Preposiciones y basketas

Preposiciones y basketas

La primera vez que leí a Jorge Luis Borges fue en un curso universitario. Era, después de Rubén Darío, el segundo autor hispanoamericano con el que me encontraba. Como me había ocurrido con Darío, a Borges sólo pude entenderlo a medias. Debido a lo absurdo de su premisa, el relato que se me había asignado me resultaba no sólo extraño sino poco probable: ¿cómo era posible volver a escribir, palabra por palabra, línea por línea, un texto ya existente? ¿cómo podría aspirar un autor francés del siglo xx a convertirse en un autor español del siglo xvii? Además de estar plagado de alusiones cultas que me resultaban del todo ajenas, el texto estaba en inglés, lo cual hizo de mi lectura una tarea doblemente ardua.

Algunos años después cuando, más por suerte que por mérito, me encontré cursando una maestría en literatura hispánica, volví a leer a Borges. Esta vez el relato en cuestión trataba un tema mucho más familiar: una historia de vaqueros. Era un cuento en el que los mexicanos dejábamos de existir por partida doble. Primero porque, en el cómputo final de las muertes atribuidas a Billy the Kid, los mexicanos ultimados no contaban; y, segundo, porque el autor incurría en lo que para mí fue un insolente acto de agresividad metafísica: nos arrancaba la x, esencia misma de la identidad mexicana y, en lugar de la insigne letra, definía nuestro gentilicio con una débil y artificial j. La x, todo mexicano lo sabe, es una manera de revindicar nuestro pasado, una manera de sentir más cerca la gloria de los códices aztecas que en nuestros libros de texto conocemos con exóticos nombres europeos. Ultraje doble, el cuento de Borges me dio vueltas en la cabeza por varios meses.

Mi indignación no tenía nada de extraño. En un texto de otra manera espléndido, Octavio Paz admite una flaqueza similar: el recelo que sentía por algunos versos de Borges le nubló el juicio cuando sostuvo su primer encuentro con el autor argentino. Herido en su orgullo patriótico, Paz no lograba perdonarle a Borges el encomio que había hecho de los defensores de El Álamo.

Las fechorías de Bill Harrigan en contra de mis distantes paisanos me causaron un agravio que tenía tanto de ficción como de verdad. Ficticia era la manera en la que, al sentirse ninguneado, mi espíritu se henchía, se extendía y solidarizaba con aquellos muertos sin nombre. Asimismo, su anonimato implicaba una verdad inapelable. El relato de Borges no podía ser más atinado: en Estados Unidos el mexicano es un fantasma. Como después descubriría en la obra de Juan Rulfo, éramos seres insustanciales: de las polvaredas del “Wild West” nos transmutábamos y aparecíamos luego hurgando entre las sombras de los enormes rascacielos del Medio Oeste. Nuestra transmigración atravesaba tiempo y espacio, mas dicho desplazamiento no se traducía en avance ontológico alguno. Formábamos parte innegable de la narrativa estadounidense. De una forma u otra estábamos presentes en su mitología. Ante el firme avance de su destino manifiesto, no habíamos sido más que una molesta piedrita en las botas de sus próceres. Nuestra respuesta al expansionismo militar estadounidense fue lenta y escurridiza pero eficaz y contundente: llegamos vueltos un ejército de sombras que ahora pulula desde las lluviosas orillas de Seattle hasta los más hostiles rincones del profundo sur.

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Circula por aquí una anécdota en la que, irritado por el uso incorrecto de cierta preposición, Carlos Monsiváis interrumpió la conversación de un aspirante a escritor de Chicago. Consternado por el deterioro del español en estos lares, Monsiváis dictaminó que había que volver a leer a los clásicos, asimilar la sintaxis, fortalecer el vocabulario, pero sobre todo prestar atención al uso adecuado de las preposiciones, en cuyo descuido podía vislumbrar el gradual desmoronamiento de toda una civilización.

No es ningún misterio que, al abandonar nuestro hogar, lo primero que dejamos atrás es el uso “estándar” del idioma. Al atravesar la frontera, la lengua se metamorfosea y comienza a dar giros insólitos. Oscura caverna donde palabras una vez distantes colisionan y se fusionan, la garganta se vuelve laboratorio idóneo desde donde nuevos vocablos saludan a un mundo que los escucha con desconfianza. El spanglish, tímida identidad del inmigrante, no deja de ser tema de disgusto u oportunismo para nuestros intelectuales: Monsiváis lo detestaba pero Ilan Stavans ha sabido hacer de él toda una carrera.

¿Pero el inmigrante? Para el inmigrante, que no es ni intelectual ni académico, sino desplazado económico, el spanglish no representa las primeras señales del cataclismo por venir; tampoco es fenómeno estético. Para él, el spanglish es un recurso, una respuesta darwiniana a su nueva situación y entorno. Sobre todo para el indocumentado. Adoptar el vernáculo de su nuevo hogar es uno de sus primeros actos de supervivencia. El pronto dominio de dicho dialecto lo mantiene en pie en las tierras movedizas sobre las que ha aterrizado. Proveniente de un ámbito mestizo, el inmigrante no tiene reparo alguno en hacer suya la cópula lingüística en la cual se ve inmerso.

La complejidad del dialecto es tan amplia como lo son el número de ocupaciones por las que el inmigrante desfila. El mecánico consigue partes en el “yonke” (junkyard, o deshuesadero), arregla las “brecas” (breaks, o frenos), o le recomienda al cliente que verifique con su “aseguranza” (insurance, o seguros) si ésta cubre ciertos gastos. En una fábrica donde trabajé aprendí palabras como “quebrada” (por break o descanso), “ponchar” (por punch in, o checar tarjeta), “overtaim” (por overtime, o tiempo extra), léirof (por layoff, o despido). Los vocablos pueden variar incluso en ocupaciones del mismo gremio. En una pizzería me desempeñé haciendo “deliberis” (por deliveries, o entregas a domicilio) y a computar las “taxas” (por taxes o impuestos) al final de mi turno. En un restaurante mexicano donde laboré por más de diez años aprendí a “mapear” (to mop, o trapear), a “serapear” (to set up, o poner la mesa). A pesar de que ambos restaurantes coincidían en el uso de ciertos términos como “carpeta” (carpet, o alfombra) o basboi (busboy, o garrotero), los paisanos italianizados habían logrado mantener la integridad de la palabra “canasta”, mientras en el restaurante mexicano se me instruyó desde el primer día que los “chips” (totopos) se sirven en una “basketa”.

 Ruben Dario

Poco, si algo, puede lograrse en el estudio de la literatura con el pintoresco lenguaje del mojado. A los treinta años de edad, habiendo apenas iniciado mi maestría, me di cuenta de una peculiar paradoja: mi capacidad para analizar textos en inglés era muy superior a la que poseía en español, pero sólo en escrito. La celeste sombra de Darío me acechaba todavía. Ahora comprendía por qué las hojas de Azul… me habían resultado tan herméticas diez años antes: la jerga cifrada de ese libro y mi lenguaje cotidiano pertenecían a universos excluyentes. El libro en cuestión, seminal de todo un movimiento literario, requería poseer un lenguaje sólido y un considerable bagaje cultural, y yo lo había abordado con el vocabulario de un niño de trece años y sin más cultura que el imperio de penumbras en el que me iba iniciando.

Ahora, al tratar de internarme en el estudio de la literatura, me daba cuenta también de que los años que había dedicado al estudio del inglés habían sido asimismo años de negligencia respecto a mi idioma natal. Una de mis grandes vanidades había sido creer que me desenvolvía libremente en dos idiomas. Pero la verdad es que lo hacía sólo a medias. Debido a que aprendí inglés ya de adulto, mi pronunciación del mismo era en ocasiones atroz. Como una culebra tanteando su entorno, al entrar en contacto con otros, una lengua partida en dos salía de mi boca.

Más que arduo, mi regreso al español fue penoso. En un momento me había imaginado que mi re-aculturación en español sería más bien cuestión de trámite. Entregar mis ensayos a tiempo bastaría para restaurar mi soltura y alcanzar, de manera mágica, una elocuencia que nunca había poseído. Pero, al relacionarme con mis compañeros, el deterioro de mi lenguaje y la pobreza de mi vocabulario se volvieron evidentes. Eran todos jóvenes latinoamericanos y españoles cuyas lenguas jamás habían sido laceradas por el garfio de la migración. En los seminarios, en lugar de exponer mis ideas de manera directa y clara como lo hacían ellos, tartamudeaba, emitía pensamientos truncados, confundía unas palabras por otras. Después volteaba y descubría en sus rostros una mirada perpleja, pero nunca persuadida. ¿Y cómo habrían de estarlo? Mi arenga carecía de coherencia y mis conclusiones no convencían a nadie, comenzando conmigo mismo. Por fortuna, nunca faltaba la intervención providencial del profesor en turno para esclarecer el tema y sacarme de mi enredo. Mi inseguridad era tal que incluso las alusiones distantes y dirigidas a otros me resultaban humillantes y agraviosas. Una vez escuché a alguien decir que ciertos estudiantes deberían de pensarlo dos veces antes de cursar estudios de posgrado en literatura. Y yo, naturalmente, interpretaba comentarios como este como un sutil ataque en mi contra.

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Si bien mi lenguaje hablado dejaba mucho que desear, el diálogo que eventualmente entablaría con los libros sería muy distinto. Al principio, mi incapacidad para distinguir entre ficción y realidad había nublado mi juicio y me había dejado con una sensación de escepticismo y ninguneo después de leer los dos primeros cuentos de Borges anteriormente referidos. Mas, conforme fui adentrándome en su obra, comencé a descubrir cosas, detalles que no había alcanzado a percibir en mi primera y apresurada lectura. Releí el cuento sobre Billy the Kid y descubrí que, si bien el “mejicano” no encontraba simpatía en su corazón, éste se rendía ante el rasgueo de sus guitarras y el canto de sus sirenas. También me di cuenta de que, herido de muerte, el intrépido vaquero no agonizaba de manera estoica ni emitía sentencias valerosas, sino que, irónicamente, moría mentando madres, como buen mexicano.

Gradualmente Borges se fue convirtiendo en mi escritor de cabecera. Venía yo de cursar estudios en filosofía, es decir, de un ámbito exclusivamente anglosajón donde el dictamen de Billy the Kid respecto a los mexicanos se extendía a todo el mundo hispano, pues ahí no figuraban ni el idioma español ni el pensamiento hispanoamericano. Venía también confuso. Había concluido exitosamente mis estudios de filosofía sin tener más que una noción vaga de sus principios. La idea central de algunos tratados filosóficos, que trabajosamente había estudiado en gruesos volúmenes, ahora la encontraba expuesta en Borges de manera clara y concisa. En unas cuantas líneas Borges podía explicar, por ejemplo, los elaborados argumentos de un Leibniz o de un Spinoza. En otras ocasiones, y con un finísimo humor, Borges dejaba entrever la falacia de otros sistemas que a su parecer eran muchos más inverosímiles.

Mi lectura de Borges se convirtió en un semillero de alegres ironías: aclaró lo oscuro, me liberó de los laberintos de la filosofía para recluirme en los de la imaginación, vituperó al mexicano y luego lo exaltó.

Quizá haya sido esta peculiar lectura lo que hizo de Borges uno de mis autores predilectos en mi incursión en la literatura latinoamericana. Conforme más me familiarizaba con su obra, más revindicado me sentía. La afinidad que Borges expresaba por México comenzó a conferirle a mí país una idea mítica que yo ignoraba. Leí, por ejemplo, que los nopales aterran el desierto, que el sabor de la chía puede ser inquietante, leí, casi en éxtasis, que en las oscuras manchas del jaguar se resguardan los misterios más íntimos de la creación, leí que México tenía una ilustre pléyade de escritores (desconocidos para mí entonces) y que Borges consideraba a uno de ellos el mejor prosista en la historia del español y, ya en un estado de euforia, leí que Borges se sentía oriundo de un tétrico pueblo ficticio que la geografía de ultratumba ubicaba a unas horas de mi ciudad natal. Mi enajenación fue tal que incluso la mera mención de la Calle México, en Buenos Aires, donde el monstruoso Libro de Arena reposa al acecho, me produjo escalofrío y orgullo a la vez.

Por fortuna esta etapa de flagrante chovinismo pronto quedó atrás, como atrás había quedado también el ninguneo al que el autor argentino me había sometido. Y así, entre la indignación y el pasmo, descubrí en Borges el más feliz acontecimiento de mi vida como lector, y me di cuenta de que nunca me había atrevido a soñar tanto, y nunca antes había sentido el imperio de los sueños tan cercano, nunca tan mío. Extraviado entre fantásticos laberintos urdidos en mi propia lengua, experimenté la plenitud y la nada. Borges me regaló el español y, en él, el infinito.

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José Ángel N. Escritor mexicano radicado en Chicago. Su libro Illegal: Reflections of an Undocumented Immigrant aparecerá en febrero bajo el sello University of Illinois Press. 

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