Despedida al poeta argentino Juan Gelman

Despedida al poeta argentino Juan Gelman

Leer a Gelman: acto de afirmación poética

Un mínimo consuelo ante la pérdida de grandes escritores es que, en esta era de ubicuidad mediática y famas instantáneas, la noticia de su muerte ayudará por lo menos a que su obra sea leída; que tanto panegírico, que la hipérbole melosa y la honesta evocación logren quizás acicatear la curiosidad de quien no ha leído la obra.

Juan Gelman fue uno de esos raros casos en que la estatura moral, la postura ética y la calidad literaria se amalgaman con fortuna. En su poesía el dolor no es solamente una cualidad metafísica inherente al estar vivo —como el gozo, también presente en sus versos—, sino que es también dolor histórico, fechable, rastreable, un ejemplo de cómo las intervenciones políticas repercuten en el destino individual. Y un ejemplo de dignidad, un acto de confianza en el poder de la palabra como respuesta vital.

Con Gelman vemos la desaparición del México que fuera refugio de intelectuales y escritores, donde gente como Cardoza y Aragón, Monterroso, Mutis o García Márquez —por no remontarme a los poetas, editores y artistas gráficos de la Guerra Civil Española— podrían continuar su obra en paz. Ante la rápida demolición del estado de derecho en el país que lo acogió, leer a Gelman es un acto de afirmación poética frente a la barbarie.

Lucrecio de la Fuente. Poeta y periodista. Radica en Chicago.

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A Juan Gelman


los poetas no se van
a ningún lado
no se van nunca
se quedan y crecen 
como el virus más hermoso

tampoco se callan
porque su voz
no es de ellos
es de los que quedan
y para callarla
nos tendrían que callar a todos

por eso Gelman ni se va ni se calla
porque acá seguimos

todos

habitando su mundo
con la ternura instalada
en el costado más izquierdo 
de los ríos
orilla tibia
donde a veces 
los poetas 
se sientan a descansar

Claudio Palomares Salas. Escritor, músico y académico. Profesor visitante en la Universidad de Trent, Canadá. Autor de la novela El lugar más triste para soñar (Lugar Común Editorial, 2013).

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Epitafio

Nada hay tan poderoso y tan libre como la palabra. La palabra tira por tierra a los violentos y derrota a los fuertes. La palabra es un arma invencible.

Gabriel Celaya



“Ha muerto el hacedor de mundos”. “Ya se nos fue”, me han dicho los amigos. Desde ayer no paran de llegar correos electrónicos y llamadas telefónicas. El hada cibernética conspira para que la noticia nos invada como la lluvia regando la pampa húmeda. “Ya se nos fue”, me han dicho los amigos, pero yo sé que no, que no se ha ido, que no se nos irá nunca. Aquí estará con su ‘Violín’ y su ‘Emperrado corazón que amora’, aquí estará con sus ‘Interrupciones’ al ‘Juego en que andamos’, con sus ‘Anunciaciones’ de ‘Atrásalante en su porfía’ para que nunca olvidemos mirar ‘Hacia el sur’, con mirada de ‘Si dulcemente’. Aquí estará su palabra, arma contra la intolerancia, contra la desmemoria, contra los abusos del poder. Aquí estará su palabra que leeremos en voz alta o en un hilo de voz recuperando la flor, la primavera, las manos juntas, lo feliz. Aquí se queda el hacedor de mundos. Aquí se queda Juan Gelman. Ya nos lo había avisado en las palabras del epitafio para sí mismo:

Un pájaro vivía en mí.
Una flor viajaba en mi sangre.
Mi corazón era un violín.

Quise o no quise. Pero a veces
me quisieron. También a mí
me alegraban: la primavera,
las manos juntas, lo feliz.

¡Digo que el hombre debe serlo!

Aquí yace un pájaro.
Una flor.
Un violín.

Juana Iris Goergen (Puerto Rico). Poeta. Profesora de Literatura Latinoamericana en la Universidad San Vicente DePaul en Chicago. Es autora de los poemarios Nosotros los otros (1996) Between the Heart and the Land/Entre el corazón y la tierra (2001), y Generación (2001), entre otros.

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Gelman nunca se declaró vencido

A esta hora ya todos saben que Juan Gelman, quizás uno de los últimos hombres sagrados de las letras hispanas, se ha ido dejándonos algunas de las mejores letras que se han escrito en nuestra lengua. Abundarán los recuerdos, las anécdotas, la lectura de sus escritos que derramarán un poco de esa gloria tardía, que regalamos a los que ya no están con nosotros. Esta nota no es para decirles quien fue Juan Gelman. Si quieren saber de él lean su biografía. Sus poemas. Sus artículos periodísticos. Allí se enterarán del Premio Cervantes, que vivía en México, que le secuestraron y mataron a su hijo y a su nuera durante la dictadura argentina de la década de 1970. Lo que quiero decir sobre él, es que a pesar del convivir con el horror de la pérdida humana, y de la violencia impuesta por los matones de turno, a Juan Gelmán nunca lo vencieron.

Aún recuerdo su rostro a través de la televisión, un tanto demacrado por la tensión y las memorias, cuando le confirmaron la noticia de que su nieta, nacida en cautiverio y entregada en adopción a una familia de simpatizantes del gobierno militar uruguayo, estaba viva, y que pudo verla en persona y decirle quiénes eran sus verdaderos padres y que él, ese anciano militante, poeta, exiliado, era su abuelo paterno.

Aquella vez sus palabras fueron escuetas. No hubo sonrisas en su cara, sino una tensa serenidad. No hubo frases célebres ni memorables recitales poéticos. Apenas un rostro austero de expresiones, pero con esperanza. Esa esperanza que no quita los tragos amargos, ni calma la agonía de la muerte lenta de la incertidumbre, pero que al menos, es una esperanza que trajo a los últimos años del poeta, la verdad profunda e irresistible de que la vida continúa. Que a pesar de la muerte hay una luz que brilla en la sangre que dejamos esparcida en el campo de la vida. ¿Acaso no es eso lo que buscan los poetas cuando escriben? ¿Encontrar una verdad absoluta y pétrea que perdure por los siglos de los siglos? Ese día, dentro de la amargura de las desapariciones y las mentiras, hubo una verdad irremediable. Hubo una convicción que podía haber vida después de la muerte y que a pesar del dolor, hubo una verdad escapada de uno de sus poemas.

Se fue Juan Gelman, con dolores en el alma, pero con las manos llenas de verdades. Golpeado pero no vencido. Y con la esperanza de vivir no solo en sus escritos, sino también en el legado de sangre que trataron de quitarle, pero que seguirá viviendo como uno de sus más brillantes poemas.

Fernando Olszanski. Escritor argentino, autor de El orden natural de las cosas.

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Un grande de la poesía

“¿Quién dijo alguna vez: hasta aquí el aire, hasta aquí el fuego?” Se nos fue un grande de la poesía comprometida, un embajador de las letras latinoamericanas, y un luchador contra la impunidad y las injusticias cometidas por la última dictadura militar argentina, la cual le arrebató sus seres queridos. No hay palabras más que de agradecimiento infinito por habernos dejado su legado literario. Para evocar a este maestro, quisiera cerrar con unas líneas extraídas de una entrevista reciente con el escritor: “No desdeño la vida, quiero ver casarse a mis nietos, ver si me dan algún bisnieto… Pero también creo que Dios, si existe, debe estar aburridísimo de su eternidad.”

Erika Doyle. Escritora y pintora argentina. Reside en Chicago.

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Arte poética

Entre tantos oficios ejerzo este que no es mío,
como un amo implacable
me obliga a trabajar de día, de noche,
con dolor, con amor,
bajo la lluvia, en la catástrofe,
cuando se abren los brazos de la ternura o del alma,
cuando la enfermedad hunde las manos. 

A este oficio me obligan los dolores ajenos,
las lágrimas, los pañuelos saludadores,
las promesas en medio del otoño o del fuego,
los besos del encuentro, los besos del adiós,
todo me obliga a trabajar con las palabras, con la sangre.

Nunca fui el dueño de mis cenizas, mis versos,
rostros oscuros los escriben como tirar contra la muerte.

Juan Gelman, Velorio del solo

 

 

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