombre le ponía un billete en la palma de su mano. Eran veinte dólares.

      —Now you go.

      Al salir de la camioneta, se le acercó La Vaca, un jornalero del estado de Guerrero.

      —¡Ay carnal! Este güey nunca paga.

      —Como son de cabrones. ¿Por qué no me dijeron?

      —Es que ya estabas arriba de la camioneta.

      Rambo le respondió con una mirada vacía. Dio media vuelta y se alejó con pasos rápidos. Por un momento se vio su cuerpo musculoso deteniéndose antes de cruzar la avenida Cicero; después se perdió en el crepúsculo del invierno.

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Stanislaw Jaroszek. Escritor polaco, escribe en español. Reside en Chicago y es autor del libro Jaleos y denuncias. El presente relato pertenece a su libro de pronta publicación De novias, esposas y de otras cosas.

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