María y José, al estilo Chicago (Un cuento de Navidad)

María y José, al estilo Chicago (Un cuento de Navidad)

 

(Publicado por vez primera el 19 de diciembre de 1967, en The Chicago Daily News)

 

Aquel día, cuando bajaron del autobús que los había transportado a Chicago, María y José eran la viva imagen del desconsuelo: no traían un solo centavo en los bolsillos, no conocían a nadie en esa ciudad tan fría y —el colmo— María estaba a punto de dar a luz.

Buscaron alojamiento en un hotel barato. Pero el recepcionista, al ver que no podían pagar por adelantado la habitación, les señaló con un gesto altanero la puerta.

Caminaron entonces largo rato hasta dar con una delegación de policía. El sargento en turno les dijo que de ninguna manera podía permitirles dormir en ninguna celda, pero les indicó cómo llegar a las oficinas de un centro comunitario de asistencia pública.

Cuando llegaron, un hombre les dijo que, como no eran residentes del estado de Illinois, no se les podía brindar la ayuda regular. Pero les dio la dirección de otra oficina, en el oeste de la ciudad, donde quizás tuvieran suerte porque allí sí atendían emergencias.

Emprendieron su marcha por la calle Madison, otras dos millas. Al llegar, les dieron una tarjeta con un número. La pareja se sentó en una desvencijada banca a la espera de su turno. Con la paciencia del pobre, miraban aquel agrietado techo de color verduzco.

Dos horas después, un tinterillo les hizo señas de sentarse frente a su escritorio. Extrajo del mueble un formulario en blanco, y comenzó su interrogatorio: ¿No tienen ustedes algún pariente? ¿Y sus bienes personales? ¿Recursos o medios de ganarse la vida?

José dijo que sólo era propietario de un burro. El escribiente, iracundo, le advirtió que si volvía a hacerse el chistoso lo pondría patitas en la calle. José se disculpó de inmediato.

Cuando hubo llenado el formulario, el burócrata les dijo que para atender la emergencia, dado el estado crítico del embarazo de María, la pareja tenía derecho al pago total del costo de dos pasajes en un autobús de la CTA para dirigirse al hospital del condado. Y le recomendó a José que procurara ir al Centro de Progreso Urbano para conseguir trabajo.

José le dio las gracias y salieron corriendo al hospital. Allí, un guardia los remitió a otra banca donde pasaron otras dos horas. De repente, María comenzó a tener contracciones y se la llevaron. El guardia le dijo a José que mejor se fuera y regresara al día siguiente.

José salió del hospital y le preguntó a alguien que pasaba por allí cómo podría llegar al Centro de Progreso Urbano. El transeúnte le dio un golpe en la cabeza y lo despojó de su abrigo (era diciembre). José estaba aún tirado en el suelo, algo mareado, cuando pasó una patrulla. Fue arrestado de inmediato, sospechoso de ebriedad en la vía pública.

Al filo de la medianoche María dio al mundo un bello y sano bebé varón. Ella no podía saberlo, pero esa misma noche acudieron al hospital tres hombres que vestían túnicas de colores brillantes, obviamente extranjeros. Preguntaron por ella y por la criatura. Un guardia los tomó por hippies y llamó a la policía. Al registrarlos, les fueron confiscados unos polvos aromáticos muy extraños (incienso y mirra), por lo que fueron detenidos y puestos a disposición de las autoridades correspondientes: la sección de narcóticos.

Al día siguiente, María se despertó en un pabellón del hospital atiborrado de gente. Preguntó por José. No obtuvo respuesta, pero sí vino a buscarla un representante del Comité de Planeación Familiar y le endilgó un discurso sobre el control de natalidad.

También la visitó la trabajadora social encargada de su caso, para saber su historial. Le preguntó a María quién era el padre de su bebé. María se lo dijo, y aquella trabajadora social corrió a buscar una enfermera. La enfermera la interrogó y obtuvo de María la misma respuesta. Angustiada, la enfermera trajo al doctor. Luego de escucharla, el galeno dictaminó: “Postpartum delusion”. Fue eso lo que redactó en su hoja médica.

Se mandó traer una ambulancia para trasladar cuanto antes a María a la Clínica de Salud Mental del Condado de Cook. El psiquiatra que la examinó le hizo muchas preguntas. Con cada respuesta, el discípulo de Freud se retorcía y mordía sus labios.

Fue requerida una audiencia médica para juzgar el extraño caso de María. Al fin, un magistrado determinó que debía ser internada en el Hospital del Estado, en Chicago.

José salió de la cárcel un par de días después de su arresto. Preocupado por María y el bebé, los buscó en el Hospital del Condado. Le informaron que ella había sido internada en el Hospital del Estado y que al bebé lo habían entregado a un hospicio infantil para adopción, por orden del Departamento de Servicios Para Niños y Familias del Estado.

Y José dirigió entonces sus pasos a ese dichoso Hospital del Estado, donde un médico le informó de la historia que María persistía en narrar acerca de la gestación de su hijo y de su nacimiento. José le dijo al doctor que la historia que María contaba no era falsa. José fue remitido ipso facto al pabellón destinado a los hombres en el mismo hospital.

Mientras tanto, aquellos tres hombres que vestían ropas estrafalarias habían sido puestos en libertad. La policía de narcóticos no encontró ley alguna que prohibiera la posesión de mirra o incienso. Regresaron al mismo hospital donde habían preguntado por María y su bebé. Esta vez fueron confundidos con manifestantes por los derechos civiles. De nuevo fueron arrestados. El juez les asignó una fianza de 100,000 dólares.

Un día, por casualidad, María y José lograron reunirse en los corredores del hospital y conversar un poco. Acordaron decirle a los médicos —de una vez por todas— aquello que querían escuchar. Al día siguiente ambos fueron declarados cuerdos, y liberados.

Sin embargo, cuando solicitaron la custodia del bebé de María, ésta les fue negada. Era necesario —les dijeron— que tuvieran una residencia en forma, y demostrar solvencia en materia económica; además, probar tener un ambiente propicio para la crianza del bebé.

Respaldados por el Centro de Progreso Urbano, bajo un programa llamado Desarrollo de Mano de Obra, la pareja solicitó entrenamiento con vías a obtención de empleo. José les había dicho que era habilidoso trabajando con madera. Fue inscrito en un curso de computación y procesamiento de datos. María había comentado su interés en labores domésticas. A ella le fue asignada una clase de perforadoras para computadoras (key-punch). A partir de ahí, cada uno recibía una remuneración de 20 dólares semanales.

Después de varios meses de duro entrenamiento. ambos lograron aprobar sus cursos. José consiguió una chamba en una gasolinera y María en un restaurante, de mesera.

Con algunos ahorritos contrataron los servicios de un abogado. Se hizo otro juicio para decidir la custodia del pequeño, y lo ganaron. Días después, el niño les fue devuelto.

Ya por fin todos reunidos, la familia regresó al apartamento que rentaban: un cuchitril de dos cuartos. Nada más entrar, se toparon con el casero. Malhumorado, éste les dio la mala noticia: el Departamento de Renovación de la ciudad había ordenado la demolición del edificio. El Buró de Relocalización de la ciudad les ayudaría a buscar dónde mudarse.

Con gran premura, María y José juntaron sus escasas pertenencias. Vistieron al niño lo mejor que pudieron y se encaminaron, corriendo, a la terminal de autobuses Greyhound.

José le preguntó al boletero cuándo saldría el próximo camión.

—¿Adónde?, —inquirió el boletero.

—A donde sea —dijo José— con tal que parta ahorita mismo.

El viejo empleado sonrió y le entregó a José sus tres boletos. Cinco minutos después, aquella sufrida familia abordaba un enorme autobús que apuntaba hacia el sur del estado de Illinois. Su destino final era una zona conocida como El Pequeño Egipto.

Justo cuando arrancaba el poderoso Greyhound, llegaron a la terminal aquellos tres caballeros de extraña indumentaria. Pero ya era demasiado tarde. El autobús volaba.

Así fue como esos tres hombres nobles, ansiando ver y conocer al niño, a María y José, terminaron pidiendo aventón a todos los vehículos que transitaban rumbo al sur por la carretera U.S. 66. Poco habría que agregar, pero si nos atenemos a un reciente informe policial, los tres acaban de ser detenidos. Los cargos que les imputan son muy graves: costumbres licenciosas, un exotismo severo y posesión ilegal de una cantidad de oro.

 

Traducción de Humberto Gamboa, en la Navidad de 2019

0 Comments