POR MI RAZA HABLARÁ LA VIRGEN

POR MI RAZA HABLARÁ LA VIRGEN

 

Goddess of the Americas / Diosa de las Américas. Selección y prólogo: Ana Castillo. 
Riverhead, 1996

 

En 1995, en una nota de presentación del libro de Richard Nebel, Santa María Tonantzin Virgen de Guadalupe(México, FCE), Guillermo Schulenburg Prado, abad de la Basílica de Guadalupe, la más importante del Continente Americano, escribió estas palabras: “Hasta la fecha no se ha podido precisar históricamente quién fue el autor del famoso Nican Mopohua. ¿Fue acaso un celoso misionero indígena empeñado en la catequesis de los indígenas? ¿O tal vez un indígena culto con cualidades literarias y conocimientos teológicos? Lo ignoramos. ¿Cuándo se escribió dicha narración? Algunos piensan que en el último cuarto del siglo XVI”.

Esa honestidad con que el abad reconocía las imprecisiones existentes en el principal texto guadalupano la pagaría caro. Similares dudas expresadas en torno a la autenticidad histórica de Juan Diego provocarían su debacle. Poco antes, en una entrevista publicada en una revista de escasa circulación en México (Ixtus, dirigida por Javier Sicilia), pero retomada por un diario italiano, Schulenburg había manifestado su objeción a la canonización de Juan Diego. El abad, desde su puesto vitalicio, había osado poner en entredicho la existencia siquiera del indio. 

En septiembre de 1996, al verse objeto de la ira general, Schulemburg renunció a su puesto. El 31 de octubre de ese año ofició su última misa como abad de la Basílica de Guadalupe. No fue una salida sin controversia: se habló de intrigas palaciegas al interior de la Iglesia católica, con el Arzobispo Primado Norberto Rivera como el responsable de la difusión del escándalo.

Pero quizás su caída era inevitable: enfrentarse a lo que el gran escritor, el historiador y periodista Fernando Benítez llegó a calificar en su libro Los primeros mexicanos (Ediciones Era, 1965) como “la invención milagrosa más hondamente arraigada en el pueblo de México”, era lanzarse por un despeñadero. A la virgen —parece— nadie la toca. Ni el mismísimo abad.

¡Qué bueno y saludable hubiera sido que se hubiese entablado un serio debate sobre el tema, aprovechando las circunstancias y la fama de Schulenburg! Pero fuera de la revista Proceso y unas pocas publicaciones, los intelectuales y los historiadores actuaron con una prudencia muy parecida al temor: ninguno se atrevió —o quiso— alzar la voz en defensa del abad de la Basílica. El arzobispo Rivera lo reemplazó de inmediato con un rector subalterno.

Sólo se escuchó el ruido y la furia de los “aparicionistas”. Que alguien criticara la decisión de Juan Pablo II de poner a Juan Diego en los altares provocó reacciones descomunales. Tal vez no les faltaba razón: “En México —escribió en un ensayo el Nobel Octavio Paz— el catolicismo se concentra en el culto a la Virgen de Guadalupe. Ella es el consuelo de los pobres, el escudo de los débiles, el amparo de los oprimidos. En suma, es la Madre de los huérfanos”. ¿Se dan cuenta? Que se dé de santos el abad de haber salido arañado pero vivo del linchamiento.**

El nombre de la virgen aparece ligado al del franciscano Juan de Zumárraga, primer obispo de México, gran defensor de los nativos pero —cosa curiosa— acusado de destruir innumerables documentos indígenas. En el gran Colegio de Tlatelolco (que él fundara) se educó Antonio Valeriano, a quien se le atribuye el Nican Mopohua (dos palabras en náhuatl que se pueden traducir como el Aquí se narra). Este manuscrito, fundamental en la cosmogonía guadalupana, es el primero en mencionar las apariciones en el cerro del Tepeyac. Se refiere a la virgen con el nombre de Tequalasupe, o Tlecuauhtlacupe, “aquella que surge de la luz, como el águila dorada”. Su castellanización —sugieren algunos— pudo haber derivado en “Guadalupe”.

Este acontecimiento que —según la tradición— ocurrió en diciembre de 1531, no fue publicado sino hasta 117 años después por Lasso de la Vega. No se conserva el manuscrito original del Nican Mopohua; la copia más antigua es la de Lasso. Pero ya sea mito o realidad, lo cierto es que esta aparición —en palabras del historiador inglés David Brading, incluidas en el libro de Richard Nebel— “señala el nacimiento de la Iglesia mexicana”, y la nueva basílica de Tepeyac es “el testimonio más efectivo del perdurable poder de la Guadalupana”.

Su culto ha traspasado las fronteras. Proclamada en el siglo XVIII “Patrona de México” por el papa Benedicto XIV, su patrocinio fue extendido a “toda la América Española y las Islas Filipinas” desde 1877 por el papa Pío IX. En la época actual, en Estados Unidos —muy particularmente en la comunidad chicana— ha surgido un interés creciente por la virgen “mestiza”. Junto con Frida Kalho y otros iconos del chicanismo, la imagen de la “Diosa de las Américas” ha venido a instalarse como una reina. Un libro editado recientemente [era 1996] por Ana Castillo —una escritora nacida en Chicago en 1953— así lo demuestra: Goddess of the Americas / Diosa de las Américas. Es una antología que reúne a 25 autores del orbe hispánico que han escrito sobre el tema, con ideas y aproximaciones que —a veces— concuerdan. La gran mayoría (12) son chicanos, pero también hay 6 anglos, 6 mexicanos y una puertorriqueña.

Miriam Sagan, Luisa Teish, Cherrie Moraga, Rosario Ferré, Denise Chávez, Pat Mora, son algunas de las mujeres autoras de los textos. Entre los varones están Luis Rodríguez, Felipe Ehrenberg y Francisco X Alarcón, entre otros. Todos ellos, a su manera, reflexionan y nos hablan de su experiencia, o de su encuentro, con dicha fe. Goddess of the Americas no es —debemos aclararlo— un libro histórico o religioso, aunque ambos elementos aparezcan. Son textos literarios donde la memoria autobiográfica es empleada para subrayar ciertos aspectos del fenómeno guadalupano. Algunas de las anécdotas lucen bastante personales (como la de Sandra Cisneros) pero otras muestran el rigor científico del anatomista (Francisco González- Crussí).

Los chicanos —que tuvieron que pasar por su propia experiencia de rechazos en el mundo anglosajón— admiran enormemente el pasado indígena, implícito en el culto de Guadalupe. Gloria Anzaldúa dice: “ella, al igual que mi raza, es una síntesis del viejo y el nuevo mundo”; Richard Rodríguez considera que “el catolicismo se ha vuelto una religión indígena” y hasta pronostica que “el próximo siglo [ya el XXI], por cuestión de cifras, el corazón de la Iglesia católica será América Latina”. De Octavio Paz se reproduce un capítulo de El laberinto de la soledad (1950). Con excepción de ese texto notable, todos son recientes. Uno que llega como regalo del cielo es el de Elena Poniatowska: los que ya conozcan el Diario de Lecumberri, del gran Álvaro Mutis, quedarán encantados; pero aun si no lo conocen lo disfrutarán, sin duda.

Dice Ana Castillo en el prólogo de Diosa de las Américas: “Ya por finalizar este siglo, y a unos pasos de dejar atrás este milenio marcado por migraciones, por conquistas y humillaciones, por plegarias, ruegos y esperanzas, ofrecemos estos escritos sobre Guadalupe-Tonantzin en homenaje a Nuestra Madre. Todas las historias, los poemas, ensayos y cuentos aquí reunidos quieren ser como esas humildes cuentas de los rosarios que nos sirven para meditar. Que queden como fiel reconocimiento a la Madre, en este mundo que apenas parece sostenerse por el delgadísimo hilo de la esperanza”.

 

** Más detalles en la posdata del 12 de diciembre de 2020

 

Publicado en el semanario ¡Éxito! de Chicago en 1996

 

 

 

GUADALUPE LA CHICANA (LA MEXICANÍSIMA TONANTZIN)

(Posdata de 2020 a un libro de Ana Castillo)

 

El 28 de marzo de 2011, un joven de 24 años, Juan Francisco Sicilia Ortega, fue encontrado sin vida en un vehículo abandonado en Temixco, en el estado mexicano de Morelos. Junto a su cuerpo estaban otros seis cadáveres. Las muertes —se sabría después— habían ocurrido el día anterior, en la noche del 27. Los responsables, miembros del cártel de Héctor Beltrán Leyva, capturados semanas después, declararon que se había tratado de un error de identidad, que habían ejecutado a los 7 inocentes “para proteger a dos madrinas” (dos policías corruptos).

Juan Francisco era hijo de Javier Sicilia, un reconocido escritor, colaborador del diario La Jornada y la revista Proceso, donde aparecían sus brillantes ensayos críticos del gobierno. En 1993, Javier Sicilia había obtenido el premio José Fuentes Mares por su novela El bautista; y luego en 2009 el premio Nacional Aguascalientes de Poesía por su libro Tríptico del desierto.

El 2 de abril de 2011 —leemos en una nota del diario El Universal— “frente a la ofrenda que se instaló en la Plaza de Armas en Cuernavaca en honor de su hijo, Sicilia anuncia su retiro de la poesía. Relata que durante el vuelo de Filipinas (donde se encontraba) a México escribió un poema dedicado a su hijo, a quien llamaba Juanelo; con este texto se despide de la poesía.”

“El mundo ya no es digno de la palabra / Nos la ahogaron adentro / Como te asfixiaron / Como te desgarraron a ti los pulmones / Y el dolor no se me aparta / Sólo queda un mundo / Por el silencio de los justos / Sólo por tu silencio / Y por mi silencio / Juanelo” (Javier Sicilia, 2011)

A partir de esa tragedia que ensombreció las vidas de siete familias y que conmovió al mundo mostrando con crudeza el dolor de las víctimas de la violencia, Javier Sicilia convirtió en causa la lucha en defensa de los derechos humanos. Fundador y líder del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), la voz del poeta ha resonado desde entonces en el ámbito político y social del país. En 2011 organizó una Caravana por la Paz que recorrió varias ciudades de los Estados Unidos. Ese año, en un bello gesto de solidaridad, José Emilio Pacheco, Juan Gelman y otros 67 poetas lanzaron una edición limitada de Poemas para un poeta que dejó la poesía.

Pero aún antes del horrendo suceso que cambió su destino, el nombre de Javier Sicilia había acaparado ya los titulares de México y el mundo. Sin esperarlo —mucho menos quererlo— este cristiano ejemplar se vio involucrado en uno de los mayores escándalos de la Iglesia católica de fines del siglo XX: la renuncia (obligada) del abad de la Basílica de Guadalupe al puesto que hasta entonces había sido vitalicio. La caída de monseñor Guillermo Schulenburg Prado.

 

***

 

A raíz de la muerte de Schulenburg a los 93 años, acaecida el 19 de julio de 2009, el sociólogo Bernardo Barranco publicó un artículo en La Jornada que vale citar en sus partes sustanciales. El también autor y coordinador de libros tan notables como Las batallas del Estado laico El pastor del poder, conductor del programa “Sacro y profano”, escribió del controvertido abad: 

“Fue un actor eclesiástico poderoso e influyente en la vida pública de México. Gracias a su estrecha relación con Emilio Azcárraga Milmo [...] logró posicionar sus misas dominicales y Mañanitas guadalupanas las madrugadas del 12 de diciembre en la TV abierta, brincándose toda norma prohibitiva. Probablemente su mayor logro fue haber construido la nueva basílica [...] con las aportaciones empresariales y principalmente de los gobiernos de Luis Echeverría y de José López Portillo, en apariencia dos garantes y defensores del Estado laico. Si bien en sus memorias se vanagloria de haber pronunciado más de 2 mil homilías ante los 12 o 15 mil peregrinos que acudían regularmente a La Villa, y las casi 100 mil personas que llegan los domingos, Guillermo Schulenburg Prado será más recordado por ser un guadalupano antiaparicionista: el abad que se atrevió a oponerse a la canonización de Juan Diego.

“Schulenburg vivió y formó parte del sistema de Estado y del absolutismo presidencialista. [...] Era recurrente escucharle que había acompañado en su lecho de muerte a algunos presidentes de México. [...] La ambivalencia acompañó toda la vida de Schulenburg. Hijo de inmigrante alemán, huérfano a los 12 años, vivió penurias y pobreza; lo encontramos en la década de los 60 en la plenitud de sus 50 años, alardeando parentescos con la nobleza europea de Hannover. Custodio del santuario guadalupano que condensa la religiosidad popular más intensa del continente que practica la gente más humilde, no tiene empacho de darse al mismo tiempo una vida disipada de acaudalado. [...] Sus mayores escándalos no fueron el reconocimiento de algunos hijos y demandas de paternidad, sino desconocer al indio de Tepeyac [en sus declaraciones a Ixtus en 1995] en momentos en que se desató una batalla entre él y el nuevo arzobispo Norberto Rivera por el control y los dineros de la abadía.

“Meses antes de la canonización de Juan Diego [por el papa Juan Pablo II, en julio de 2002] y seis años después de su renuncia, el propio Tornelli [Andrea Tornelli, el periodista italiano de Il Giornale 30 Giorni, que detonó el escándalo] publica una carta interna firmada por varios sacerdotes, entre ellos Schulenburg, dirigida a la Congregación Romana de los Santos en la que pidieron sin éxito reconsiderar la santificación. Schulenburg muere a los 93 años y probablemente se lleve a la tumba cientos de valiosos materiales sobre las apariciones que varias veces amenazó con destruir para no seguir abonando a la polémica (revista Siempre!)... Y después de todo, ¿dónde quedó San Juan Diego? Creemos que desdibujado por la excesiva comercialización y la incapacidad pastoral de la arquidiócesis. Probablemente Schulenburg tuvo razón.” Con esto concluía Bernardo Barranco su epitafio del último abad de Guadalupe.

 

***

 

Recuerdo aquel verano de 2002 con la nostalgia del que se sabe viejo y sufre este invierno de 2020 aterrado por el virus. Un año ingrato que parece no tener fin. Fue esa la ocasión —no la última, espero— en que Estela y yo estuvimos con nuestros hijos adolescentes en el pueblito serrano La Purísima, del municipio de Tepehuanes, Durango. Pudimos disfrutar la presencia y amor de parientes ya fallecidos, entre ellos mi madre (mi Luz, lucero) y los padres de Estela.

Era la última semana de julio cuando llegamos a La Puri. En la entrada al pueblo habían puesto un rótulo que decía —creo recordar—: “Bienvenidos a La Purísima, tierra de nuestro cardenal”. Por hacer saber —o presumir— a los pocos visitantes foráneos —o despistados— que allí en la mera Puri había nacido el más famoso del mundo católico. El eximio Norberto Rivera Carrera.

Había motivos para tamaño orgullo. No sólo en La Puri sino en Roma y en todo el país azteca: el 31 de julio el papa pondría en el altar más alto a Juan Diego, el mítico indígena del Tepeyac. Y nuestro cardenal había tenido mucho que ver en ese asunto; su nombre estaba en boca de los locutores de radio y televisión que —de paso_ mencionaban su cercanía con Juan Pablo II. Los lugareños —familiares suyos, algunos— suspiraban y hasta rezaban porque un día —quizá pronto— ocupara el trono mayor. “Juan Pablo está viejo” —decían. Y el cardenal era “papable”.

No por nada eran grandes las esperanzas de mi gente. En un lapso relativamente corto, Rivera Carrera había pasado de ser simple cura a ocupar puestos eclesiásticos importantes. Bernardo Barranco, en su libro El pastor del poder, cuenta cómo el joven padre Norberto (ordenado por Paulo VI en 1966) fue ascendiendo, arropado por el manto protector de Girolamo Prigione, el primer nuncio apostólico de México, un diplomático del Vaticano muy polémico. El carácter y las ideas de Norberto se ajustaban muy bien a los fines políticos y conservadores de Prigione.

En 1985, el Padre Beto —como le decían mis paisanos, con afecto— fue nombrado obispo de Tehuacán, Puebla por Juan Pablo II. Los obispos mexicanos eran promovidos, mayormente, por el poderoso nuncio papal, el representante de la Santa Sede. Durante su gestión de diez años como obispo de Tehuacán, Norberto se vio envuelto en escándalos y controversias. El 13 de junio de 1995, cuando pasó a ocupar la arquidiócesis de México como arzobispo primado —otro cargo debido a Prigione— Rodrigo Vera escribió en la edición 972 de la revista Proceso:

“Encargado de clausurar el principal seminario adscrito a la teología de la liberación y protagonista de un escándalo donde al parecer se disputaba el manejo de los negocios eclesiásticos en importantes empresas poblanas, Norberto Rivera Carrera, obispo de Tehuacán y hombre fiel a Roma, fue la pieza que colocó el Vaticano a la cabeza de la arquidiócesis de México. Con esa designación, Prigione logró imponer a uno de sus incondicionales en la principal arquidiócesis del país y, por lo tanto, desplazar al cardenal Ernesto Corripio Ahumada, anterior arzobispo de México que buscaba el mismo objetivo”.

En su amplio reportaje, Rodrigo Vera incluía datos y comentarios del representante legal del cardenal Corripio Ahumada. Para dar una idea del poder que tuvo el nuncio, transcribo esto: “Prigione se salió con la suya. No cabe duda de que es un diplomático muy hábil y astuto; nos ganó la partida [...] Ahora, al nuncio sólo le falta quitar al obispo Samuel Ruiz de la diócesis de San Cristóbal de las Casas. Con eso coronará con broche de oro su trabajo en el país”.

 

*** 

 

Era la apoteosis. Se vivían días de gloria —humana y divina— en la pequeña población serrana bautizada en 1904 con ese extraño nombre: La Purísima. Ese verano de 1998 quedaría grabado en la mente de todos los paisanos míos —y en algún video— como documento de la Historia. Hacía apenas meses —el 21 fe febrero— que su hijo más ilustre, Norberto Rivera Carrera, había ascendido aún más en la escala de ordenanzas de la Iglesia. Era el nuevo cardenal de México.

El Chicago Chiquito —como gustan de llamar a su pueblo algunos purisimeños— se aprestaba a recibir al Padre Beto en su nueva investidura. Con fondos reunidos —unos 10 mil dólares— por la gente “norteña” (los migrantes de La Puri radicados en Estados Unidos) se había mandado esculpir una estatua de tamaño natural, en bronce, con la figura del cardenal; para compartir la alegría con el mundo, ensalzar al flamante prelado y festejarse el pueblo mismo. Sería la primera de las dos estatuas que tendría Norberto en el municipio. Coincidía con la temporada del tradicional regreso de muchos paisanos al “Terre”, a su querido terruño. La fiesta en grande, espléndida.

Temprano ese día, se armó una selecta comitiva para recibir al cardenal en el “entronque” —el tramo que va de la carretera principal al pueblo— con gente aseada, a caballo, y con música (¿La Banda Villa Unión?). Eran aquellos los tiempos duros del narco. El “Chapo” dominaba la zona, pero había disputas entre los cárteles, por lo que Norberto llegaría resguardado por un gran cuerpo de seguridad (una veintena de agentes). Al llegar al entronque, el antes Padre Beto se apeó del lujoso automóvil y —con la sencillez que todos recordaban— se encasquetó el primer sombrero que le ofrecieron y se montó en un caballo. Estalló el júbilo. La caravana de briosos corceles y autos blindados, seguidos por la banda que tocaba el Durango, Durango entró a la calle principal. Ya estaban bien instaladas carpas y mesas, con suficientes viandas y bebidas como para alimentar veinte Puris. Toda la región estaba muy invitada a la comilona. La develación de la estatua del cardenal, y luego una misa solemne, fue la cereza del pastel.

 

***

 

En el número 1319 de la revista Proceso, con fecha 11 de febrero de 2002, apareció un artículo de Javier Sicilia con este encabezado: López Dóriga, Norberto Rivera y el Caso Schulenburg.** Casi a cuatro años exactos de que el cardenal Norberto ocupara el puesto. Las revelaciones de Javier Sicilia no podían ser más demoledoras. Aclaraban las muchas dudas y suspicacias de un caso que había conmocionado al mundo católico. Yo, subscriptor de la revista, la leí entonces.

Aquel verano de 2002, cuando regresamos al pueblo por otros motivos felices (dos bodas en la familia: mi cuñado Rubén con Ceci, y las “bodas de oro” de mis tíos Ramona y Juan Arenas), La Purísima se reponía de la resaca de otra gran fiesta. Nos la habíamos perdido sólo por días. 

El cardenal había vuelto a La Puri y —otra vez— su presencia había sido motivo de agasajos. No recuerdo el porqué de su regreso, pero no fue un imprevisto. Los norteños de Chicago lo festejaban seguido. Bien pudiera haber sido su 36 aniversario de haberse ordenado como sacerdote, o la celebración, algo retrasada, de su cumpleaños. (Nació el 6 de junio de 1942). Una explicación —más factible— era la canonización inminente de Juan Diego ese fin de mes.

“¿Por qué no vamos a la iglesia, para que la conozcan? Verán que es muy bonita. Quién quita y hasta haya alguna misa o rosario” —preguntó Estela a Hugo y César. Aceptaron, refunfuñando. Los muchachos salieron a sus abuelos y su padre: poco afectos a las misas. Pero visitamos el templo que, efectivamente, lucía hermoseado. No había misa pero pudimos ver su interior iluminado, con su silencio que invitaba al recogimiento. El recinto me pareció más pequeño de lo que guardaba mi memoria. Por recordar su niñez, Estela quiso rezar un poco. Yo salí con mis hijos a fumar un Raleigh en el patio. Contemplé de nuevo la estatua y les di la razón a los críticos de arte pueblerinos: el rostro de la figura no se parecía al modelo que aparecía en los diarios. “El escultor debería rehacerla” —pensé. Y así ocurrió. No sé si gratis o con descuento. 

Habiendo leído —como dije— el artículo de Sicilia que había suscitado tantos comentarios, y encontrándome, casualmente, en la patria chica de uno de sus protagonistas, no pude evitar preguntarle a unos cuantos parientes su opinión al respecto. Casi desconocían la historia, y el nombre de Schulenburg o Sicilia no les decía nada. No me extrañó: Proceso no llega a La Puri. Un día, al llegar a la casa familiar, mi madre me dijo muy seria: “Mi Beto, vino Cuca [mi tía] y me contó de una conversación que tuvo usted con Teto [mi primo], que la dejó preocupada. Cuca dice que aquí la gente es como es, y adoran al cardenal”. La tranquilicé diciéndole que mis comentarios eran con gentes de confianza, respetando la fe del otro. Mi madre sonrió.

Apenas he cruzado palabra con Norberto Rivera Carrera en mi vida, a pesar de que existen algunos vínculos familiares por el lado de mi abuela Cuquita. Cuando yo era adolescente y estudiaba en la ciudad de Durango, nos llegamos a encontrar en varias ocasiones en la casa donde me hospedaban. Era amigo de la familia. Me agradaba su sencillez, su apariencia de cura moderno, nunca esperando el besamanos. Simplemente me extendía su mano. Escribo esto para decir que nunca ha existido en mí encono contra su persona, como —quizá—podrían suponer algunos malpensantes. Mi desencanto es con el personaje, nunca el ser humano.

Siempre me ha fascinado San Manuel Bueno, mártir, la novela breve de Miguel de Unamuno. La historia de ese párroco de aldea, el ángel protector, líder moral, profundamente cristiano del pueblito Valverde de Lucerna no tiene desperdicio. Sobre todo esa relación con el joven estudiante Lázaro —hermano de Ángela, la voz narradora— me dejó boquiabierto cuando la leí por vez primera. Varios críticos han señalado la dimensión filosófica del relato, la reflexión sobre la creencia en la inmortalidad, con la trágica verdad y la felicidad ilusoria. Cuando uno nació y creció en un pueblo parecido a Valverde de Lucerna, la conexión resulta inevitable.

 

***

 

Es 2004, otro verano, otra gran celebración. La fiesta del centenario. Esta vez, aparte de los purisimeños de allá y de acá (El Norte) hubo sólo unos cuantos invitados selectos. Quizá el más comentado en la región fue aquel que llegó a La Puri a bordo de un helicóptero. Aterrizó a campo raso en las orillas del pueblo, y traía un regalo sorpresa. Era un amigo personal del cardenal, un ingeniero ricachón de Monterrey —me dijo uno de mis primos— que costeó los gastos de la mejor música del evento: la banda “Los Montañeses del Álamo”, los célebres y longevos intérpretes de canciones clásicas de la época sesentera: “Entre suspiro y suspiro”, “Paloma errante” y —una favorita de mi niñez— “El corrido de Agustín Jaime”. De la que nos perdimos: casi “Los Beatles”. Mejor que la banda “Del Verde de Sinaloa”, que pagó La Puri.

“A lomo de mula llegó la Virgen” —contaba riéndose, muchos años después, doña Crucita Blanco, la abuela de mi tía Fina—, “tardó varios días en llegar la pobre, porque los más de 200 kilómetros por pura sierra pelona no es cosa fácil. Faltaban pocos meses para que llegara el ferrocarril a la zona de Tepehuanes, pero la Virgen no quiso esperar. Así que agarró camino”.

Es un día de fines de 1904. En la ciudad de Durango, en el seno de su gran Catedral del Estado, perteneciente a la Arquidiócesis Metropolitana, se discute algo muy importante: el destino final de una estatuilla que acaban de recibir de Sevilla. La figura es un dechado de hermosura pero ya tienen una similar en el altar mayor. ¿Qué hacer con ella? Porque romperla o tirarla a la basura sería sacrilegio, peor que pecado mortal. Derechito al Infierno tan temido. Algunos prelados sugieren regalarla al Seminario de Durango, cuna de futuros obispos y cardenales. Y entonces se aparece un curita que les muestra una carta recién recibida en Catedral. Viene de una aislada y pequeña ranchería de una región conocida como El Venado, en la mera sierra. El curita dice: “Monseñores, está gente está batallando desde 1876 por sobrevivir en las peores condiciones. Démosles esta imagen para darles algún aliento. Al cabo nosotros ya tenemos la nuestra y plata el seminario”. La Inmaculada Virgen de la Purísima Concepción fue al Venado.

 

**Ver Apéndice, artículo de Javier Sicilia.

 

Ciudad de los Vientos, 12 de diciembre de 2020. (Último año de la Era de Trump)

 

 

 

LÓPEZ DÓRIGA, NORBERTO RIVERA Y EL CASO SCHULENBURG

Javier Sicilia

(Publicado en la revista Proceso No. 1319, 11 de febrero de 2002)

 

Recientemente, a raíz de una carta privada que Guillermo Schulenburg y otros prelados enviaron al Papa para pedir que no canonizaran a Juan Diego y que, contra todo sentido de la ética, Andrea Tornelli publicó en el periódico italiano Il Giornale, una terrible campaña de linchamiento —más terrible aún que la de 1996— volvió a desatarse sobre el que fue el último abad de la Basílica de Guadalupe.

En 1996, guardé silencio. La imbecilidad, el amarillismo periodístico y la política antievangélica de algunos sectores de la Iglesia me provocan asco. Hoy habría querido hacer lo mismo, si recientemente el noticiario de Joaquín López Dóriga, al rememorar la entrevista que en 1995 el pintor Ricardo Newman y yo hicimos a monseñor Schulenburg (Ixtus No. 15, invierno, 1995) —entrevista que, retomada por Andrea Tornelli en 30 Giorni ocasionó el primer linchamiento al entonces abad de la Basílica—, no hubiera pasado al aire ciertas declaraciones en voz de Schulenburg que López Dóriga dice ser las mismas de la entrevista que Newman y yo le hicimos.

Porque las cintas de esa entrevista están en mi poder y sólo existe de ellas una copia que tiene el cardenal Norberto Rivera, quien me dio su palabra de que no saldrían del arzobispado y de la Santa Sede, voy a contar aquí la historia de ese asunto y a exigirle a Joaquín López Dóriga y a Norberto Rivera que aclaren la cuestión de esas cintas que comprometen no sólo la honestidad y la credibilidad de ambos, sino la integridad de las políticas editoriales de Ixtusque son ajenas al escándalo, al amarillismo y a la imbecilidad de nuestra época.

En 1995, el pintor Ricardo Newman —entonces subdirector de la revista Ixtus— y yo entrevistamos a Guillermo Schulenburg. Su entrevista, junto con otras seis que hicimos a otros especialistas para conmemorar el misterio de Guadalupe (Alberto Athie, Mario Rojas, Donjad Hssler, Rafael Landerreche, Rodrigo Franyutti e Ignacio Solares), apareció, como he dicho, en el número 15 de la mencionada revista bajo el título de “El Milagro Guadalupano”. La revista tiraba entonces 300 ejemplares que circulaban entre sus suscriptores. Las declaraciones de Schulenburg pasaron entonces desapercibidas.

Casi un año después (1996), utilizando los fragmentos más polémicos de aquella entrevista, Andrea Tornelli (el mismo que divulgó la carta privada que ocasionó el escándalo) publicó un reportaje que desató una terrible indignación en Roma y una campaña de linchamiento en México que concluyó con la renuncia de Schulenburg a la Abadía de Guadalupe y con el nombramiento de un rector. La época de los abades del Tepeyac había terminado.

¿Quién hizo llegar a Tornelli esa entrevista que nadie había atendido un año antes? ¿Cuál era el objeto si Juan Diego estaba ya beatificado? ¿Por qué buscar escandalizar la fe del pueblo?

Alguien —no diré su nombre, un muy alto funcionario de la Iglesia, involucrado en el problema— me dijo: fue Norberto y algunos sectores interesados en apropiarse no sólo de la economía de la abadía —por cierto, horriblemente utilizada por el propio Schulenburg—, sino del control de la abadía y del propio capital simbólico de Juan Diego.

En ese momento, cuando la tormenta estaba en su punto más álgido, otro alto funcionario, esta vez de Televisa, por el lado de la revista Época —tampoco diré su nombre—, me pidió que le vendiera las cintas. Le dije que no, que Schulenburg nos había dado esa entrevista para un medio impreso y que no utilizaríamos su voz ni mucho menos la entregaríamos a los medios, a menos que Schulenburg dijera —cosa que nunca hizo— que nuestra transcripción estaba falseada.

Vamos a hacer esto —me respondió—: te mando un cheque en blanco y le pones los ceros que quieras. Le respondí: Ni Televisa ni todas sus empresas tienen el suficiente dinero para comprarlas. Simplemente te digo que no se venden.

Por ese entonces, López Dóriga —que tenía entonces un noticiario en la radio— comenzó a sacar ciertas declaraciones que Schulenburg hizo a los medios, haciéndolas pasar como las declaraciones de la entrevista que Newman y yo habíamos hecho. Llamé a un asistente de López Dóriga y le dije: Dígale al licenciado que deje de decir que las declaraciones que está pasando al aire con la voz de Schulenburg son las declaraciones que el propio Schulenburg hizo a la revista Ixtus. Las cintas están en nuestros archivos. Si continúa mintiendo vamos a demandarlo. Dejó de hacerlo.

El asunto no paró ahí. El 1 de junio de 1996 —con carta solicitud del 31 de mayo de 1996—, el cardenal Rivera nos citó a Ricardo Newman, a Tomás Reynoso (entonces director de la editorial JUS, que nos apoyaba en la publicación de Ixtus, y miembro de nuestro Consejo Administrativo) y a mí en la casa del arzobispado. El objetivo era que firmáramos una carta en la que declararíamos que la entrevista al Señor Abad de Guadalupe, Mons. Guillermo Schulenburg Prado, se realizó con motivo de un número especial de la revista Ixtus (...) Que la entrevista fue grabada y fielmente reproducida en el número 15 de la revista Ixtus y que dicha información no está manipulada. Que lo único que les mueve a dar este testimonio es su preocupación porque este asunto quede plenamente documentado y ayude a evitar confusiones y daños a nuestra Santa Madre Iglesia.

Después de una ríspida charla en la que Newman y yo le reprochamos la política antievangélica con la que se habían conducido en este asunto, firmamos. El cardenal Rivera, como lo había pedido en su carta de solicitud del 31 de mayo, insistió en que le entregáramos copia de las cintas. ¿Para qué las quiere?, le pregunté. Para tener una documentación en el Arzobispado y en la Santa Sede de la verdad, respondió. Dudé. Sin embargo, y en contra de Newman —que sabiamente no quería que la entregáramos—, lo hice (mi razón fue mi adhesión como católico a la investidura, no a la persona, de mis altos prelados). Voy a dársela —le respondí— porque no quiero ser un mal hijo de la Iglesia, pero con una condición: Deme aquí, delante de testigos, su palabra de que esas cintas no saldrán ni del Arzobispado ni de la Santa Sede y que no se hará de ella un mal uso en los medios. Me lo prometió.

Con la salida de Schulenburg de la Abadía, el asunto volvió al silencio. Sin embargo, en vísperas de la próxima canonización de Juan Diego, resurgió con mayor virulencia. La manera en que se ha desarrollado tiene la misma mecánica. De la misma forma que en 1996 alguien hizo llegar a Tornelli la entrevista de la revista Ixtus para que publicitara las declaraciones de Schulenburg, hoy le hicieron llegar la carta privada que el mismo Schulenburg y otros prelados dirigieron al Papa pidiéndole no canonizar a Juan Diego. Los fragmentos que reprodujo Tornelli en 1996 fueron usados a destiempo, cuando el Papa lo había beatificado; la carta privada que Tornelli hizo pública en 2002 fue publicada también a destiempo, cuando el Papa ya había dado su anuencia para la canonización.

¿Por qué entonces volver al escándalo? ¿Cuál es el nuevo motivo del segundo linchamiento de Schulenburg? ¿Por qué López Dóriga rememora la entrevista de Ixtus y pasa al aire las supuestas declaraciones que el abad nos hizo a Newman y a mí? ¿Volvió a mentir o realmente tiene esas cintas en su poder?

Si mintió, como la primera vez lo hizo en la radio, engañando al público y utilizando falazmente un material que sólo pertenece a Ixtus, López Dóriga no sólo sería un pésimo periodista, indigno de ser informante del acontecer político de este país, sino un hombre despreciable.

Si, por el contrario, las declaraciones que de Schulenburg pasó al aire pertenecen a la entrevista que Ricardo Newman y yo le hicimos a Schulenburg en 1995, entonces el responsable es Norberto Rivera que, traicionando su palabra y nuestra fe en ella, se las entregó. Si es así, Norberto Rivera no sólo sería indigno de la investidura que porta, y su palabra y su condición de hombre no valdrían ya nada, sino que, además, tendríamos delante de nosotros la sospecha de una repugnante red mafiosa en la que Tornelli, Norberto Rivera, Sandoval Íñiguez (recordemos que Tornelli reprodujo en el mismo Il Giornale documentos internos de la Iglesia en torno al asesinato del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo, documentos supuestamente recabados por el propio Sandoval Íñiguez), López Dóriga, Televisa y sectores de la Iglesia mexicana vinculados con los Legionarios de Cristo —quienes promueven la supuesta papalidad del Cardenal Rivera— estarían involucrados.

¿Para qué? Primero, tal vez para destruir la credibilidad de Schulenburg —que con toda seguridad, después de lo de 1996, estaría golpeando fuertemente a Norberto Rivera en los altos círculos del Vaticano—: si no es posible rebatir los argumentos de Schulenburg sobre la existencia de Juan Diego (la iglesia debió de haber utilizado únicamente el argumento de la fe: creemos en la palabra de los indios, porque son, como lo fueron la prostituta Magdalena y los pescadores discípulos de Jesús en relación con la resurrección, susceptibles de credibilidad y no argumentos científicos y racionistas que no posee), entonces destruyamos la credibilidad de la persona Schulenburg.

Después, quizás, porque lo que para estos grupos está en juego no es la existencia de Juan Diego, sino la apropiación de lo que el indio representa para la Iglesia como para la sociedad, como lo dijo Bernardo Barranco, en un artículo recientemente publicado por El Financiero. Hay intereses comerciales y políticos en los medios por la representación simbólica de Juan Diego (recordemos el uso comercial que se hizo de la Virgen en la última visita de Juan Pablo a México y que pareció casi una simonía moderna): para unos continúa siendo el indio postergado, el pasivo y taciturno indígena de algún programa asistencial o gubernamental; aquel que nace excluido y que nunca dice no y siempre hablará en diminutivo. En esta perspectiva paternalista, el indígena siempre es manipulable (sea por Samuel Ruiz o por Marcos) y testimonia que el país necesita, más que un cambio de estructura, cambios en el corazón de cada mexicano al estilo Teletón... es decir, al estilo de la peor degradación de lo cristiano.

Sea lo que sea, Joaquín López Dóriga y Norberto Rivera están en entredicho y desde aquí les exijo que deslinden sus responsabilidades en relación con estas cintas para que eviten mayores confusiones y daños a la Iglesia y al país. De lo contrario, habrán perdido para siempre no sólo la credibilidad, sino la verdad y la paz de su conciencia.

Además, opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos y evitar que Costco se instale en el Casino de la Selva.

 


 

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