CONVERSACIONES Y ENCUENTROS EN TRES AMÉRICAS (POSDATA I)

CONVERSACIONES Y ENCUENTROS EN TRES AMÉRICAS (POSDATA I)

 

 

Posdata con Don Julio, José Agustín y Olivia Revueltas
(parte i)

 

Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron. 
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.
Se quedan las que quedan, las ficciones,
las flores de la pluma,
las solas, las humanas creaciones,
el poso de la espuma.
Leer, leer, leer; ¿seré lectura
mañana también yo?
¿Seré mi creador, mi criatura, seré lo que pasó?
~Miguel de Unamuno (1864 – 1936)

 

 

De niños adoramos al Vampiro, a Frankenstein, al Hombre Invisible y a tantos monstruos; aun El lobo que se comió a la abuelita nos resulta muy simpático. De adolescentes —sofisticados que nos hemos vuelto— exigimos un Wilde, un Hoffmann, un Poe o un Maupassant que nos robe la calma y el sueño. A todos los amaremos el resto de nuestras vidas. El horror y la fantasía serán tan esenciales como las florecitas silvestres de la Madre Tierra. Hasta que un día de 2020 se nos aparezca un Cabrón virus de China y nos ardan las castañuelas. ¿Qué no tendremos remedio?  

El 1 de diciembre de 1992, yo recorría los pasillos construidos por libros (de papel) de todos los tamaños y colores; los inmensos pabellones de la Expo de Guadalajara. Era la quinta edición de su Feria Internacional del Libro (FIL) y vivía intensamente la experiencia. En el Programa que me entregaron al llegar, vi que esa tarde estaría en un pequeño salón el escritor José Agustín. Yo ansiaba verlo en vivo y en directo. Noté que a esa misma hora, en la sala más grande, estaría Carlos Fuentes. Me interesaba más José Agustín, porque a Fuentes ya lo había visto en Chicago. Incluso, Carlos Cabrera y yo habíamos cenado en una mesa cercana a la suya, en The University of Chicago Café. Fuentes había ocupado la mesa de honor con el gran Friedrich Katz y la Gente Grande de la universidad, mientras Cabrera y yo tuvimos que conformarnos con mi paisano de Los Pinos, Durango, Jesús, El Chuy, García. Fue una cena de veras estupenda. No hubo caviar pero sí muchos vinos y champagne fino. Eran los días de gloria del mentado Quinto Centenario.

Pensé que iba a haber largas filas para ver a José Agustín y sus colegas, a eso de las cinco de la tarde, cuando se abría la feria al público (las primeras horas eran sólo para los profesionales: bibliotecarios, etc.). Pero no: En esa ocasión sólo vi a tres o cuatro gatos queriendo saludar a José Agustín, al buenazo Paco Ignacio Taibo II y otros que no recuerdo. Yo me acomodé rápido en la segunda fila; la primera la ocupaba la prensa. Llevaba mi librito listo: un De perfil de mis añoranzas sesenteras para que me lo firmara el autor del Inventando que sueño. No hacía mucho, yo había descubierto al mostachón Taibo II, pero no me había vuelto loco con él como me había ocurrido con José Agustin. Cuando por fin llegaron los dos escritores, el auditorio de unas 100 personas ya estaba medio lleno. Paco hizo la broma cuando vio aquel grupito que formábamos: “Parece que las estrellas de enfrente se robaron el show. Okey, ni pedo”.

José Agustín y Taibo II estuvieron fantásticos esa tarde, memorable para este lector y librero. Fueron dos horas de absoluta y pura carcajada con aquellos dos intelectuales antisolemnes. Nuestras risas no se oían más fuerte que los aplausos de los de enfrente pero andaban muy cerca. No fue una disertación filosófica o muy seria, sino un sinfín de anécdotas personales salpicadas de Historia. Los dos habían escrito libros irreverentes sobre la política mexicana y sus protagonistas, y en el escenario los personificaban. Cuando terminó la charla y ya la gente comenzaba a dispersarse, con mi proverbial timidez me acerqué a José Agustín, que estaba por irse. Le dije mientras me firmaba De perfil: “Sabes, cuando leí el libro de Salinger, The Catcher in the Rye, me encantó; porque su personaje me recordó muchísimo al tuyo en este libro. Casi su doble”. “¡Qué buena onda...Humberto! ¿Así te llamas? Mi pequeño Holden Caulfield”.

 

***

 

 

Qué gustazo era ser librero en el siglo XX. Al menos en las décadas de los ochenta y noventa, mi pequeña época de bronce. La de mi orgullosa raza (dixit Vasconcelos). Tenía sus bemoles, por supuesto: el dinero era escaso y no faltaban vaquetones que robaban libros; pero aun esto era perdonado por las buenas vibras que me aterrizaban seguido. De repente abría la puerta de la librería Europa un Edward Sachs con su compañera, la poeta Elizabeth Newton-Sachs, un Cedric Belfrage, un Alejandro Romero, un Walter Briceño, un compa Juan Rosas o un librero como Lew Rosenbaum, por decir unos cuantos. Hasta una hija de José Revueltas.

Un día estaba yo muy tranquilo en la librería Europa cuando sonó el teléfono. Era otro de mis Chuyes queridos: un chicano de Chicago, el Chuy Negrete, a quien había conocido en una de las múltiples peñas organizadas por Lito Barraza y Casa Chile. Una noche, Chuy había cantado corridos en los dos idiomas y contado chistes con su natural desparpajo. Nos caímos bien de inmediato. A pesar de su apariencia de chicano alegre, dicharachero, cuando hablaba con uno el Chuy desplegaba sus muchas lecturas. Ese día en la Europa me dijo así, de sopetón: “Hey brother, ¿you wann’e meet Olivia Revueltas?”. Pensé que era una bromita del Chuy y le dije por supuesto, pero si se trataba de los Revueltas de Durango, ésos ya estaban bajo tierra o en el cielo. ¿Por qué? —“Not true brother —me dijo el Chuy— she's sitting next to me at a coffee shop in Pilsen. I’ll be driving north. I think you two should meet. I told her about your article”.

Por esos días me habían publicado en Hispanic Image, una revista chicaguense con textos en inglés y español (otro dinosaurio totalmente olvidado) una reseñita de la edición española de El Apando y otros relatos, de José Revueltas (Alianza Tres/ ERA), que venía con un prólogo de Octavio Paz y una bella portada. La reseñita me la había aceptado John Asencio, su director, de la mejor gana, a pesar de las diferencias que tenía con las ideas políticas de José Revueltas. Con total franqueza, riéndose, me dijo al recibirla: “Oye chico, no sabía que este José Revueltas era comunista. Pero me gustó mucho lo que nos mandaste. Yo no sabía nada de ese escritor, pero lo tuyo me pareció bueno y balanceado”. John Asencio era (¿es?) cubano y Fidel Castro no era muy de su gusto, sin ser derechista. Era una publicación hermosa, enfocada sobre todo en la fotografía. Y la Hispanic Image pagaba las colaboraciones: ¡125 dólares por artículo! Una enormidad en 1986.

“Man, Humberto, you shu’d have seen Olivia last night at the HotHouse! She thought us gringos some lesson. Man! We Chicagoans think we know jazz. We're the city of blues and jazz. Shit! If you put a piano in front of this little woman...Wow! Even if it’s the biggest piano it's gona look small in her little hands! You missed the best show in town. Man!”. Una hora después, el Chuy se descolgó por la Europa. Venía acompañado de una mujer de unos 30 años (era julio del 86), morenita, algo bajita efectivamente, que me extendió su mano con gran formalidad; y con una sonrisa a medias. Hasta el mismo Chuy parecía menos chacotero. “Me dice aquí Chuy que usted escribió algo sobre mi padre, ¿me permitiría leerlo?” —me dijo. Casi sudando, le expliqué que sólo era una notita breve, algo muy sin importancia. Pero se la traje, porque ya el Chuy me lo había anticipado. La leyó rápidamente y me dijo: “Me gusta mucho. Pero quien debería leerla es Andrea. Nadie sabe tanto de mi papá como mi hermana. ¿Podría hacerme una fotocopia?”

Caray, que una hija de José Revueltas me haya dicho esto. Yo no hallaba qué diablos regalarle aparte de los tres ejemplarcitos del Hispanic Image que tenía a la mano, en esos momentos. Balbuceante, le confesé mi total admiración por toda su familia. El gusto con que había leído la historia contada por su tía Rosaura Revueltas, la actriz grandiosa de Salt of the Earth, un film que, finalmente, había podido ver gracias al Facets Multimedia. Olivia me dijo: “la película es muy buena, pero su libro no tanto. Mi tía escribe regular, pero sí es una gran actriz, estoy de acuerdo contigo, Humberto. La intelectual es Andrea. Y de mi padre, ¿qué otros libros te han gustado? Porque lo que escribiste me hace pensar que lo conoces”. Yo no cabía en la Europa. Como Chuy Negrete iba rumbo al St. Augustine College por alguna diligencia, me pidió le diera, luego, un raid a Olivia a Little Village, donde estaba hospedándose. Acepté encantado. Así fue que conversé unas horas con la fascinante pianista. Me firmó Los días terrenales, la gran novela de su padre. Años después, gracias a un artículo de Proceso, descubrí a su hijo Julio Revueltas, un guitarrista que aquel periodista (¿Roberto Ponce?) describía como el Jimi Hendrix mexicano. No exageraba. En un CD de 2005, De tierra y cielo, aquella guitarra eléctrica parece flamear de tanto gusto. Su bellísima canción “Jazzista” (obvio homenaje a Olivia) está dedicada a ella y a Jorge, su padre. La cosecha del genio revueltiano nunca va a acabarse.

 

***

 

Una mañana de otoño de 1982, al llegar al patio trasero de la librería Europa —un espacio que más parecía selva, monte salvaje, sin pavimentar— donde dejaba estacionado mi pequeño automóvil, un hombre saltó de los matorrales. Me miró con furia y se retiró en silencio. Le grité que “¡esto pertenece a la librería. No lo vi, disculpe!” El hombre siguió caminando sin voltear a verme. Por la tarde, lo divisé fumando junto al Spirit. Alarmado, creyendo hallarme ante un ladrón, salí y le grité “¡qué demonios quiere, no me vaya a tocar mi carro!” El hombre tiró lo que quedaba del cigarro y se marchó despacio. Pude verlo a mis anchas: pelo largo, grasiento, barba y bigote de semanas, descuidados; flaco y moreno claro, le calculé unos 33 años. Vestía un abrigo oscuro, raído y largo. Lo que más me impresionó fue su mirada: se parecía al Rasputín de la película.

Al tercer día, al salir a tirar alguna basura, encontré al hombre sentado en la acera frente a mi “estacionamiento”, taladrándome con sus ojos verdes. Pensé: “si me descuido, este cabrón me va a matar”. Tenía apenas unos meses trabajando en la Europa. Decidí llamar a Hubert Mengin para hacerle ver la situación: “Alguien acecha la librería, creo que nos van a asaltar. ¿Quieres que llame a la policía?”. Hubert me dijo: “No te preocupes, Humberto. Creo que se trata de un homeless, en ese barrio de Lakeview abundan. Ya lo verás”. Debe haber sido la primera vez que escuché esa palabrita horrenda: homeless. Al menos fue la primera vez que la vi en persona, encarnada. De ahí en delante, más que al ruso Rasputín, le encontré parecido al Klaus Kinski de otra película, Dr. Zhivago.

Comenzaban los fríos brutales de Chicago. Algunas semanas después, al estacionar mi auto, no daba crédito a lo que veía: una casita de no más de 4 pies de ancho y de altura, en la acera de enfrente del edificio. Parecía una versión de la vivienda de los enanitos de Blancanieves, pero en hechura paupérrima: de cartón viejo y pedazos de madera, con una toalla grande sirviendo de puerta. En ese momento la casita estaba vacía. Todo el día estuve acechando por el ojo de la puerta trasera de la Europa, queriendo ver a mi vecino. Había tratado de amistar con él, pero el hombre me huía con su mirada delirante. Aquella noche, cuando lo vi llegar, corrí al Dunkin’ Donuts de la Clark y Belmont. Llegué ante su casita armado de croissants y donuts con un café caliente y —a manera de toquido— le hablé al señor para decirle que le traía algo para aguantar los fríos. Nunca respondió ni salió, así que los coloqué allí cerquita y me fui alejando. Ya lejos, pude observar una mano que surgía de la casita. La pequeña construcción sobrevivió, si acaso, otra semana. Algún vecino se quejó, seguramente. Una mañana, en mi bote de basura, encontré los maderos de Blancanieves.

 

***

 

A fines de noviembre de 2015 me encontraba postrado en mi cuarto del hospital Gotlieb, con mi renovado corazoncito. Me administraban fuertes dosis de norco que aliviaban totalmente mis dolores y me producían, a ratos, alucinaciones y estados de euforia. Las enfermeras eran tan gentiles conmigo que yo —extrañamente parlanchín— le dije a una de ellas que todas me parecían ángeles como las que mencionaba Leonard Cohen en sus canciones “Sisters of Mercy” y “Come Healing”. La enfermera dijo que no sabía quién era ese Cohen, pero qué bueno. Sobre todo, en mi cabeza resonaba la Cueca de la libertad de los Quilapayún: “La vida tanto me gusta / El paisaje de mi tierra...”

Allí tuve un sueño que luego conté a mi esposa, a Alejandro Ferrer, y hasta Eduardo Carrasco, al mismísimo director del Quilapayún (en un correo de 2018): “Una noche, al salir de la librería Tres Américas, escuché ruidos en el gigantesco bote de basura que estaba en el callejón. Al abrirlo me topé con un hombre de unos treinta años, bastante asustado, acurrucado con una niñita morena de ojos grandes. Me imploró: ¡Por favor no diga nada, compañerito...!, y me extendió un afiche que decía: Unable to pay the rent, a Chilean man has been living with his daughter in a garbage can. Vi que el recipiente contenía, además, montones de periódicos con la misma noticia del afiche”. Siempre he relacionado este sueño con mi experiencia en la Europa y mi afecto y admiración por el Chile de Allende. Pareciera como si el hombre que viera en aquellos mis inicios de librero viniera a despedirse en mis últimos días de lo mismo.

Otra de esas noches de convalecencia en el Gotlieb, pero ya totalmente lúcido. Pasó a verme el primo Hermilo con su esposa, otra Estela. Yo apenas había tenido mi cirugía, por eso sólo me vieron un par de minutos. Como la mayoría de mis paisanos, Hermilo es muy católico y bien intencionado. Al despedirse, me dijo: “Acuérdese, Beto, que por algo suceden las cosas. Tal vez con esto Dios le quiso decir algo”. Le comenté luego a mi Estela: “Bonita manera de mandar recados. Nada más eso falta: que yo termine de apagavelas”. De joven, el primo fue seminarista.

 

***

 

 

Diez meses antes, el 8 de enero de 2015, el diario mexicano La Jornada informaba: “Falleció el referente de la prensa insumisa. Comunicador desde siempre, fue director de Excélsior y Proceso. Dictadores, presidentes y narcos, entre los personajes que entrevistó”. En páginas interiores, Elena Poniatowska escribió: “Murió ayer en esta capital, a los 88 años de edad, Julio Scherer García, sin duda el periodista más destacado de México en la segunda mitad del siglo XX”. En su emotiva despedida, Poniatowska recordaba aquel artero golpe orquestado por el presidente Luis Echeverría para sacar a Julio Scherer de la dirección de Excélsior, considerado entonces el mejor periódico de América Latina, y que culminaría con la creación de la mejor revista política del país, el semanario Proceso. Entrevistados por los reporteros de La Jornada, un grupo de intelectuales, caricaturistas y amigos lo recordaban como el referente del nuevo periodismo. Los cartones de Magú, Rocha y Helguera lo decían todo: “Un faro que se apaga”.

Para ahondar todavía más la tragedia del mundo periodístico, y por terrible coincidencia, La Jornada informaba en esa edición lo sucedido en París el mismo día de la partida de Scherer: “Tres presuntos fundamentalistas islámicos de nacionalidad francesa, dos armados con rifles de asalto AK-47, perpetraron ayer una masacre en París en la redacción del semanario satírico francés Charlie Hebdo, publicación que se ha caracterizado por sus posturas libertarias, irreverentes, antigubernamentales y antirreligiosas, y que desde la década pasada había sido objeto de amenazas, procesos judiciales, un incendio intencional y ataques informáticos por publicar caricaturas consideradas blasfemas para el islam”. En la agresión fueron asesinadas 12 personas; incluyendo tres periodistas, cuatro moneros y su director Stéphane Charbonnier, el Charb. En su cartón, Magú dibujó a dos ataúdes juntos: el Charlie Hebdo y don Julio Scherer.

En su conmovido adiós a Don Julio, El Fisgón dibujó a un hombre embozado que sostiene una AK-47 en sus manos, mientras a su lado yace alguien en un charco de sangre y una pluma de dibujante a escasos milímetros de su mano. En el globito, el embozado dice: “Le pregunté a Dios: ¿es cierto que la pluma es más poderosa que la espada? ...Él me sugirió usar una kalashnikov”. El Fisgón tituló a su cartón “Las armas de la fe”. La agencia Reuters señaló: “Las religiones, como tantas otras ideas, merecen críticas, sátiras y sí, nuestra falta de respeto sin miedo, dijo en un comunicado [Salman Rushdie] el autor de Los versos satánicos, una obra de 1988 que le costó vivir durante años escondido, porque el líder iraní Ayatolá Jomeini puso precio a su cabeza”. Uno de los caricaturistas franceses que se unió al duelo por sus colegas caídos fue Albert Uderzo, uno de los creadores de Astérix el galo, ilustrador de la historieta.

En la librería Europa de Chicago, en la década de los ochenta del siglo pasado, pocos autores franceses eran tan populares como el caricaturista Albert Uderzo. Se vendían más libritos de Astérix (en francés) que todos los de Sartre, Camus, Yourcenar y Duras juntos. Sólo Antoine de Saint-Exupéry con su Le Petit Prince se le acercaba. Los maestros lo utilizaban en sus cursos de francés con niños o adultos. Por eso me dio tristeza leer en La Jornada del 25 de marzo de 2020: “Albert Uderzo murió este martes a los 92 años. Sus familiares aclararon que sufrió un ataque cardiaco en el suburbio de Neuilly, a las afueras de París, sin relación con la epidemia de coronavirus”. Astérix fue creado por Uderzo y Goscinny. A quienes los acusaban de hacer del personaje un prototipo nacionalista y xenófobo, Goscinny respondió en alguna ocasión: “¿Racista yo? ¡Cuando buena parte de mi familia terminó en las cámaras de gas de los campos de concentración! Nunca miré el color, la raza ni la religión de la gente”. Vivió en Argentina.

A principios de este milenio, colaboré, en forma esporádica y mínima, con un programa de la radio en Chicago. El buen amigo Alfonso Hernández tenía, cada semana, unas tres horas al aire llamadas “Todo en Domingo”, donde solía abordar temas de política, arte, literatura; en fin, todo lo relacionado con la cultura. Mi participación era muy insignificante: me limitaba a leer, generalmente por teléfono, en directo, alguna de mis viejas notitas de libros publicadas en el semanario ¡Éxito! de Chicago. Algunas de ellas, incluso, llegué a leerlas en varias ocasiones porque Alfonso consideraba que se volvían útiles (por algún acontecimiento, como la muerte de un autor, etc.), de última hora. Uno de esos días, Alfonso viajó a Ciudad de México para entrevistar a algunos de esos personajes que aparecían en su programa (entrevistó, entre otros, a Juan Rulfo) y visitar a sus colegas de allá. Al regresar me llamó y me dijo: “Humberto, te traje algo que te va a gustar. Debemos vernos”. Cuando nos fuimos al Taxco, un pequeño restaurante muy cerca de la Tres Américas, me dijo Alfonso con su eterna sonrisa: “Oye, te manda esto Don Julio, por lo que lees al aire en nuestro programa”. Era un ejemplar firmado de Estos años, uno de los tantos libros magníficos de Don Julio Scherer García. El maestro.

 

***

 

 

Mucho, mucho antes, un felicísimo 16 de junio de 1990, estaba naciendo una revista distinta a lo tradicional del Chicago latino: tres américas. Todos los que integraban su primer Consejo Editorial dijeron algo aquella tarde en la librería que llevaba su nombre. Hasta un atolondrado HG balbuceó algo sobre Carlos Monsiváis, los suplementos en los periódicos y su rol en la difusión de la cultura. Henry Russell, uno de nuestros gringos buenos, leyó en esa ocasión su traducción del cuento “Un adiós a la distancia”, el segundo cuento de Alfonso Díaz que aparecía en las páginas azules del primer número de tres américas. La traducción de Henry, el único hablante de francés del barco piratero, fue impecable. Sería una de sus traducciones a todos los cuentos de Alfonso, publicados en el 2000 en los dos idiomas. Todo gracias a Henry.

Adolfo Colón, profesor de secundaria, puertorriqueño, prefirió no leer sus poemas. Sólo se refirió a la problemática social en que nacía tres américas, a su vigencia en una comunidad de grupos comunitarios como el latino. Luego siguió Alfonso Díaz, también maestro (CPS Kanoon Magnet School), presentado por Rosario Vargas, nuestra anfitriona de lujo. Alfonso dijo: “Me pidieron dos cuentos relacionados con niños. Y pensé (debido a estos problemas tan graves que tenemos en el mundo actual, los efectos ecológicos): este planeta tan sufrido, la forma en que estamos destruyendo todos nuestros animales. Y es por eso que escribí un cuentito, primero, acerca de una ballena azul, de la forma en que el hombre está destruyendo, matando la ballena azul. Parece que a Humberto le gustó el cuento y me dijo: esperamos otro.

“[Me] recordé mirando el zoológico Lincoln Park. Vi ese gorila que me llamó tanto la atención. Y lo vi tan enjaulado, tan desposeído de su poder, que pensé: aquí vale la pena contar un cuento y tratar de que los niños también se presenten con ese poder enjaulado. Me hizo recordar a Buschman, el primer gorila traído del Congo a esta Tierra del Frío. Y me dije: vamos a ver cómo sale. Y es porque el niño que va a leer la historia, además de leerla, va a hacer, en origami, a Buschman y a la ballena Azul. Yo considero muy importante que la revista tenga esta oportunidad de ofrecerle a los niños su intervención, porque más adelante todos los niños van a poder escribir su propia historia”.

Y así, fueron hablando ante el público que abarrotó la pequeña sala de Tres Américas, en su primer domicilio de Irving Park: Lito Barraza, Carlos Cabrera, Liliana Cardona Zea, Alejandro Ferrer, Blas Óscar Vera, Ariel Zapata y todos. Excepto Mario Andino, que no pudo asistir a la reunión y envió una carta (¡en el siglo XX las cartas se enviaban por US Postal Service!) que leyó Carlos. Los hermanos Roberto y José Emilio Espoz, exiliados chilenos de la dictadura pinochetista, nos leyeron un puñado de poemas cada uno. Ya para finalizar su lectura, José Espoz nos dijo: “Voy a leer fragmentos que hablan de hechos muy recientes en mi patria. Y dice en parte...” Y leyó:

¿En dónde esconderás la luz / para escrutar / tus tinieblas innumerables? / ¿En qué estaciones estarás / al acecho del cuchillo, / cuando ya se canse de matar / tu espada inútil? / ¿En qué rincón o bajo qué ventana llorarás / la lágrima amarga que te queme la piel? / Arrodillado frente al calvario de tu sueño, / ¿a quién orarás en tu plegaria? // Seguramente dormirás cargado de cuchillos, / ante el terror a tus negras pesadillas. / No cerrarás jamás los ojos, / por el temor a no caer / en el negro cepo de tu propia trampa. // ¿Con qué oscura galería / de roedor o de gusano seguirás? / ¿Con sentimiento miserable, / de maligno / envilecido mortal, / mascullando con odio de puñal / la nueva sangre para los tormentos? / ¿En qué negra noche, / y junto a qué sanguinarios cómplices / planearás el nuevo asalto / de ignominia / a lo más puro, / a lo más claro, / a lo más valioso? // Seguramente llorarás de furia o de cobarde, / cuando los ojos y las manos / de los innumerables / descubran, uno a uno, / la piedra del martirio. // ¿Qué harás cuando los fantasmas de la sangre / te asalten con furia valerosa? / ¿Y dónde estarán tus acompañantes / de la aventura codiciosa, / del asalto turbio, / de la riqueza fácil / y el infame saqueo? // Seguramente hasta cuando aparezcan, / del fondo del mar, / en Iquique, / en el profundo abismo de / los piques de / Chuquicamata, / en el medio del / desierto en Calama / en la arena de / Pitagua. / O en los hornos de cal, / o en las quebradas de Santiago, / en los profundos bosques del sur, / o en las pequeñas islas / del fin del Continente.

Terminó José Emilio Espoz su lectura con estas palabras: “Sin el esfuerzo de nosotros conjunto con ustedes, osto no podría seguir. Por lo tanto, yo les pido que colaboren en este impulso. Y para que la literatura latinoamericana de Chicago siga como un velero que va con el viento a su favor”. La velada había comenzado con Waldo cantando “Si somos americanos”.

El doctor Aarón Kerlow dio un breve discurso que culminó con un ruego a su audiencia: “A mí también me dio gusto ver la tres américas ya cristalizada. Hubo mucha crítica. Creo que eso es bueno, muy sano. Qué malo sería que todos dijeran: ‘¡Qué maravillosa revista!’ Yo al principio quería publicar un cuento erótico. Pero la censura, muy estricta, dijo: ‘¡No, no es posible!’ Entonces yo pensé: y bueno... ¿por qué? Y me dijeron que porque lo iban a leer los niños. Entonces yo pensé: bueno, si los niños lo leyeran dirían ‘¡Qué cosa tan ingenua!’ ...Pero decidí publicar otra cosa porque hay que ser un poco diplomático. El cuento que yo publico es un cuento que se llama “El Hombre Mitad”, trata de mi preocupación sobre lo que es la realidad, lo que es la normalidad... Léanlo, es bastante malo... ¡Y compren la revista!, por supuesto”.

Luego de los aplausos y risas para el inolvidable Aarón Kerlow, nuestra anfitriona anunció: “Ahora con nosotros estará Henry Russell. Este hombre es norteamericano y latinoamericano de corazón, ¡Henry!” Y pasó a los confines de la librería, al último rincón, aquel gran amigo:

“Esto que leeré es muy sencillo. Yo espero traducir algún día a algunos de estos autores. Y tengo precisamente hoy una traducción, que acabo de terminar, de un cuento de Alfonso Díaz: ‘Un adiós a la distancia’”. Y entonces Henry comenzó su lectura: “The King of the Apes had arrived from Africa, on a very large ship. The most famous animal in the world was already in the Port of New York. His ultimate destiny: The City of Chicago...”

 

 

Conversaciones y encuentros en Tres Américas” (parte I)

Primera parte: Pequeñas historias de la revista tres américas

 

Conversaciones y encuentros en Tres Américas” (parte II)

Segunda parte: Pequeños duendes y ángeles de la Revista

 

Conversaciones y encuentros en Tres Américas” (parte III)

Tercera parte: entrevistas en la revista tres américas (parte i)

Tercera parte: entrevistas en la revista tres américas (parte ii)

Tercera parte: entrevistas en la revista tres américas (parte iii)

 

Conversaciones y encuentros en Tres Américas” (parte IV)

Cuarta Parte: pequeña selección de poesía de la Revista (parte i)

Cuarta Parte: pequeña selección de poesía de la Revista (parte ii)

 

Conversaciones y encuentros en Tres Américas” (parte V)

Quinta parte: últimas tardes con Rosario y Ricardo (Final en la Europa), (parte i)

Quinta parte: últimas tardes con Rosario y Ricardo (Final en la Europa), (parte ii)

 

Conversaciones y encuentros en Tres Américas” (parte VI)

Posdata con Don Julio, José Agustín y Olivia Revueltas (parte i)

Posdata con Don Julio, José Agustín y Olivia Revueltas (parte ii)

 


 

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