CONVERSACIONES Y ENCUENTROS EN TRES AMÉRICAS (POSDATA II)

CONVERSACIONES Y ENCUENTROS EN TRES AMÉRICAS (POSDATA II)

 

Posdata con Don Julio, José Agustín y Olivia Revueltas
(parte ii)

 

En 2017, yo sufría todavía los estragos de mis últimos desastres. Mi temperamento, ya de por sí inclinado a la melancolía, se había agravado con el cierre de Tres Américas. Junto con mis seis años de la librería Europa terminaba así, entonces, la mayor parte de mi vida: 33 años como librero de Chicago, vendiendo mayormente libros en español, mi lenguaje primario y natural. Al rescate de mis tristezas había acudido el gran Adalberto Méndez con su compañera Mónica Vázquez y sus dos lindas hijas, Evelyn y Mía; y eso sin contar al Puma, su inolvidable perro. El gentil y buenísima onda Adalberto (otro Beto) estaba intentando rescatar el difícil —por no decir utópico— oficio de librero en esta Ciudad de los Vientos.

Adalberto, o Ádal (como le llaman sus hermanos), nos había comprado, generosamente, una porción de libros y estantes de la Tres Américas para instalar y comenzar su propia librería, Mi Libro, que abrió sus puertas en septiembre de 2016, en la frontera entre Pilsen y Little Village. Con su corazón bien puesto, como han sido todos mis amigos, Adalberto Méndez me pidió ayudarle en sus comienzos de librero. En realidad, el gran beneficiario y necesitado era yo: fue un ancla lo que me mandaba el buen Adalberto para salvarme del total hundimiento. Mis dos hijos, César Adrián y Víctor Hugo, y mi Estela, estaban alarmados por mi estado de ánimo. Me veían deprimido, a pesar de sus cuidados y afectos. Lo único que me alegraba en serio eran mis conversaciones extensas con Marco Escalante y algunos, pocos, parientes y amigos.

La librería Mi Libro, en Cermak y California, se sumó al esfuerzo de Juan Manuel Girón de tener librerías en español en el centro del barrio hispano. Adalberto ofrecía, además, un lugar dónde estudiar inglés y guitarra a los principiantes. También Mi Libro organizó eventos como la presentación de libros y clases de Arte para niños. En los primeros años pasó por la librería de la querida familia Méndez el periodista Antonio Zavala, con su libro Memorias de Pilsen (noviembre 2018); y en abril de 2019 visitaron Mi Libro Carolina Herrera, Franky Piña, Julio Rangel, Febronio Zatarain y Raúl Dorantes, para presentar Palabras Migrantes, una antología con 10 ensayos. Ahora la librería está en receso. Esperemos sobreviva la catástrofe mundial.

A pesar de sentirme un poquito librero todavía, por visitar al buen Adalberto unas horas cada semana, mi ánimo no estaba suficientemente restablecido en 2017. Me ayudó muchísimo la amistad con Marco, con su insistencia de que escribiera algo para Residuos, su recién creada revista electrónica. Allí escribían algunos de sus amigos y se recuperaban textos olvidados de los grandes autores. La hacían entre los tres: Esmeralda, Julio Rangel y el propio Marco. Una de esas tardes, luego de nuestra larga y sabrosa charla en el Lutz Café, con croissants de por medio, Marco me sugirió resucitar un viejo artículo mío sobre la Cuba de Castro y Guillermo Cabrera Infante. Yo le había contado de mi entusiasmo reciente por unas memorias de Régis Debray en su Alabados sean nuestros señores, un libro que yo guardaba desde hacía 17 años, prácticamente oculto, por mi negativa a leerlo, por algo que había escrito José Emilio Pacheco respecto a su autor en un Inventario. “Humberto —me dijo Marco— tienes que escribir eso que me estás contando. Házlo tan pronto puedas y nos lo mandas. Ya estamos sacando el segundo número de Residuos”. Así fue cómo reapareció mi viejo artículo sobre Mea Cuba, de mis días de ¡Éxito!, corregido y aumentado —como se dice— con una larguísima posdata sobre el libro de Régis Debray. Fue otra de esas coincidencias felices: el 50 aniversario de la muerte del Ché.

Me sentía como El Renacido de la cinta de Alejandro Iñárritu (The Revenant). Tan renovado era mi interés en volver a la escritura, que en un santiamén les infligí a mis tres entusiastas nuevos editores un largo artículo sobre la Nueva Canción Chilena, al que titulé “Cantos de vida, lucha y esperanza”, en alusión —claro— al bello libro de Rubén Darío. El acto de escribir puede ser la mejor terapia para un espíritu decaído. Nunca he cometido el crimen, la gran osadía, de llamarme escritor, pero sí lector empedernido. He tratado de hilvanar mis emociones ante un bello texto; una pasión muy sana, me parece. Rosario Ferré afirmó —según Elena Poniatowska: Escribo porque no sé nunca lo que pienso hasta que lo escribo. Por esas fechas (2017), Marco y yo hablábamos muchísimo sobre las utopías y las ideas socialistas. Proceso y todas las grandes revistas del mundo dedicaban amplios artículos al Centenario de la Revolución de Octubre en Rusia y sus derivados: las luchas de la izquierda en el Continente Americano y el derrumbe de las ideologías. Marco Escalante, con su erudición y su memoria prodigiosa, me narraba vidas turbulentas de grandes escritores rusos que yo jamás había leído. Mis lecturas de Pushkin, Turguenev, Lenin, Stalin y Trotski no eran suficientes para captar a cabalidad la tragedia del comunismo ruso y europeo. Marco, con su gentileza, se desprendió de un libro suyo sobre el Romanticismo ruso. Me lo regaló, para que yo pudiera entender los comienzos de la utopía.

 

 

***

 

“Abril es el mes más cruel... “, escribió el poeta T. S. Eliot en La tierra baldía (The Waste Land, 1922), porque “...engendra / lilas de la tierra muerta, mezcla / recuerdos y anhelos, despierta / inertes raíces con lluvias primaverales”. En un hermoso ensayo sobre T. S. Eliot, Daniele Gigli escribió: “Cuanto más se siente la vida, la propia naturaleza, decía Santo Tomás, tanto más se olfatea el terrible olor de la muerte. Un olor tan acre, tan pungente y penetrante que, sin unas raíces reales a las que aferrarse, paraliza, hace ir a tientas hacia la otra orilla del río de la ansiosa agitación y la acción inesperada.[...] Cuando escribió La tierra baldía, Eliot ya conocía bien el terror del que hablaba, el constante fracaso de cualquier intento de la razón de figurarse un orden definitivo —completo, perfecto— entre los escombros del mundo [...] ya presentía —aunque sólo lo dirá décadas después en sus Cuartetos— que la poesía no es la respuesta. Pero justamente esta inmersión en el vacío, en el horror, en el temor de los nervios que parecen atrapados en un dolor sin objeto, es lo que le permite no abdicar. Y lo que sucederá en su razón, en su vida, será prefigurado por lo que sucede en este poema. Porque de repente, de la miseria emerge la voz del mundo: tan fuerte, tan verdadera que obliga a los personajes a elevar la mirada.” T. S. Eliot: “...ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja / y te enseñaré algo que no es / ni la sombra tuya que te sigue por la mañana / ni tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro; / te mostraré el miedo en un puñado de polvo”. (The Waste Land. Trad. D. Gigli)

Es el 30 de abril de 1963. Los 250 niños de la escuelita Ignacio Zaragoza de La Puri, Durango, trepan las cumbres de la Sierra Madre con destino a Las Presas: La Vieja (de 300 años) y la Nueva (de apenas 10). Van a la madriguera de sus juegos infantiles, la Cueva del acantilado en la Nueva, a saborear la rica nieve que llevan seis barricas que cargan tres burritos, para la ocasión. Al frente marchan mi tío Chuy, el director de la Zaragoza y sus cinco maestros. Los seguimos la parvada de plebe, comandada por Eleuterio, Tello el Brujo, que va montado en un parduzco pollino (dixit el culterano tío Chuy). Van a celebrar el Día del Niño, tradicional en todo México. 

Un día de abril 2020 leemos: “En un esfuerzo por mitigar la propagación de Covid-19, queda cancelado el festival de Poesía en Abril de este año, organizado por la revista Contratiempo”. Era de esperarse: un mes que comenzó con el Día de los Pendejazos (April's Fool, 1 de abril, ¿Mr. T?) y se llevó entre sus patas al Día de la Tierra (Earth Day, 22 de abril, 50 aniversario) y al Día Mundial del Libro (World Book Day, 23 de abril), ¿qué respeto podría tenerle a la poesía? 

Lewis Thomas, un médico e investigador estadounidense, célebre por sus libros de ensayos, publicó en el número 67 de Vuelta (enero de 1982): “El mayor logro de la ciencia del siglo XX ha sido el descubrimiento de la ignorancia humana. Vivimos como nunca antes en el azoro ante la naturaleza, el universo, y más que nada ante nosotros mismos. Es una experiencia nueva para la especie.[...] Ahora, por primera vez en la historia de la humanidad, estamos teniendo vislumbres de nuestra incomprensión. Podemos todavía fabricar historias para explicar el universo, como siempre hemos hecho, pero ahora esas historias tienen que ser confirmadas y reconfirmadas por la experimentación. Tal es el método científico, y una vez que nos hemos adentrado por ese camino no podemos dar marcha atrás. Estamos obligados a crecer en escepticismo, exigiendo pruebas para cada aserción referente a la naturaleza, y no hay más salida que ir hacia delante e insistir en la brecha, con la esperanza de hallar una comprensión en el futuro pero viviendo en una situación de inestabilidad intelectual a largo plazo”. El artículo se puede leer completo en la edición de Abril 2020 de Letras Libres.

 

***

 

 

Un infeliz día de 1998 llegó Alfonso a la librería Tres Américas. Venía como siempre, con sus ojitos pícaros sonrientes que tanto gustaban a las damas. Alfonso era la alegría misma. Luego del saludo efusivo me dijo muy serio: “Humberto, vengo a contarte algo. Antes que lo sepas por otro lado. Acabo de ver al médico. De allá vengo. Tengo cáncer”. Me quedé sin palabras.

A mediados de julio de 2000, visitó la librería Tres Américas el director del semanario La Raza de Chicago. Siempre amable, Elbio Rodríguez Barilari me comentó que había leído algunas de mis reseñas y notitas en el ¡Éxito! que le habían gustado. “¿Por qué no me entregas algo para mi Arena Cultural, Humberto? —me dijo Elbio— Algunos colaboradores, que son amigos tuyos, me han hablado de lo que escribes. Digo, siempre que ello no te vaya a generar algún tipo de conflicto con Alejandro Escalona”. Hacía apenas unos meses que yo había regresado al ¡Éxito! después de un año de ausencia. Comenté con Elbio mi gran afecto por Alejandro, que había pasado a ser ya el director de mi semanario. “No habría conflicto alguno —dije— pero lo único que tengo ahorita terminado es un cuentito que va a aparecer en un libro que está armando Henry Russell para honrar la memoria de nuestro amigo muerto. ¿Te interesaría? Creo que a Mercedes, Martha, Fabiola y Susa (sus cuatro hermanas) les daría gusto verlo en Arena Cultural”. A Elbio le pareció bien. Para concluir estas memorias de tres américas y mis compañeros aquí lo tienen:

 

El 30 de julio de 1999, tras una ardua lucha contra el cáncer, falleció Alfonso Díaz. Tenía 55 años. Colombiano nacido en Riosucio Caldas el 6 de noviembre de 1943, Alfonso dejó un puñado de cuentos que verán la luz próximamente, en forma de libro. A unos días de su primer aniversario luctuoso, HG quiso evocarlo en este texto —breve ejercicio narrativo— como mínimo homenaje a un gran añorado camarada.

 

QUEREMOS TANTO A ALFONSO

Aquella mañana de diciembre Alfonso despertó temprano, apenas clareando el alba. Todavía entre brumas recordó el sueño: “un Cristo colgado abría sus ojos azules y se burlaba de las gentes ofreciendo sus cabellos dorados”, le diría después a su amigo. “Me acerqué a reclamarle y vi entonces que lloraba, y que aquella sonrisa que había supuesto irónica era en realidad infinitamente triste. Al darme la mano lo reconocí: era don Lalo, un viejito que vende elotes y mangos a los niños enfrente de mi escuela”.

Por esos días el mal había querido darle una pequeña tregua a su devastado organismo, y Alfonso lo aprovechó leyendo y escribiendo. Para la Navidad le habían regalado La última ciudad, un libro muy hermoso de José Emilio Pacheco. Y fue tal vez por efecto de tantas fiebres y medicamentos, o quizá por lo débil y minado que estaba ya su cuerpo (yo me inclino a pensar que fue más bien por el balsámico poder de la poesía) que, aquella mañana, Alfonso tuvo esta visión que quiso contar después a su amigo:

“Me tocó vislumbrar desde la ventana la última ciudad. Quise arrojarme desde lo alto, pero pensé en tí, amigo eterno, y la ciudad se convirtió en dos manos. Levanté la frente y el cielo se había esfumado; se había ido sin adioses. A mi lado, del libro santo brotaban miles de otras últimas ciudades. De repente, mi habitación se iluminó y creció tanto que llegó a englobar el universo. Me vi rodeado de chiquillos que me ofrecían papeles escritos con tintas de muchos colores. Alcancé a leer uno que decía: Porque vida silencio piel y boca / y soledad recuerdo cielo y humo / nada son sino sombras de palabras / que nos salen al paso de la noche. Lo firmaba un tal Xavier Villaurrutia”.

 

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Aquella tarde de abril el Museo Mexicano de Bellas Artes se encontraba repleto. La lectura- homenaje a Octavio Paz era todo un éxito. Los colaboradores de la revista Vuelta —Aurelio Asiain y Eduardo Lizalde, entre otros— habían seleccionado exquisita poesía para honrar al maestro. Al finalizar, le cedieron la palabra al público. Se alzó la voz de Alfonso: “¿Y por qué ustedes no hablan de los logros de la poesía popular? ¿Por qué no se menciona que las letras de las canciones de un José Alfredo Jiménez, de un Agustín Lara, están mucho más arraigados en el corazón del pueblo que los poemas del mismo Octavio Paz? ¿Acaso la poesía es algo exclusivamente para la gente culta?

Un silencio incómodo recorrió la sala. Finalmente, Eduardo Lizalde, con una sonrisita irónica, le respondió acremente: “Es obvio que usted no sabe lo que es la poesía. Confunde los términos. Los que usted menciona son cancioneros. Muy populares, eso sí, pero sin pizca de lo que es la verdadera vena poética”. El estruendo de las carcajadas no se hizo esperar. Alfonso, humillado, vacilante, aún intentó defenderse. Pero ya era tarde, nadie lo escuchaba. Hasta sus amigos hicieron escarnio de sus comentarios.

“¡Qué errados estuvimos aquella tarde!” —recordaban años después dos de esos amigos— “Alfonso tenía razón: ¿de donde surgió, si no del pueblo, un Altamirano, un Espronceda, Un Francóis Villon? ¿O esas familias prodigiosas: los Parra de Chile o los Revueltas mexicanos? ¿Cuántas personas serían hoy capaces de recitar siquiera las primeras líneas de Piedra de Sol? ¿Y cuántas no recuerdan, enterito, el “Por qué me quité del vicio”? Alfonso, al igual que Carlos Monsiváis, fue siempre sensible al gusto popular. Lo que Lizalde juzgaba simple cursilería, Alfonso lo defendía a capa y espada”.

 

***

 

Aquella noche de julio, Alfonso se sumergió en un sueño profundo. El dolor que lo había acompañado los últimos meses había sido reemplazado por una paz extraña, bella y oscura. Se restregó los ojos y —al romperse las tinieblas— pudo ver que había llegado a un espacio luminoso donde convivían seres de distintas denominaciones.

Vio a una ballena azul que retozaba con su madre; la ballena, al verlo, saltó de alegría y corrió a su encuentro para regalarle una estrella. Vio a un enorme gorila que se columpiaba de los cuernos de la luna, al que reconoció de inmediato: era Buschman; el gorila también saltó de gusto, y quiso regalarle un montón de florecitas frescas. Vio luego acercarse a un soldadito, muy presuroso, que se cuadró ante él y le dijo con galanura: “Teniente Mambrú Edgardo Tanarife, de Riosucio, a sus órdenes hoy y siempre”. Escuchó después una vocesita humilde que lo interpelaba: “Yo soy Candelario Uchima Largo, también su paisano, y créame que me da muchísimo gusto verle”. Finalmente, una bellísima mujer se le puso enfrente, cogió sus dos manos y —poniéndolas en sus pechos generosos— le dijo: “Yo soy Sofía. Tú me creaste y me enseñaste que en el gozo no hay arrepentimiento. Y por esto te estoy agradecida”.

Alfonso miró luego la tierra, y creyó ver a un potro que corría desbocado por la gran costa colombiana, para ir a estrellarse al mar. Y comprendió que para él las miserias y desdichas habían quedado muy lejos. Sabedor de la idiotez y la crueldad humana, lo invadió una honda ternura por aquéllos que dejaba atrás. Y entendió entonces, a cabalidad, el inmenso valor de las letras: sin ellas seríamos aún más salvajes. Su corazón dio un vuelco cuando distinguió en la lejanía, entre una muchedumbre, a sus alumnos de la escuela Kanoon, a sus cuatro hermanas abrazadas, y a Henry y sus amigos ofreciendo un brindis por su memoria. Entonces Alfonso se rio, y supo que su vida había sido buena, y que había valido la pena vivirla.

 

Arena Cultural, 30 de julio de 2000

 

AZUL 

Un cuento para todos los niños del mundo, de Alfonso Díaz Vinasco

Azul es un color. Tú lo puedes distinguir fácilmente. A veces el color azul, cuando lo miramos, nos muestra la calma y nos hace sentirnos como si en nuestra vida no hubiera ocurrido todavía nada. El color azul es el color que escogió el mar para vestirse y aquel que el cielo escogió para poner en él las cosas más bellas que nos iluminan: el sol, la luna y las estrellas.

Una noche, cuando las olas se habían ido y el mar dormía apacible, mi mamá me contó esta historia:

“La tierra se volvió invivible. Es decir, las ballenas no podían vivir allí. Todas, huyendo del hombre se fueron a vivir al mar. Allí aprendieron a nadar y a jugar con todo lo que había alrededor de ellas. Por las tardes todas corrían detrás de una pelota roja muy grande que veían perderse en el horizonte. Antes de perderla la alcanzaban y la traían en sus narices. Después la tiraban dulcemente hasta hacerla desaparecer más allá del infinito. Al otro día, al amanecer, la esperaban alegremente y volvían a jugar con ella, hasta que ya no podían alcanzarla. Después, sin hacerle daño alguno se la dejaban al resto del mundo.”

El día que mi mamá nació, mi abuela saltó de alegría. Ella quiso regalarle una estrella y saltó tan alto que tocó el cielo y se pintó de su azul. Desde ese momento bajó al mar vestida de azul, y todos los peces la llamaron Azul, la Reina del Mar. Mi mamá también se llamó Azul y yo heredé de ellas su nombre.

Más tarde, el mar se llenó de hombres; aprendieron a nadar e hicieron unas casas tan grandes como nosotras. Allí vivían encerrados construyendo unas redes que parecían telarañas. Hablaban casi siempre de caza, de pesca, de bombas y eso nos causaba mucho miedo.

Un día le pregunté a mi mamá si nosotros podríamos llegar a hablar algún día la lengua de los hombres y ella me respondió: “Yo creo que sí, pero dejemos que ellos aprendan a hablar primero la nuestra y así, ese día, el mundo de todos estará a salvo.”

A veces nos acercábamos a ellos para invitarlos a jugar, pero nunca aceptaron nuestra amistad. Tal vez no comprendieron. Recuerdo que para invitarlos nos juntábamos todas en fila, y paradas en nuestras colas caminábamos hacia ellos y bailábamos y cantábamos al vaivén de las olas y del viento.

Otra vez, el mar estaba enojado y una ola inmensa rompió una de las casas de aquellos hombres y todos cayeron al mar. Las ballenas nos dimos cuenta que iban a morir ahogados y salimos a ayudarlos. Ya habíamos aprendido que la cooperación y la ayuda mutua es la esencia de la vida. Tratando de no lastimarlos, los llevamos hasta la isla más cercana, y allí ellos enterraron su recuerdo.

Más tarde, con las redes que construyeron, empezaron a matar a nuestras familias. Vi cómo mis primos, mis tíos y tías quedaban atrapados en las redes. Vi allí cómo mi familia, adentro de la red, luchaba por salir. En su lucha vi a todos ellos con sus ojos tristes, sin el más mínimo espanto, como queriendo comprender, sin ningún resultado, por qué éramos perseguidas. Muy pronto quedamos sólo unas cuantas, y el mar azul se tiñó de rojo; y el rojo y el azul se volvieron negro, y el negro prevaleció, y con él llegó la noche que duraría muchas noches...

Las cosas redondas eran las que más le gustaban a mi madre. Le recordaban aquellas tardes cuando, feliz, le daba las buenas noches al sol, y cuando junto con su familia lo llevaban cargado en sus narices hasta más allá del mar.

Mi madre había estado prisionera en un estanque hecho por los hombres. Una vez enfermó de gravedad y fue tirada al mar como algo inservible. Sintiéndose libre, la libertad le dio fuerza, y se lanzó otra vez a la conquista de las cosas sencillas que sólo el mar le ofrecía.

Mi madre en su prisión había aprendido a jugar y a divertir a los hijos de los hombres. Allí, también había aprendido a apreciar lo que era vivir en un mar abierto, a merced del sol y del viento. Allí, se preguntó por mucho tiempo si no le bastaba al hombre tener la inmensidad de la tierra y sus grandes riquezas, y la respuesta jamás se hizo presente.

Un día, durante la noche, el mar presintió algo y se quedó quieto, esperando... El canto de las gaviotas se había quedado muy lejos. La luna también presintió algo y, asustada, prefirió esconderse detrás de una nube negra. 

De pronto, una pelota roja salió de una de las casas de los hombres. La pelota se elevó rápidamente. Mi madre, recordando el juego, saltó más aprisa que la misma pelota. Al agarrarla vi cómo ella, en un segundo, explotó. Se volvió roja. Se envolvió en una nube multicolor y voló al cielo, dejando su vestido azul en un mar que llora todos los días la incomprensión de los hombres.

 

 

Revista cultural tres américas 1 (Junio-Agosto 1990) 

 

 

Conversaciones y encuentros en Tres Américas” (parte I)

Primera parte: Pequeñas historias de la revista Tres Américas

 

Conversaciones y encuentros en Tres Américas” (parte II)

Segunda parte: Pequeños duendes y ángeles de la Revista

 

Conversaciones y encuentros en Tres Américas” (parte III)

Tercera parte: entrevistas en la revista tres américas (parte i)

Tercera parte: entrevistas en la revista tres américas (parte ii)

Tercera parte: entrevistas en la revista tres américas (parte iii)

 

Conversaciones y encuentros en Tres Américas” (parte IV)

Cuarta Parte: pequeña selección de poesía de la Revista (parte i)

Cuarta Parte: pequeña selección de poesía de la Revista (parte ii)

 

Conversaciones y encuentros en Tres Américas” (parte V)

Quinta parte: últimas tardes con Rosario y Ricardo (Final en la Europa), (parte i)

Quinta parte: últimas tardes con Rosario y Ricardo (Final en la Europa), (parte ii)

 

Conversaciones y encuentros en Tres Américas” (parte VI)

Posdata con Don Julio, José Agustín y Olivia Revueltas (parte i)

Posdata con Don Julio, José Agustín y Olivia Revueltas (parte ii)

 

 


 

1 Comment

  • Enrique Murillo 6 months ago

    Muy apreciable Humberto, muchas gracias por compartirnos crónicas y reseñas que vívidamente nos transmiten lo que fue la cultura en Chicago y, a la vez, nos recuerdan el beneplácito con que recibíamos la novedades editoriales de America Latina. Me da gusto que estás bien. En cuanto vaya a Chicago te busco para que nos tomemos un refresco.