Volver a los festivales: replantearse los adioses

Volver a los festivales: replantearse los adioses

Los sonidos de Roxy

 

Mi vida y mi profesión son la música, no sólo escucharla sino presenciar el sonido en vivo y, con el descanso pandémico, me vi obligada a repensar en dónde invertir mi energía y tiempo. Por eso, a mis treinta y tantos, supuse que ya había visto suficientes shows en vivo y decidí que ya solo asistiría a tres festivales top de música en el mundo: Inglaterra, Japón y Barcelona. Además, en los últimos años, aunque el número de festivales de música ha aumentado en el continente americano, la oferta no cambia. Cada uno, a pesar de sus particularidades, es un reciclado de artistas y no siempre ofrecen espacios seguros para la mujer. En cambio, el Primavera Sound de Barcelona es otro mundo.

Corría el 2019 y antes de vernos sumergidos en esta burbuja de COVID, compré boletos para Primavera Sound, catalogado como uno de los mejores festivales de música alternativa del mundo. Celebrar veinte años de este festival en un foro junto al mar mediterráneo sonaba como un retiro grandioso, pero luego llegó el covicho y, como todo, se pospuso. Después de dos años de espera, en junio de 2022, hice mi entrada triunfal al Parc del Fòrum. Ahí estaba junto a miles de extraños, en un país desconocido, pero sintiéndome la persona más dichosa del mundo. Al norte de la gótica y moderna Barcelona se encuentra este parque asombroso, aunque no es estrictamente un parque con zonas verdes, más bien es un espacio representativo de los avances y la arquitectura moderna de Cataluña donde la pérgola fotovoltaica es uno de los mayores símbolos de la energía sustentable.

 

 

La experiencia en el primer día de Primavera (un jueves), me remontó a la sensación que tuve en mi primer festival en la adolescencia al estar frente a lo nuevo. En las primeras horas, caminé y exploré asombrada por la impecable producción y logística del evento. Recorrí diferentes vías para llegar a los dieciséis escenarios, los cuales cerraban su paso en la noche para no congestionar el festival al que acudieron aproximadamente medio millón de personas durante dos fines de semana, además de diversos eventos adicionales en otros venues de Barcelona. 

Más allá del nivel supremo de exponentes internacionales que pude disfrutar, tales como Tame Impala, The Linda Lindas, Pavement, María José Llergo, Carolina Durante, Jamila Woods, Gorillaz, por nombrar algunos, lo impresionante de mi primer festival fuera del continente, fue vivir en su totalidad el acto en directo, siendo parte de la comunión colectiva a través de la música, más allá del género. Todo esto, en completa paz y sin sentir la inseguridad y tensión que genera un batallón de policías o elementos de seguridad inspeccionando hasta el último rincón del backpack. A pesar de que sí hubo presencia del cuerpo policial de Barcelona, sentí más amigable el ambiente que lo que me ha tocado vivir en los últimos años en algunos festivales de Estados Unidos.

Los highlights fueron: andar por las calles empedradas del Barrio Gótico (con los peores sneakers) a más de treinta grados Celsius (86°F) para llegar a la parada del transporte; ir apachurrada en el metro junto a un tipo sudando a chorros; meterme a la brava en la fila del camión entre tantos británicos gigantescos a las 3 de la mañana para llegar a El Raval; esperar eternamente por un vino mientras temblaba con el frío playero; bailar como si no hubiera un mañana en el stage Boiler Room; entrarle gustosamente a la fruta picada y unas empanadas que compré para llevar del Mercat de la Boqueria, ¡porque allá sí eres libre de meter comida! ¡Ah!, y comer unas patatas (papas fritas) frente al Mediterráneo. 

Cuando hoy en día todo se vive a través del smartphone, ser parte del en vivo en un espacio tan remoto, pero a la vez tan propio, sin celulares tapando la vista, me dejó atónita. ¿Qué tanto se vive la experiencia de un concierto grabando y haciendo lives? Por cierto, mi iCloud está congestionado y me alerta que tengo alrededor de 1500 videos de clips de conciertos. Ahora me pregunto si vale la pena gastar mis bytes para documentar esos momentos por perderme otros. 

Mi mayor registro sonoro de Primavera Sound fue la noche y el mar: un silencio brutalmente expresivo contemplando alguna estrella situada a miles de años luz. Mi Primavera, aunque tarde, fue una experiencia donde se replantearon los adioses, los planes de vida, donde vi a las personas con otros ojos de empatía, pero sobre todo donde empecé a escuchar con otro oído. Había valido la pena renunciar a un trabajo, dejar otro en pausa y salir de Chicago. Pero, sobre todo, había valido cruzar el Atlántico para volver a la vida y también para darle una nueva oportunidad a los festivales.