Acerca de nombres

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Malabarismos del tedio de Marco Antonio Escalante

Editorial 7Vientos, 164 páginas, 2013, $14.95, ISBN 978-0-9831392-2-5

 

Si (como afirma el griego en el Crátilo)
El nombre es arquetipo de la cosa,
En las letras de rosa está la rosa
Y todo el Nilo en la palabra Nilo.

     ~Jorge Luis Borges, "El Golem"

 

Creo que la razón por la que el diálogo de Platón Crátilo vino a mi mente cuando empecé a leer Malabarismos del tedio, del autor Marco Antonio Escalante, es porque lo primero que destacó en el libro, para mí, fue precisamente que el título estaba muy pero muy bien puesto. Difícil encontrar uno más exacto, creo. Y es que el malabarista que sostiene varias pelotas pequeñas en el aire, todas al mismo tiempo, no juega realmente con ninguna, aunque a cada una la toca en algún momento. Eso es lo que el autor del libro hace: el lector no debe esperar encontrarse con una colección de ensayos sobre los diversos temas que se enuncian, ni tampoco con un abanico de investigaciones filosóficas, porque a cada uno de esos variados temas en Malabarismos del tedio les hace falta lo esencial para ser uno o lo otro: un desarrollo de las ideas. Me refiero a rigor en el proceso de pensamiento. El libro ofrece un rico caleidoscopio de ideas originales, en su gran mayoría enunciadas con un lirismo cautivador que muestra sensibilidad estética y la mayor parte de las veces una mirada distinta, pero se trata tan solo de eso, enunciados con la vida efímera de chispas que brillan de pronto, luciérnagas condenadas ontológicamente a ser solo momentáneas luces sin ninguna posibilidad de permanencia. El autor mismo lo reconoce repetidas veces, especialmente en las primeras páginas: “(se trata) De escribir cuando no hay motivo ni sustancia para ello”, “Escribir es una experiencia física que incluso puede darse sin necesidad de la lectura, o yendo más lejos, sin necesidad de contenidos”. Momentáneas inspiraciones luminiscentes, menos mal que ni Sócrates ni Heidegger ni ninguno de los grandes en la historia del pensamiento humano se limitaron a eso.

Me pregunté en algún momento, a lo largo de mi lectura, si en el fondo me estaba enfrentando a la ficción, magistralmente tejida, de un personaje introvertido y solitario que narra una historia a través de una sucesión de reflexiones muy íntimas. Sin embargo, no hay una espina dorsal que dé forma a la secuencia de capítulos para configurar un relato.

El lirismo y la riqueza de algunas de las imágenes también me plantearon la posibilidad de encontrarme frente a una colección de poesía en prosa dentro de una forma muy libre de entenderla y vivirla. El análisis tampoco pasó esta vez la prueba. Mucho menos el sentimiento que me produjo el libro, o, dicho con mayor precisión semántica, la ausencia de sentimiento porque al finalizar cada capítulo tan sólo me quedó la sensación de que pudo haber mucho más (un reto intelectual, un llamado a la sensibilidad artística, o la resonancia de una pasión cualquiera) y no lo hubo. Resultó una experiencia semejante a haberse tomado un muy buen café caliente... ya frío. En esta ocasión, la razón fue el segundo componente del título de la obra, el tedio. ¿Ese de dónde proviene, o el que deja? No hay aquí una respuesta porque como ya lo descubrió hace años Humberto Eco, el lector hace el texto. En todo caso, esa urgencia vital que da a la expresión poética la fuerza que la convierte en arte, aquello que la hace resonar en las profundidades más sensibles de la única especie capaz de vibrar con la abstracción individual y sin embargo reconocerla como compartida (la especie humana), aquí se diluye una vez más, casi que macilenta, para dejar al lector de nuevo con la sensación de una promesa deliberadamente incumplida. Tristemente, tedio también aquí es una palabra perfecta. Carencia de pasión y de compromiso sería también una frase muy bien puesta. El autor no se la juega.

El problema de no jugársela, es que se desconecta al lector, se le empuja hacia afuera. Lo que el autor escribió en Malabarismos del tedio no es bastante para el filósofo o el poeta, ni tampoco es lo que se merecen el literato y el público corriente. Una gran lástima de esto, es que se corre el riesgo de convertir un pensamiento brillante en una colección amorfa, sin horizonte, de reflexiones personales que a pocos (los amigos, fanáticos fieles) interesa. Es un gran desperdicio encontrarse con una mente al parecer privilegiada, sensitiva y de pensamiento original, que no se exige a sí misma sino que se conforma con dar pinceladas aquí y allá, errática, sin el atrevimiento ni la profundidad que son esenciales (definitorios) en el arte y en la filosofía.

Martha Cecilia Rivera. Narradora y poeta colombiana. Su trabajo, que ha recibido varios reconocimientos internacionales, incluye la novela Fantasmas para noches largas, el volumen de relatos Opera de un hombre que buscaba,y el poemario, Peldaños de Brecht. Actualmente colabora con varios periódicos y revistas escribiendo sobre temas de literatura. Puede leer su blog presionando el enlace.

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