Parásitos: un presente que también es futuro y cuyo pasado carece de nostalgia

Parásitos: un presente que también es futuro y cuyo pasado carece de nostalgia

 

 

Si no ha visto Parásitos (Parasite) —recién galardonada con el Óscar como mejor película— del sudcoreano Boon Joon-Ho, corra al cine, a Netflix, a Amazon, o a dondequiera que la pueda conseguir y véala, porque de una vez advierto que esta reseña contiene spoilers. Si está enojado porque no ganó 1917 —el súper longshot de un mensajero en la primera guerra mundial—, Once Upon A Time in Hollywood —la oda a un pasado que no fue–, o The Irishman —la oda a un elenco que ya no es—, lo invito a seguir leyendo la reseña para ver si lo convenzo, pero no se vaya a molestar si le arruino la película.

La primera escena de Parasite muestra, en primer plano, un candil de donde cuelgan calcetines recién lavados, enmarcado por una ventana que da a la calle de una colonia de clase media-baja. Es el sótano donde vive la familia Kim, compuesta por Ki-taek (el padre), Chung-sook (la madre), su hijo Ki-woo y su hija Ki-jeong. Mientras la madre teje y el padre duerme, los jóvenes, con el brazo en alto, se mueven por la casa, oscura, estrecha y hacinada, tratando de encontrar wifi pues no han pagado el servicio de celular y les urge saber si les va a caer un trabajito doblando cajas de pizza. La atmósfera asfixiante aumenta cuando alcanzan a ver las piernas del fumigador, quien amenaza con rociarlos, y cuando la madre ordena al hijo que cierre la ventana, el padre lo impide porque por lo menos “no tendremos que pagar para que maten a “los bichos” (en los subtítulos, la palabra es “vermin”, cuya traducción al español es “parásitos”). La familia Kim se esfuma tras la nube de DDT que entra por la ventana y al disiparse, aparece en la calle Min-hu, un amigo de Ki-woo, que al bajar de su motocicleta aprovecha para amedrentar a un borracho meando en la pared.

Min-hu trae dos regalos: una enorme “piedra de la abundancia” de parte de su abuelo, y un empleo para Ki-woo, como tutor de la hija de una familia acaudalada, mientras Min estudia en Oxford. Ki-woo se fascina con la piedra, pero duda con el empleo, pues no terminó sus estudios universitarios. Ki-jeong, buena para el Photoshop, le produce un título universitario, y el padre, orgulloso de las habilidades falsificadoras de su hija, lo convence de que acepte la chamba. El joven se presenta en la casa de los Park, donde reside una joven pareja con sus dos hijos. La casa es obra de un arquitecto famoso que se mudó a París y junto con la casa, los Park heredan a Gook, la empleada doméstica. La enorme casa de líneas rectas, un ventanal que revela un hermoso jardín, decorada en elegante estilo minimalista, impresiona a Ki-woo, y en ese espacio, más que dinero, ve oportunidad. Los Kim serán pobres, pero no son tontos.

La señora Park, una mujer nerviosa e ingenua, contrata a Ki-woo tras comprobar sus habilidades lingüísticas y sicológicas. Mientras ésta saca los billetes de su cartera, las flechas de plástico que Dong —el pequeño hijo de la pareja— dispara desde la escalera, se atraviesan sobre sus cabezas, mientras Gook corre tras ellas y las levanta. La señora Park, apenada por la conducta del niño, le comenta a Ki-woo que a Dong le encanta dibujar, pero es hiperactivo, y está buscando una maestra de arte para calmarlo y entretenerlo. El instinto de supervivencia de Ki-woo reconoce la oportunidad y le recomienda a una joven artista-terapeuta que conoce por otros amigos. La astuta Ki-jeong, se presenta al día siguiente y convence a la señora Park de que el niño necesita cuatro sesiones de dos horas a la semana, implantándose con asertividad en la rutina de los Park. Tras terminar la clase, la señora Park le pide al chofer que lleve a la maestra a su casa, y ahora es Ki-jeong quien aprovecha otra oportunidad y tiende una trampa. El señor Park se ve obligado a despedir al chofer, y a los pocos días el señor Kim ocupa su lugar. Ahora solo falta deshacerse de la empleada Gook, que ha ocupado esa casa desde antes de que se mudaran los Park y conoce todos sus secretos.

La historia comienza como una comedia de contrastes, y los paralelos que hace Boon Joon-Ho nunca son sutiles. Rápidamente establece que el título no se refiere a los Kim, sino a ambas familias pues, así como los Kim necesitan a los Park para comer, éstos necesitan a los Kim para poder sostener su estilo de vida y disimular sus vicios y carencias personales.

Una vez que los Kim se instalan en la residencia como figuras necesarias para el buen funcionamiento y la armonía de la familia Park, la historia da el giro que la transforma en tragedia. ¿Quién es peor? ¿El pobre que engaña para sobrevivir? ¿El rico que los emplea y los aprecia…  siempre y cuando no “crucen la línea”? ¿Dónde está la línea? ¿Dónde están los límites de dos mundos que ocupan el mismo espacio?

No es la primera vez que una película plasma los contrastes entre patrones y “el servicio”. Robert Altman lo hizo de manera brillante (aunque con mucha más sutileza) en Gosford Park, situándola en el pasado, a manera de testimonio de una época. Esta vez, Boon Joon-Ho lo ha hecho con la crudeza de la realidad, del presente, donde una tormenta es una bendición para alguien que vive en una casa en la montaña y una tragedia total para alguien que vive en un sótano. Es un vistazo a un presente que también es futuro, y cuyo pasado carece de nostalgia.

Un premio bien merecido para el simpático y visionario Boon Joon-Ho —un verdadero maestro en el uso de la metáfora— y un triunfo para el cine mundial, pues abre las puertas a otras formas de lectura, a otras historias, permitiéndonos descubrir que Corea no es tan diferente a México o a Estados Unidos.

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