Desaparecido: El nudo desecho

Desaparecido: El nudo desecho

(Relato en el que la indómita realidad no limita la ficción. Segunda de siete partes.)

II

El nudo desecho

Leí la noticia: foto y todo wey. ¡Era él, caón! Era él y otros dos wey, todos ensangrentados, estaban muertos. Una balacera en la Colonia Ciudad del Sol de Guadalajara. Estaba muerto en primer plano, reconocible, identificado con el nombre que yo conocía: Ramiro Chapa.

*

Chapa está en el restaurant del Hilton en Plaza del Sol, termina su café, arroja la servilleta a un lado de su plato. La mujer que lo acompaña —de estatura baja y robusta, digamos con una obesidad contenida— parece enojada. Había ido a recibirlo al aeropuerto, decidieron comer en el Hilton luego de que Chapa se registró.

—Guadalajara no se discute, no debiste hacerlo.

—Me tengo que ir —dijo Chapa indiferente a las palabras de Lupe Casillas, lo que acrecienta su irritación.

—Ahora hay que corregirlo todo.

Chapa se levantó de la mesa. “Ya bájale”, le dijo amable y con calma.

—Vivir aquí era lógico Ramiro, pero tu zona de trabajo pudo ser la costa. Lupe Casillas permaneció sentada y su cara descompuesta no la disimulaba. Chapa la observa con la confianza de muchos años, la sabe alterada y le tiene paciencia, como siempre. Casillas es una tipa en sus sesenta que conoce del invierno lo más frío, y hoy está de armas tomar.

—¿Te veo en la mañana?, —le pregunta él al tiempo que recoge su saco del respaldo de la silla, pero ella permanece en silencio, esforzándose por mantener una actitud inquebrantable.

Chapa contesta una llamada y se aleja de la mesa. Casillas evita verlo, mira a otro lado. Él se va desconcertado pero con prisa. “Ya voy” dice antes de cortar la comunicación. Sale del restaurante y ella no se vuelve a verlo. Cruza el lobby, sale y se sube a un BMW polarizado donde lo esperan dos tipos con aspecto de militares pero trajeados, uno de ellos le extiende una pistola con funda que Chapa se ciñe al cinto, por debajo del saco. El auto se desplaza hacia la salida del centro comercial donde está el hotel.

La cara de Lupe Casillas está tensa cuando dice al teléfono: “Ya salió”. Sus ojos se humedecen por unos segundos pero enseguida se levanta de la mesa, repuesta. Coge su bolso, se estira el blazer y desaparece con pasos firmes.

El BMW avanza adentrándose a Ciudad del Sol. Todo parece normal hasta que lentamente en una esquina se le atraviesa una camioneta blanca con doble cabina de la que se bajan tres jóvenes armados con AK-47. Atrás del BMW se detiene otro vehículo, una Cadillac Escalade de color gris plata. “Problemas”, dijo el chofer antes de desenfundar una escuadra Beretta. A Chapa le cae el veinte en ese momento, recuerda a Lupe Casillas diciendo “tu zona pudo ser la costa”. Saca su Magnum. “Cabrona”, dice antes de abrir la puerta del auto.

El BMW no está blindado y poco pueden hacer sus tripulantes. El chofer queda encimado al volante, con varios balazos en el pecho y en la cara. El otro apenas pisa la calle, cae abatido en tanto que Chapa se baja disparando primero al vehículo atravesado, y enseguida contra los que lo emboscaron por detrás. Cae en el tiroteo cruzado, queda tendido en medio de la calle, con los ojos abiertos: observa la última imagen de su vida: una espesa alfombra lila en la sombreada banqueta: las flores de una frondosa jacaranda que cubren el piso.

*

Lo tratan de administrador de no sé qué y no sé cuántos, o sea era un prestanombres o un lavador o un contador de los narcos... ¡qué sé yo wey! Pero qué, yo no me puse nervioso porque estaba ido. Tomé las cosas con bastante calma. Comencé a hacer inexplicablemente todo al revés. En lugar de salir corriendo me quedé ahí, le hablé por teléfono a Aurora y se puso histérica, pospusimos la mudanza, colgué. Entre ese minuto y el momento de subirme de nuevo a mi carro, días después, cambió por completo el mundo.

Luego cuando recién salía de Monterrey, manejaba y repasaba todo como en una película de la memoria. Ai voy, ai venía. Aglutinándose todo en mi mente en tanto el paisaje desértico a las orillas de la carretera apenas se modificaba. Entre el antes y el después de pronto todo mi pasado era un presente desconocido: Monterrey comienza a quedarse atrás. Pero, pues pos, ai vengo con todo revuelto y encima lo que no te he dicho.

*

En ese momento, con el periódico sobre la mesa del comedor, en La Pirámide todo se desmoronaba. Yo necesitaba pensar y no pensaba, necesitaba actuar y me quedaba inmóvil. Le di vueltas, tantas que me fui yendo al vacío. Al vacío, pensaba, como Don Draper que cae y cae: allá va en una caída libre la figura negra de un hombrecito por entre edificios neoyorquinos, por entre rostros de hermosas mujeres, sombras en el tiempo y vasos con whiskey en las rocas; el balanceo de pantorrillas femeninas, piernas cruzadas que culminan en delicados, exquisitos pies descalzos. Desde mi tableta Billie Holliday entonaba Don’t Explain, haz de cuenta que la estoy escuchando, guardo nítidamente la sensación de haber estado en una Twilight Zone. La cosa se puso peor después del hallazgo. Tuve pesadillas. Insomnios. Imaginaba que en cualquier momento entraban a la casa tropas del ejército y cien federales y tiroteaban a diestra y siniestra. Me imaginé al lado de la Reina del Sur, en serio wey, me cae, por momentos me imaginaba balaceándome con policías y capos y enseguida me alucinaba pensando que una pandilla de sicarios entraba a la casa y me madreaba. Policías uniformados me torturaban, otras veces un químico loco me destazaba y me disolvía. Sólo los ancianos de la tribu saben que un adulto puede sacar al viejo adolescente en que uno se va convirtiendo con la edad. Creo que he sido como un adolescente todo este tiempo. Estoy siéndolo, un hombre de 29 convertido en un mozalbete estúpido e irresponsable. Por ratos estoy cierto que uno nunca deja del todo esa etapa-puente. En algún momento tuve fiebre, pero ahí estaba. ¿Por qué? No sé. Enfermo y cayendo en un sopor regresivo, jugando a policías y ladrones en los terrenos baldíos de la colonia de mi infancia, alucinando hasta el fondo de mi taza de café. Me acostaba horas, bueno es un decir, digamos largos ratos dentro del enorme clóset de la recámara principal. Billie vocalizando Strange Fruit y Charlie Shavers acompañándola con esa plañidera trompeta de un heraldo negro. Y en el intersticio el buen Vallejo, como siempre en mis laberintos, y un coro de ángeles o de homeless, negros con zapatos rotos, ropa mugrosa llena de parches, boinas color marrón… o un coro de bellas sirenas enloquecidas, o una banda de poetisas ebrias cantando con dulzura y amargura mezcladas: Hay golpes en la vida, tan fuertes… yo no sé. / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma… ¡yo no sé!: Un solo que se enreda con el humo de mi cigarro para ser alcanzado por el siguiente verso que imprime la voz de Billie en el aire, trenzándose con el sonido de Shavers, serpenteando en la dilatación de las venas de mis manos, recorridos sinuosos hasta que llegan a inundar mi corazón. Corrientes sanguíneas que hacen olas, que se agolpan, flujos en torrente hasta el cuello, explosiones en mi garganta a cada fumada, a cada nuevo golpe antes de soltar el humo en dos o tres círculos perfectos ensanchándose, ondulándose en el aire, por entre los que pasa el jazz para volverse blues y hacer otra trenza, otros nudos con las líneas del humo. La imagen atroz meciéndose desde una rama de un tristísimo árbol del sur estadunidense, esa escena pastoral; o me sentaba frente a la piramidita en el patio central y no pensaba nada, nomás dejaba correr el tiempo, el agua resbalando por los bordes de la pirámide, susurrando algo de la eternidad; o me acostaba en el piso de la sala a preguntarme por qué diablos no cogía mis cosas y me largaba a Guadalajara. ¿Qué esperaba?, pero el techo no me respondía ni yo reaccionaba. Pasé días entumecido sin atinar qué hacer. Cuando salía nomás iba a la tiendita, una vez entré al templo, creo que nunca había comido tan mal, puras mugres wey, compradas en una tiendita de autoservicio. Como un adolescente solo en su casa, pero sin la pandilla para la fiesta. Peor: Solo y pasmado, paralizado, absorto, y cuando despertaba: Billie desde alguna parte de La Pirámide: Good Morning Heartache.

Raúl Caballero, escritor y periodista, nació en Monterrey NL. Es director editorial de La Estrella en Dallas/Fort Worth Texas. Recientemente publicó El Activista (vida y sublevaciones de José Ángel Gutiérrez) líder emblemático del Movimiento Chicano en Estados Unidos así como el libro de poesía Viento Habitable.

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Parte I: Si no te lo cuento reviento 

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