Patria o fútbol

Patria o fútbol

Viendo a la selección Colombia en este mundial corrí, grité, madrié, madrié más, canté, bailé, me emorraché de felicidad (y de guaro, porque una también puede ser nasty), y por último lloré (desconsoladamente). ¿Será, me preguntaba, ese orgullo patrio malsano que ha aflorado en mí después de años, como 32, de no sentirlo? Hice la prueba y me pregunté: Catalina, ¿te sientes orgullosa de ser colombiana? Me respondí a conciencia: “no, pues no. Ni orgullosa ni avergonzada, me da más bien lo mismo”. Luego hablé con amigos y amigas, los indagué preocupada. Ninguno dijo estar conflictuado pero noté la molestia en todos ellos por las expresiones claramente patrioteras de la población después de cada partido. Sin embargo, todos aseguraron emocionarse con los partidos y hasta madriar y gritar.

Del fútbol a nivel Copa Mundo son molestas y llegan a ser altamente peligrosas las expresiones nacionalistas, pero de él no se puede excluir la nación. Así está planteado: es un juego en el que un país sale porque otro lo saca. En verdad esto es meramente simbólico: es un juego en el que una selección que representa a un país sale porque otra selección que representa a otro país la saca. Creo que lo que se juega en el fútbol a ese nivel simbólico es la permanencia de una identidad nacional que, por supuesto, es una construcción social. Me parece que, en un campeonato como la Copa Mundo, eso explica por qué la mayoría de las personas que pertenecen a la comunidad representada (gusten o no de dicha comunidad) se ven compelidas a apoyar al equipo que los representa (gusten o no del fútbol): no quieren poner en juego la representación de su identidad.

Cuando en Colombia ese deseo se extrapola nacionalista, se expresa con el discurso del orgullo patrio porque se entiende la nación como una entidad naturalmente dada y no como una construcción discursiva. Se entiende el fútbol como parte indiferenciable de esa entidad natural y no como posible discurso o representación de esa construcción. Igual con el orgullo patrio: se lo entiende como la forma natural de expresar el afecto por esa entidad natural y no como parte activa (y perversa) de la construcción. Así, se aborda a la selección colombiana de fútbol como si fuera la nación, por eso los colombianos se incluyen en el triunfo del equipo (“ganamos”, “llegamos lejos”, etc.) y por eso también expresan su complacencia, si al equipo le va bien, diciendo sentir orgullo patrio. Y bueno, los mismos jugadores incluyen a toda la nación en sus triunfos o fracasos y alimentan ese discurso del orgullo. El reverso de tal discurso sería que es la expresión que más manifiesta la carencia de cosas por las qué sentir orgullo o simple empatía. Esto es lo que veo en el caso de Colombia: se ha vuelto la expresión más enunciada por los colombianos fuera y dentro del país desde el gobierno de Uribe1. Esa obsesión colectiva con el orgullo nacional revela para mí dos cosas: que como nación no hay mucho de qué sentir orgullo porque son pocos los aportes culturales que Colombia ha hecho al mundo y que por lo mismo la autoestima nacional está hecha mierda –sin contar con los conflictos internos que no dan respiro. Y a la vez implica dos cosas: que no nos damos cuenta de lo anterior y que se niegan o invisibilizan problemas importantes por estar pensando en lo bello que el país tiene para el mundo. Por ejemplo, para no ir muy lejos, la gente se indignó y salió a pedir respeto por las burlas acerca de la cocaína durante el mundial que porque el dolor de un pueblo no es un chiste, pero sobre todo porque la imagen del país se veía afectada. No era para menos: Colombia no es el primer consumidor de cocaína sino su primer productor, ¡que no vengan pues ahora a dañarnos la imagen!!! Digo, sin cinismo alguno, eso es lo que indigna pero no la cultura del narco, que es la industria más importante del país, cuyo poder simbólico no hacemos más que fomentar.

 

Mi pregunta es por qué el fútbol les despierta a tantos colombianos el orgullo patrio del modo extremo en que lo hace y por qué genera una sensación de unión nacional que parece superar todas las divisiones raciales, intelectuales y de clase que nos caracterizan. ¿Será que el fútbol está llenando algún tipo de vacío institucional en nuestro país? ¿En su representación de la colectividad no estará proponiendo un tipo de comunidad funcional que, por oposición a la que tenemos en Colombia que es a luces disfuncional, hace que la gente se vea compelida a admirar y a idealizar en ellos un país que no tenemos, una construcción que no hemos logrado? Tal vez me equivoque, y como respuesta solamente tentativa, creo que el fútbol en sí mismo funciona como un paradigma de comunidad: hay un hacedor del orden, el técnico, y los que lo ejecutan, los jugadores. En esa relación no sobra el paternalismo: Pékerman, el catano europeo light, ha acogido a unos huérfanos de origen humilde –representación de las masas pobres y la imposición del orden sobre éstas– quienes, de desempeñar bien el rol que se les designa, hacen que el orden y la comunidad funcionen bien. No en vano se les ha consagrado como “héroes” de la patria. Y esto me parece fascinante: cómo estos nuevos héroes, por su origen humilde y su posición de ascenso social, generan identidad con cualquier ciudadano. Son el paradigma del héroe moderno con una cualidad extra: no requieren de poses bohemias, ni de compromisos sociales, ni de muchas lecturas para legitimar su heroísmo, !hasta pueden ser humildes!!! Lo que más me llama la atención es cómo esa cualidad redentorista, que antes pertenecía exclusivamente a la esfera del poder religioso, intelectual, político o militar, es sobrevalorada en una sociedad que a la vez que parece necesitar de hombres fuertes que la rijan y la legitimen como nación, busca también que el fútbol y sus “héroes” la salven de esas instituciones, de esos hombres represores. Fascinante y problemático a la vez porque el hecho de que un país se identifique más con el ideal de sus representaciones, todas masculinas, que con la realidad de la nación demuestra su voluntad de evasión (es más importante salir masivamente a festejar a los “héroes”caídos que salir a votar, por ejemplo) y su incapacidad de aceptar el país que a la vez nos tocó y a la vez construimos como entramado de ilusiones vanas. A cada fenómeno que pasa en mi patria es como si su historia de contradicciones apenas empezara.

______________________________
[1]No creo que sea mera coincidencia; recuerdo que durante su régimen los medios de comunicación no dieron tregua, todos preguntaban a unísono: “¿por qué se siente orgulloso de ser colombiano?”, “¿qué es lo que más lo llena de orgullo colombiano?” Preguntas que afirmaban, que daban por sentado, que no dejaban espacio a la duda: ¿hay que sentir orgullo por algo que uno no ha hecho?

 ♦

María Catalina Rincón Chavarro. Candidata a Ph.D en Literatura Latinoamericana siglos XX y XXI de Tulane University, New Orleans. Es autora del blog Lo de al lado.

♦ ♦ ♦

 

0 Comments