Recordando la historia… pero más allá del 2 de octubre

Recordando la historia… pero más allá del 2 de octubre


En México, proclamar que ‘¡El ‘68 no se olvida!’ se ha convertido en un símbolo ritual que se repite año a año en numerosas marchas que conmemoran la masacre estudiantil del 2 de octubre en la Plaza de la Tres Culturas de Tlatelolco. No es mi intención aquí venir a decir que tenemos que olvidar, sino todo lo contrario. El esclarecimiento de la masacre perpetuada por el estado mexicano en este momento constituye una deuda fundamental para los todos los interesados de México. No cabe duda que también es sumamente importante continuar estudiando en profundidad el movimiento del ‘68 en todos sus aspectos. Sin embargo, esta tarea debe ser llevada a cabo críticamente y cuestionando lo que se ha convertido en un ‘discurso oficial —es decir— en una perspectiva que asume como axioma la idea de que el movimiento estudiantil siempre ha sido ‘unido’, ‘heroico’, ‘homogéneo’, ‘espontáneo’ y ‘sin memoria histórica’ que luchó contra un ‘estado monolítico’, representado en México históricamente por el ‘enemigo común’ de todos los movimiento sociales: el Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Sin lugar a duda, personajes claves del PRI financiaron una variedad de mecanismos de control —legales e ilegales— para negociar, intimidar, cooptar, y reprimir a un sinnúmero de estudiantes e intelectuales durante, antes, y después del movimiento de 1968. No obstante, el PRI realmente nunca llegó a constituir una entidad monolítica y mucho menos logró adquirir un monopolio absoluto sobre la represión política de los movimientos sociales. Hubo miembros antagónicos tanto en el seno del PRI como por fuera de él. Pero al mismo tiempo es importante recordar —aunque sea lamentosamente— que también hubieron muchos sectores conservadores del país que les brindaron su apoyo al gobierno PRIísta, entes y después, de la masacre del 2 de octubre.

En un mapa histórico mucho más amplio en el cual se pude trazar los años más conflictivos de la Guerra Fría, podemos ver que los movimiento estudiantiles del 1956, 1958, y 1966 —entre otros más (cuya importancia es frecuentemente ignorada por los historiadores)— no sólo fueron manipulados por el PRI sino también por actores influyentes de otros partidos que con el apoyo de diferentes sectores conservadores ajenos al gobierno se aprovecharon de estos distintos ‘momentos de crisis’ para tratar de establecer un control hegemónico sobre las escuelas afiliadas a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), al Instituto Politécnico Nacional (IPN), a la Escuela de Chapingo y a las Escuelas Normales (y a sus respectivas preparatorias). Al mismo tiempo también queda claro que fue a partir del movimiento Politécnico de 1956 —y no del 1968— que la juventud sería identificada cada vez más como un momento de la vida en el que la inocencia podría ser explotada por peligrosos intereses contrarios a los de México. La visibilidad de la figura del ‘estudiantado’ como colectivo se comenzó a identificar a partir de este momento como un ‘problema nacional.’ Voceros del gobierno, autoridades escolares, representantes de los medios masivos de comunicación, de la Iglesia y del sector privado, y autoridades pertenecientes a diferentes partidos políticos, temieron que en este momento de crisis nacional el joven mexicano fuera manipulado por ‘manos extrañas.’ La atención exclusiva al movimiento del 1968 —lamentablemente— ha perdido esta larga historia de vista.

Por eso la consigna ‘Un México antes y un México después de 1968’ resulta más que problemática. Se trata de una distinción cronológica que ha dominado la historiografía del movimiento estudiantil mexicano e incluso ha jugado un rol fundamental en el modo en que los historiadores piensan la cronología política del conjunto del país. Según estos estudios, la lucha por la democracia en México se comienza a desarrollar a partir del ‘68. Esta narrativa ignora todas las formas de resistencia que existieron anteriormente. De este modo se borra de un plumazo la importancia no nada más de los politécnicos en el ’56, sino también de la lucha de los estudiantes médicos en la creación de asambleas estudiantiles en 1965, la demanda de los estudiantes de provincia en la década de 1960 para que se abrieran universidades estatales, los desafíos planteados por los sectores populares que se dieron al calor de la Revolución Cubana, las nuevas nociones de liberación que articularon los estudiantes católicos a partir del Concilio Vaticano II (1962-65) y las luchas obreras por la creación de sindicatos independientes de la década de 1950.

El concepto de democracia fue vagamente articulado en los diferentes movimientos estudiantiles que se dieron antes del ‘68, pero resulta fundamental recordar que se trataron de los primeros desafíos públicos, directos y masivosen contra del estado corporativo que el PRI intentó montar. La experiencia del ’56 en el IPN, por ejemplo, llevó al estudiantado a desarrollar un lenguaje antiautoritario y pensar tácticas políticas que luego constituirían un legado político tanto para los estudiantes capitalinos como para los movimientos de provincia que a partir de la década de 1960 introdujeron la novedad organizativa de las brigadas de información que prevenían contra líderes ‘charros’ del PRI. También es importante destacar otras tácticas que el ‘56 dejaría como legado, tales como la organización de mítines relámpago en los espacios públicos de la ciudad, la ocupación de edificios como tácticas de presión, y la creación de grupos de autodefensa en contra de esquiroles y pistoleros que a finales de la década de 1960 se llegarían a conocer como ‘porros’.

Para resumir, las consignas más repetidas: ‘¡El ‘68 no se olvida!’ y ‘Un México antes y un México después del 1968’, han mitificado el movimiento de modo tal que resulta difícil percibir la actividad política y estudiantil previa. El movimiento de 1956 marca el primer desafío público y directo organizado por parte de una organización estudiantil a favor de un nuevo concepto de democracia que maduraría a lo largo de la década de 1960. Durante esa década las tensiones de la Guerra Fría aumentarían y el estudiantado se transformaría en un ‘problema nacional’ que se revela continuamente a través de este periodo. Para lidiar con este emergente problema la élite política mexicana llegó a crear nuevos mecanismos de control y mediación, como el ‘porrismo’, el uso de los granaderos, el encarcelamiento de líderes estudiantiles bajo la ley de disolución social, la infiltración de agentes secretos de la Dirección Federal de Seguridad (DFS) en las escuelas, y la consolidación del ‘charrismo estudiantil’; los mismos actos autoritarios que marcarían las principales demandas de los estudiantes durante el movimiento de 1968.

¿Pero qué distingue y cómo podemos recordar de una manera distinta en este otro aniversario del 2 de octubre al ’68? El movimiento estudiantil de 1968 representa, en mi opinión, el auge de una gran historia de activismo político que generó una marcada división entre un gobierno autoritario, fracturado y sumamente débil, por un lado, y una generación mucho más pluralista, por el otro. Las seis famosas demandas del movimiento —‘libertad a los presos políticos’, ‘derogación del Artículo 145 de disolución social’, ‘desaparición del cuerpo de granaderos’, ‘destitución del los jefes policíacos’, ‘indemnización a los familiares de los muertos y heridos’ y ‘deslindamiento de responsabilidades de los funcionarios culpables de los hechos sangrientos’— ya se habían articulado en múltiples ocasiones anteriormente. Sin embargo, los mecanismos de control que emergieron y se institucionalizaron a través de la década de 1960 —tales como los granaderos, la provocación e infiltración por parte de la DFS, y el porrismo— no pudieron ‘controlar al masivo movimiento del ‘68 y a sus bases democráticas del Comité Nacional de Huelga (CNH) que llenaron la Plaza del Zócalo en numerosas ocasiones pero que también generaron una gran preocupación en los diferentes sectores conservadores del país. Cientos de voces representantes del sector privado, de la oposición, y de los intelectuales mandaron cartas de apoyo y agradecimiento al Presidente Díaz Ordaz, antes y después de Tlatelolco, que hoy podemos leer en los archivos. El tono de voz autoritario, vigilante, y violento que tachaban a los estudiantes como ‘subversivos’, ‘mal agradecidos’, y ‘revoltosos’ nos da pausa para ver más allá del mito del ’68 que continua insistiendo erróneamente que el movimiento del ‘68 recibió un gran apoyo popular de la sociedad. Sin embargo, cabe recordar que diez días después de la masacre del 2 de octubre, México —y el mundo— se unieron para celebrar con gran entusiasmo la inauguración de las Olimpiadas.

Los reproches que ahora tanto se escuchan en contra del movimiento magistral que se han levantado en México en estos últimos años y la más reciente revuelta en el Politécnico nos hacen recordar esas voces que tanto atacaron a los estudiantes en los movimiento del ’56 y del ’68. Lamentablemente hoy —como entes— mucha gente habla de la necesidad de ‘establecer orden’ y se vuelven cada vez más numerosas las voces críticas de los actos ‘violentos’ y ‘terroristas’ de los maestros y estudiantes. Quizás lo que deberíamos de hacer en este aniversario del 2 de octubre es aprender del pasado y ver lo peligroso que puede ser dar tanto apoyo ciego y sin memoria histórica a un gobierno autoritario que no sabe reconocer a un pueblo que después de tantos años continua luchando para convertir a México en un país más democrático.

Jaime M. Pensado. Historiador; enseña en University of Notre Dame, Indiana. Es autor de Rebel Mexico: Student Unrest and Authoritarian Political Culture During the Long Sixties. 

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