Todas somos todas

Todas somos todas

Alma Domínguez: Ni Una Más, óleo sobre tela. 18” x 24”, 2019

 

 

Escribo. Las letras me han obsesionado desde siempre. Me agrada jugar con ellas, formar palabras y a ratos empeñarme —a veces hasta casi desfallecer— en el complicado propósito de usar las adecuadas para intentar, con verdad, ser precisa en lo que deseo compartir. Esta cualidad la comencé a cultivar desde niña.

Ahora recuerdo, cómo olvidarme de la Plapla, la simpática e inquieta protagonista de ese cuento infantil de María Elena Walsh. Ni siquiera puedo recordar cuántas veces leí y releí la historia de Felipito Tacatún y el extraordinario hallazgo en su cuaderno cuando escribía emes, eles y zetas. El hecho es que cierto día, mientras hacía su tarea, una letra trazada por él cobró vida y comenzó a despatarrarse o patinar sobre la página como una araña de tinta. El signo no solo caminaba, jugaba o bailaba alegre, también tenía una pequeña vocecita con la que cantaba un vals. Dijo ser una Plapla. Felipito la llevó a la escuela y causó tal revuelo que se le excluyó del alfabeto para no distraer a los niños de sus estudios. Desde entonces, según el relato, cada vez que un pequeño escribe una Plapla por casualidad, ésta es resguardada en una cajita por su maestra, la cual tiene la misión de mantenerla en secreto.

Durante esos años escolares, aunque el cuento me parecía en general sonriente, era inevitable que al final me dejara una especie de pesar al imaginarme una Plapla inerte, cautiva, sin la posibilidad de vivir ni gozar. “Qué le vamos a hacer, así es la vida. Las letras no han sido hechas para bailar, sino para quedarse quietas una al lado de la otra, ¿no?”.

No. Yo prefiero la idea de un sitio habitado por letras audaces y, por qué no, repletas de belleza, encanto y alegría. Sin embargo, la realidad no es un ente que, a porfía, se diseñe a la medida. Esto me lo ha enseñado un maestro contundente —que al tiempo es mi oficio— y, tal como lo observó Gabo, es el mejor del mundo. Así, por el periodismo he aprendido también que las letras no son Plaplas —o al menos que no todas existen para patinar y entonar un vals.

Hay letras que duele escribir. Las que siguen son de este tipo, emergieron de lágrimas, angustia y pena; de fatalidad, rabia e impotencia. Estas letras corresponden a quienes estuvieron, pero ya no están ni volverán más.

Rubí, Mariana, Guadalupe, Lesvy, Ingrid, Fátima, Karen, Mara, Wendy, Génesis, Viridians, Marbella, Giselle, Otilia, Marlen, Valeria, Campira, Brenda, Pati, Seyni, Areli, Ericka, Lorena, Paulina, Judith, Alicia, Vanesa, Eugenia, Saidi, Mayra, Abril, Elena, Celia, Diana, Serymar, Lucero, Dayani, Alejandra, Pilar, Vianca, Isabel, Selene, Mayrin, Paloma, Nazarea, Fernanda, Dayana, Elisa, Carolina… Las dueñas de estas letras, agrupadas en nombres, nacieron mujeres y murieron en el intento de serlo.

Quizá —y pese a que la alusión se lea como cliché— algunas de ellas soñaron con ser bailarinas, astronautas, doctoras o maestras con la misión de atrapar y ocultar a las Plaplas. Tal vez fueron las que jamás imaginaron formar parte de las estadísticas por haber sido convertidas en víctimas de un delito que no termina de asimilarse en el imaginario colectivo: feminicidio. Sí, lo escribo una vez más: fe-mi-ni-ci-dio, es decir, el asesinato de una mujer, niña o adolescente por razones de género. Sí, lo tecleo de nuevo: es un asunto de gé-ne-ro, como también lo es de poder, estructura, biología, cultura, sociedad, crueldad y misoginia.

Entre ellas, las víctimas, hubo quien se extinguió para siempre sin haber perdido los dientes de leche. También quien jamás concluyó la escuela o la que incluso ya no podía ocultar sus arrugas y cabellera blanca. Algunas fueron madres de los que ahora se quedaron huérfanos. Otras eran las hijas de alguien que no se sobrepone a la espantosa ausencia que le ha sido impuesta. Algunas migraron, otras no. Sin embargo, la violencia feminicida no sabe de fronteras. Lo que las unifica es la tragedia que las embistió por ser mujeres. Sin importar su edad, raza, nacionalidad, quehacer, clase, idiosincracia, preferencias o condición todas ellas fueron maltratadas, violentadas, violadas y torturadas hasta la muerte.

Por ellas, por Rubí, Mariana, Guadalupe, Lesvy, Ingrid, Fátima, Karen, Mara, Wendy, Génesis, Viridians, Marbella, Giselle, Otilia, Marlen, Valeria, Campira, Brenda, Pati, Seyni, Areli, Ericka, Lorena, Paulina, Judith, Alicia, Vanesa, Eugenia, Saidi, Mayra, Abril, Elena, Celia, Diana, Serymar, Lucero, Dayani, Alejandra, Pilar, Vianca, Isabel, Selene, Mayrin, Paloma, Nazarea, Fernanda, Dayana, Elisa, Carolina y por todas las que fueron nombradas de otra forma y también sucumbieron ante quien las asesinó, esta es una fecha donde son inaceptables los festejos y felicitaciones para las mujeres “por ser su día”.

Hoy, es una jornada para con-me-mo-rar. Conmemorar conlleva re-cor-dar. Recordar es un ejercicio que impide ol-vi-dar. Olvidar dificulta la reflexión y la toma de con-ci-en-cia. Conciencia es una facultad urgente en estos tiempos de caos e in-dig-na-ci-ón. Indignación por las mujeres que faltan… y por las mujeres que van a faltar a razón de la violencia feminicida.

En esta ocasión he excedido el uso de los puntos suspensivos. Lo he hecho de manera consciente porque el porvenir es impreciso. Me invade la necesidad de que los casos reales que reporto sobre feminicidios sean los últimos. Pasar la página con un enorme y contundente punto final que nos permita superar este capítulo negro de la historia contemporánea en el que la sociedad se ha vuelto suicida al asesinar a sus mujeres.

El objetivo es claro y urgente: curar el tejido social necrótico a través de cambios estructurales necesarios hacia un sistema de relaciones equitativo, más humano, con menor desigualdad de género, social, cultural, económica, política y jurídica.

Mientras utilizo estas letras para no olvidar a las desafortunadas, a quienes en terribles circunstancias les arrebataron su último aliento como víctimas de feminicidio, recuerdo el final de La Plapla: “Las letras no han sido hechas para bailar, sino para quedarse quietas una al lado de la otra”. Soy rebelde ante tal idea. Además, este no debe ser el mismo destino para las mujeres, niñas y adolescentes reales, el de quedar confinadas a no vivir ni gozar en plenitud, a permanecer cautivas y en silencio para no incomodar.

En franco repudio a esta idea, como un paliativo, ahora llegan a mi memoria esas letras que, convertidas en palabras, me alientan: Amor. Consciencia. Otredad. Sororidad. Solidaridad. Empatía. Respeto. Feminismo. Equidad. Verdad. Justicia. Regeneración. Vida. Esperanza.

Ansío dejar de escribir para lamentar y reclamar la ausencia de una más o para tratar de entender en qué clase de sitio habito al reportar la muerte cada vez más violenta y sádica de otra mujer que se suma a la cifra de miles de víctimas que son asesinadas cada año en el mundo. Sin embargo, mientras este patrón no se revierta, me es imposible dejar de hacerlo. Vaya bofetada dolorosa —pero jamás tan hiriente como dejar de existir en las circunstancias más crueles y desgarradoras— en medio de la alerta transnacional por la violencia de género contra las mujeres. Corrijo, por la violencia de género contra nosotras.

Todas somos todas. Todas, somos todas. Todas somos, todas. Todas somos todos. Todos. Todas.

 

 

DOSSIER

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