Impresiones de un recuerdo que alumbra en la penumbra del presente…

Impresiones de un recuerdo que alumbra en la penumbra del presente…

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Recuerdo, recordamos.

Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca

sobre tantas conciencias mancilladas,

sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,

sobre el rostro amparado tras la máscara.

Recuerdo, recordemos

Hasta que la justicia se siente entre nosotros.

        Rosario Castellanos, Memorial de Tlatelolco

 

I

Salir a la calle; leer los titulares del collage periodístico; alienarte a las nuevas tarifas; tropezar con anuncios confusos, tramposos; hacerte el muerto en vida; ser un extremo del cordón que en lugar de vincular se hace nudos reflejando al otro como hostilidad; chocar con el hecho de que del suelo brotan, gratuitamente, miles y miles y miles de fuerzas policiales; preguntarte si otros cuerpos se preguntan o si tú te preguntas las cuestiones precisas para dar un giro al mundo legitimado; asomarte a los contornos de las sombras esperando encontrar una respuesta a aquello que te callas, que se callan; sentarte en la noche, escarbar en la tierra, en el lenguaje y en su relación con las acciones; tentar con la esperanza de lo sólido y sentir sólo lo líquido; repetir la certeza de la doble negación: no hay ninguna lámpara cerca. En resumidas cuentas basta con ser yo —encapsulamiento moderno que se disemina— para evocar a modo de letanía que resistir es la palabra. Y quedarte a solas entre la multitud que grita consignas; contemplar cómo asciende un ave entre cascos, escudos y pancartas —“¡libertad, libertad, libertad, libertad…!”— y de pronto hundirte en un exceso de realidades cuando escuchas una pregunta que viene desde abajo, una vocecita haciéndose sitio, tomando la mano que la vinculó con el mundo: “mamá, ¿somos libres?” Responder con las entrañas que resistir es la palabra. Sentir los contrastes, sentirlos en la epidermis, en los tejidos, en los huesos; comparar en términos numéricos, en términos de organización y en términos de fuerza; observar con desconcierto la impasibilidad de los policías, pensar en las estrategias militares, en la objetivación y en el papel de la violencia; desear la locura, lo absurdo, la iluminación de alguna alternativa, la presencia de la creatividad: marchar hacia atrás, dar vueltas en un solo espacio, saltar, desconcertar y crear; luego el quebranto externo e interno: confusión general ante el bloqueo policiaco, puertas antagónicas, pasos de acá para allá, la puesta en duda de la unidad, de la organización y de la autocrítica. Mas algo hay de insistencia: resistir, esa es la palabra.

Enterarte: el destino era el Zócalo pero te permitirán llegar solamente al Hemiciclo a Juárez. Y unirte a la aceptación unánime de la condición, ¿por qué? No lo sabes, pero te unes, nos unimos: andar a paso lento, leer las pancartas, repetir las consignas, repetir los silencios; preguntarte quién legitima el bien y el mal, la violencia y la paz; oír una y otra vez “¡que lo vengan a ver, que lo vengan a ver, ese no es presidente es una puta de cabaret!”; y te vuelves náusea, duda; intuyes que uno de los pasos primordiales es solidarizarse con otros movimientos desde el lenguaje; anhelas la presencia de Juan Cariño, quieres tener en tus manos la novela de Garro, abrirla en una suerte de ritual que traiga a Juan para que depure las violencias que se mezclan con las palabras; pero despiertas, recuerdas la ambigüedad, tomas en cuenta las raíces, las cadenas de nuestra historia cultural hecha palabras, imaginas que los significados tienen forma espiral y callas, guardas silencio para otorgar espacio al reflejo del fundamento de la ética. Después te interrogas de dónde surge el sutil choque entre formas de resistir y de luchar, más aún, te carcome la pregunta por la utopía, por la acción y por los caminos idóneos, lo comprendes, sí, ¡cuán poco hemos andado esos caminos!

Y va cayendo la noche con el mismo peso que la cercanía del Hemiciclo: ¿se va a acabar el juego?, ¿habremos resistido lo suficiente? Resistir, esa es la palabra, pero… Mueves la cabeza, sabes que esa noche la ciudad ha parido una protesta muerta; recuerdas el sueño de la madrugada anterior, vislumbras las palabras que repetías una y otra vez desde la grieta que otorga doble vista a lo onírico y a la vigilia: “los límites no son las consecuencias”. ¿Los límites de la lucha?, ¿lanzarse sin pensar en las consecuencias?, ¿sin tomar en consideración que ante el panorama de criminalización se juega —¿en el peor de los casos?— la vida? ¡Quieres seguir creyéndolo: resistir, esa es la palabra!

Se ha acabado. ¿Quién toma el megáfono?, ¿acaso el mismo que pidió al inicio de la manifestación que las mujeres se ubicaran enfrente? Suponiendo, naturalmente, que somos el símbolo de la paz y del respeto, estimando que las fuerzas policiacas no se atreverían a ejercer violencia contra las mujeres, cuando previo a la luz verde dada por los granaderos para otorgar paso a los manifestantes, uno de ellos agredió a una compañera que lo grabó. Curioso. Te detienes, escuchas: democracia, acuerdos, asambleas, continuar con las acciones directas, no violencia, no de esa violencia que ha satanizado el Estado. Y crece una voz: “¡zócalo, zócalo, zócalo…!” Pasan quince, veinte, treinta minutos; la supuesta unidad se ha disgregado, unos deciden ir hacia el zócalo, otros eligen la continuación del discurso; cada grupo convocando a votaciones, poniendo en tela de juicio, de forma indirecta, la posibilidad de la democracia. Y volteas para captar superficialmente la totalidad de la situación, y sabes que sí, que hay que seguir, y que sí, que te lo van a impedir, que sí, que esto no es algo acabado, que esto es búsqueda, que esto es experimentación, pero sobre todo sabes que es menester tomar como base la unidad, y si ésta no se logra, ¿qué resultado, qué continuidad tendrá una lucha?...

Tomas asiento, le haces compañía a la contradicción. A tus espaldas un edificio, en la terraza de éste un bar con música y celebración. Frente a ti agrupaciones aisladas, en tensión, ahora los compañeros que están en contra de la violencia se toman de las manos y les impiden el paso a los que pretenden seguir. Llueven palabras, islas de un mismo mar, perspectivas verosímiles e inverosímiles a la vez. Oyes el trueno: “¡son libres, el que quiera ir que vaya!” ¿La libertad? Camiones de granaderos cerrando la calle. Toda la Avenida Juárez guiñando destellos, flashazos. La noche sigue inundando el ambiente metafórica y literalmente hablando.

Se ha acabado, por esa noche ha sido todo. Te sientas de nuevo, reposas la cabeza pesada en el respaldo de una banca; la gente pasa, escupe: “ya que se pongan a trabajar”, “ojalá que terminen con toda esa bola de parásitos”, “huevones revoltosos, ¿qué van a resolver marchando?” Y tú recuerdas, sientes las navajas del presente, del pasado y del futuro fragmentándote la garganta, cristalizándote los ojos, mordiéndote los pies.

Buscar huir de ti, correr en ti, saltar los muros en ti; sacas tu cuaderno y escribes, hablas sobre lo vivido aquella tarde en la que tuviste alguna idea de la referencia zapatista a la intuición.

 

¡Un ser de oficios! —respondían sus manos a los ojos que cuestionaban a aquella síntesis de doce años. Él no pertenecía a las escuelas ni a las cárceles, sinónimos al fin y al cabo; su institución era el metro y su norma el desborde de las masas. ¿Su doctrina? Un trapo deshilado que observaba mientras devenía en agüita y suspiros, intuyendo memorias y olvidos, marañas históricas y accidentes determinantes. Su tiempo era aquel tiempo que ronda en los funerales, que acaricia a los cuerpos fríos dados a la putrefacción; así marchaban las manecillas fúnebres entre suelos y calzados, y él, como todo cuerpo grisáceo que ha parido la repetición, se sentía como gárgola imperturbable, o más bien así lo exigió la necesidad: sabía de la anulación de la existencia, de pisotones, de olores, de…

Hablaba con la mirada, pero eso día, curiosamente, hubo mucho en él de silencio.

Serían las cinco de la tarde. Unos zapatos negros respondieron con agradecimiento al brillo, sus ojos ascendían lentamente mientras la anciana hurgaba en su monedero, poco a poco advirtió el traje púrpura, la bolsa adornada con lentejuelas, el testimonio de los años. Sobrevino una sonrisa sarcástica, ahí estaba la paga: ¡200 pesos!

Rafael entreabrió los labios sin poder emitir siquiera un sonido, ¡pero cómo gritaban sus ojos, cómo brillaban, cómo iban y venían jugueteando en medio de esperanzas, sueños, preguntas, tiempos nuevos. Dejó de ser serpiente entre depredadores y se transformó en pasmo: se levantó, dio un giro y observó a la anciana. Se quedó fijo en ese instante, en las memorias, en las conversaciones que contarían lo acontecido. Mas empezó a notar el olor a flores de cempazuchitl, escuchó los murmullos de las plañideras, los pasos del tiempo de las sombras, de los muertos, y paulatinamente se fue desmoronando en una nube de humo y polvo. Qué más daba el arrebato del billete cuando sintió que la palabra dignidad —latente y sospechada— le clavaba sus aguijones en toda la carne.

—Pendejo, ¿creíste que te lo iba a regalar? ¡Haz algo de provecho! 

Por vez primera bajó del tren antes de llegar a la última estación. Quedaba el hastío, la sorpresa ante lo ambiguamente humano, ¿por qué?, ¿por qué no estrella, anillo saturnino o silencio armonioso del universo?

 

Suspiras. Qué sería de ti sin la escritura, paliativo para la angustia y el vértigo de la existencia. Alzas los párpados: siguen los grupos dispersos, los diálogos quebrantados. Cuántas preguntas, cuántas. Llegas al punto: ¿por qué concluyó de ese modo la manifestación?, ¿por qué esa antesala a la pronta criminalización de la libertad individual? Lo tomas en cuenta sin perder de vista que no debes detenerte en esa idea: repudio total a la represión ejercida. Y sabes que hay algo en común entre Rafael, la manifestación disgregada y la rememoración de la lucha zapatista. No es un laberinto, tu memoria lo sabe, se acerca la conmemoración de la declaración de guerra por la paz emitida por el EZLN, de inmediato te preguntas qué hemos retomado de su legado, y si la respuesta es negativa, surge el cuestionamiento relacionado con la historia de Rafael: ¿no presenciamos, vivimos y encarnamos diariamente hechos que son fuente de intuición respecto a la injusticia, el abuso de autoridad y la avidez de poder?

Aún lo sientes: la resistencia zapatista ha sido una de las más auténticas en la historia de nuestro país; quebranto del paradigma academicista, clasista y racista; esperanza de movimiento; testimonio y fuerza de una cosmovisión, del lenguaje como poesía, como resistencia y plataforma de lucha, como punto de partida de una búsqueda congruente que se sabe indagación y por ende constancia, disciplina, reivindicación libertaria en acto y palabra. Y lo dices de nuevo: resistir, esa es la palabra —insignia hermana de la autonomía y de la libertad. Vuelves a las preguntas: ¿qué hemos tomado del legado zapatista?

Te quedas pensando: un asunto es lo indudable del legado y otro la reapropiación a través de dos décadas de su existencia. No hay duda: el EZLN nos ha enseñado que otro mundo es posible, que otros mundos son posibles. Recuerdas la metáfora de los caracoles, el desconocimiento del principio y del fin relacionado con la lucha interminable, y te persuaden, contemplas desde lejos, en el camino del recuerdo, la encarnación de sus planteamientos, de sus alternativas. Comprendes que la disciplina y la continuidad son piezas claves de la lucha y de la resistencia, te das cuenta de que son ejemplo de comunidad, solidaridad y combate. Evocas sus miradas, la suposición de sus vidas, y te preguntas cómo dejaron el miedo aparte; piensas en los enfrentamientos con el ejército y con otras fuentes indirectas de violencia y represión, recuerdas lo que sentiste al leer las declaraciones de la Selva Lacandona y se hace presente en tu carne la emoción, todo eso inefable que nos otorga la reivindicación libertaria, mas sobre todo consideras la fuerza de su unidad.

Pero entonces vuelves a la inmediatez de la situación: grupos dispersos, permisión de sexismo, predisposición ante el diálogo, falta de unidad y de organización; sin embargo no dejas de reconocer la importancia de las acciones directas, la voluntad de compromiso y la inconformidad; mas qué ves, qué oyes: rostros y frases antagónicas. Y te quedas reflexionando en quién se compromete y cómo…

Es cierto, nos une una misma causa, ¿pero por qué no logramos la unidad?, ¿por qué cada movimiento hace su lucha separadamente?, ¿cómo disciplinarnos, cómo darle continuidad a las resistencias?, ¿cómo dejar las distinciones generacionales que equivalen a segregar a ciertos grupos de la responsabilidad política?, ¿cómo resarcir el escepticismo general respecto a las palabras? (Nótese en cuáles planos opera dicho escepticismo y en cuáles no), ¿cómo deshacernos de la idea que señala que la política es asunto ajeno a la población?, ¿cómo contrarrestar las consecuencias de dicha idea?, ¿hemos elegido escuchar a las y los zapatistas?, ¿hemos extendido su legado a nuestras cotidianeidades?, ¿hemos construido una conciencia revolucionaria?

… quién se compromete y cómo. ¡Y no pierdes la esperanza de que resistir es la palabra!

 

 

II

¿Hacemos apología del futuro y honores del pasado? A propósito de la conmemoración del EZLN, empecemos por aprender a escuchar, a no olvidar, a preguntar, a buscar; a detenernos en los sentidos de las palabras para aprópianoslas y hacerlas compañeras de acciones reivindicadoras; a construir una conciencia ética, política, revolucionaria y de resistencia para dar paso a la unidad, conformando así un movimiento autocrítico, creativo y común en el sentido etimológico del término.

Harto se ha hablado de libertad, ¿por qué no escuchar lo que de ella cuentan las y los zapatistas que han andado los caminos de la resistencia? No habitan una palabra muerta, le han dado vida. Y nosotros, ¿qué somos si no sombras?

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Brenda Bautista. Estudiante de filosofía en la UNAM. Colaboró en la publicación del libro sobre la escultura de Piloto.

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