Ni perdón ni olvido: 2 de octubre no se olvida

Ni perdón ni olvido: 2 de octubre no se olvida

A 46 años de la matanza de Tlatelolco —el parte aguas en la vida nacional de México— se rememora a una generación que fue sacrificada. Y en días pasados, uno de los dirigentes del politécnico, Raúl Álvarez Garín, falleció. Partió a acompañar al Búho y a la Tita, protagonistas del movimiento estudiantil que cambió el rostro de México. Comparto con ustedes una reflexión, como protagonista de ese movimiento que marcó mi vida.

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En la mañana del 3 de Octubre fuimos a la Universidad para reencontrarnos con los compañeros, llegué a la explanada y me dio alegría volver a ver a los compañeros: La Tita, Roberta Avendaño Martínez —representante del Comité de Lucha de Derecho ante el Consejo Nacional de Huelga—, Paco Gordillo, Ana Ignacia Rodríguez Marques.

Estábamos en la explanada entre derecho y filosofía, y nos dirigíamos a la explanada de rectoría. Era indescifrable la gran oportunidad de volvernos a ver, un día después de la horrible y sangrientanoche de Tlatelolco: el 2 de octubre de 1968. Estábamos ahí con la idea de reorganizarnos, de cómo seguir con el movimiento… Alguien llegó y dijo que el Ejército venía para Ciudad Universitaria, quizás fue un borrego el que lo dijo. Ahora sí le dimos importancia y no permanecimos como el 18 de Septiembre de 1968, en que aún sabiendo que venía el Ejército decidimos quedarnos en el campus universitario para enfrentar la lucha hasta las últimas consecuencias.

Salimos por donde se pudo y sin pensar en lo qué sucedería con el movimiento y con nosotros. Las olimpiadas arrancarían el 12 de octubre y entretanto deberíamos andar a salto de mata ya que la Policía Federal de Seguridad tenía vigiladas nuestras casas. Y después de lo ocurrido el día anterior, no se contaba con seguridad alguna. Los líderes del Consejo Nacional que estaban en libertad corrían peligro de perder la libertad o, incluso, sus vidas.

El 2 de octubre en la mañana ya sabíamos que al mediodía en la Casa de Lago de la Universidad Nacional Autónoma de México, Caso y de la Vega representantes del Presidente Díaz Ordaz se reunirían con algunos representantes del Consejo Nacional de Huelga. Pretendían buscar algunos acuerdos para detener la represión y garantizar que no se afectaran los juegos olímpicos.

Durante el transcurrir de la mañana del 2 de Octubre sentí tenso el ambiente, muy tenso se sentía la ciudad. Me encontré con algunos amigos en la colonia Santa María. Andábamos de bajo perfil porque en esos días ver a jóvenes juntos levantaba sospechas ante los ojos de la autoridad.

Ya después de comer tortas,como a las tres de la tarde, me dirigí a la Plaza de Tlatelolco, donde se habían levantado los edificios habitacionales —del periodo de la Alianza por El Progreso—,la pirámide y la iglesia de Santiago Tlatelolco.

De distintos puntos de la plaza llegábamos los estudiantes, con la sorpresa de que había un cerco militar y de granaderos observando. El plan según se nos había informado era marchar de la Plaza hacia el casco de Santo Tomas. Era claro que no permitirán que después del mitín del día anterior saliéramos a ninguna parte.

En los días previos al 2 de octubre rociaron con metralla la Vocacional 7. Se dice que fueron los agentes de la Policía Federal de Seguridad y los grupos paramilitares, que se había formados durante el gobierno de Díaz Ordaz; el General Corona del Rosal, jefe del departamento del Distrito Federal y Luis Echeverría, Secretario de Gobernación.

El mero 2 de octubre asistimos a la Plaza de Tlatelolco como 5 mil personas. Nos disponíamos a escuchar a los oradores que seguramente nos informarían sobre las conversaciones con el gobierno y los siguientes pasos que daría el movimiento.

Los oradores estaban apostados en el segundo piso del edificio Chihuahua. De pronto se empezó a sentir una llovizna y eso sirvió para que se enfriara un poco el ambiente. La tensión que creaban la presencia de los soldados y granaderos se incrementaba. Parecía que cerraban el cerco como si se tratara de una emboscada.

Ahora que lo pienso 46 años después, recuerdo que un presentimiento trágico me invadió ese día y empecé a buscar la salida del mitin y me le pegué a otros que hacían lo mismo. No solo nos amedrentaba la presencia de los soldados sino que también lo hacía el helicóptero que volaba la zona. Mientras apresurado buscaba la salida, las luces de bengala comenzaron a caer sobre la plaza e inmediatamente comenzaron los disparos.

Caminé y corrí con varios compañeros hacia el Paseo de la Reforma. Algo terrible estaba sucediendo y no sabía exactamente las dimensiones de lo que ocurría. Ya eran como las 6:30 de la tarde y me mantenía confundido por lo que había ocurrido. La gente ya se había enterado que habían masacrado a los estudiantes. No sabía adónde ir y fui a casa. Esperaba con ansia 24 horas con Jacobo Zabludoski. Esperé ansiosamente que se dijera algo sobre lo acontecido, pero minimizó los hechos, como si nada hubiera ocurrido.

Ya en la mañana corrí a los puestos de periódicos para ver qué reportaban los periódicos. Compré El Día, de Enrique Ramírez y Ramírez, y Excélsior, de Julio Sherer García. Ambos reportaron lo ocurrido como un ataque del ejército contra la multitud. El Sol de México y otros culparon a los estudiantes por el tiroteo y los muertos de la noche de Tlatelolco.

El General Hernández Toledo resultó herido y los reflectores de la prensa lambiscona se enfocaron banalmente en el militar lastimado; mientras tanto, en la plaza de Tlatelolco quedaba zapatos y sangre como una verdadera plaza de sacrificios.

Los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga detenidos por el batallón Olimpia fueron llevados al Campo militar Número Uno. Ahí fueron torturados y, posteriormente, encarcelados, acusados de una larga lista de delitos inimaginables...

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Carlos Arango. Director ejecutivo de Casa Aztlán, en Chicago.

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