‘Luces de emergencia’ de Oswaldo Estrada

‘Luces de emergencia’ de Oswaldo Estrada

 

Luces de emergencia de Oswaldo Estrada
Valparaíso Ediciones, Granada, 2019. 92 páginas, $20.31, ISBN 978-84-18082-08-5

 

Magullada. Así me siento después de leer Luces de emergencia (Valparaíso Ediciones, 2019), el primer libro de cuentos de Oswaldo Estrada. Sentí un golpe al terminar de leer cada uno de los once cuentos de este volumen, en algunos casos sentí más de uno. No me refiero a una cachetada dada para espabilarme, para recordarme que puedo seguir ante las adversidades de la vida, sino un puñetazo profundo, que duele, que me obliga a sostenerme el vientre con las manos.

“Son luces de emergencia que te van avisando que el final se acerca” (80), dice Finita en “A falta de cielo”, junto a Alejo, ambos sumidos en el olvido de sus hijos. Los cuentos de Estrada son exactamente eso, una luz que nos muestra la salida, la posibilidad de seguir la vida, pero que realmente nos lleva al final de la misma.

Oswaldo Estrada debuta como autor de ficción con este libro de cuentos y de inmediato siento ganas de que anuncie cuándo podré deleitarme con el segundo. Estrada es un crítico e investigador prolífico, con una larga lista de ejemplares y volúmenes editados de ensayo literario. He seguido su obra crítica, he citado su palabra y ahora me encuentro golpeada por su creatividad tajante, fuerte, brutal.

Las historias de Luces de emergencia son terribles e inmejorables. Una esencia inhumana, desmesurada, atroz y cruel envuelve a los personajes. En algunos relatos la crueldad la otorga el destino, como en “La carga de los sueños”, en el que un padre cuida a su hijo que sufre una extraña enfermedad degenerativa, o en “Náufragos de la ciudad”, en el que también por una enfermedad rara, una pareja ve trastocado su futuro. Asimismo, nos encontramos con la nostalgia del narrador de “El otro mar”; la añoranza por su amistad con Shimokawa se derrama en las páginas. El narrador rememora, no olvida las carcajadas y el apoyo que siempre le brindó Shimokawa, aunque ya no se acuerda bien de su apariencia. Hay una pincelada de cariño plasmada en esta historia. No obstante, no es este el caso en la mayoría de las escenas, en las cuales los seres humanos se visten de terror para infligir su poder sobre los demás.

Siento un golpe: vivo la pesadumbre de la mujer en “Salida de emergencia”. Después de varias décadas ve de lejos al hombre que abusó de ella, revive todo el suplicio y la debilidad y rememora la última vez que besó a su bebé. Todo en este cuento es absolutamente doloroso pero lo peor (y lo mejor) es la forma en que el autor transmite la angustia que sufre la protagonista a través de las páginas del texto. Yo sudo junto a ella.

Viene un puño y me destroza la nariz: una madre —que al principio parece madrastra de Disney hasta que me doy cuenta que las madrastas de Disney son bondadosas en comparación— maltrata a su hija de por vida, la veja sin remordimiento alguno, la denigra y la ubica en el lugar más bajo que puede estar, pisoteada bajo sus chanclas. La injuria ocurre hasta que ambas tienen la cabeza llena de canas en “Cuento de hadas”.

Tengo un hueco en el estómago: insultos y humillaciones resaltan en “Mole de ratas” cuando entendemos que sentarse enfrente de su mujer con la amante, y además exigirle que cocine para los dos, no es un hecho aislado. El hombre ha abusado de Soledad siempre. Ella no se inmuta; aunque llora, lleva a cabo su plan. El narrador lo revela al final y el hueco en el estómago se me desaparece por unos segundos hasta que oigo la voz de Soledad.

Me dan náuseas mezcladas con impotencia: Liliana Wendorff comenta sobre Luces de emergencia para la revista Suburbano y cita un párrafo que yo tampoco puedo dejar de citar. Se me retuercen las tripas y confirmo que este es el párrafo más contundente del libro.

A su lado, una mujer de unos cincuenta o sesenta años orea al sol un brazo en descomposición. Más allá, un joven sin dientes tose y escupe babas negras a un costado de su cuerpo. Hay gritos. Aullidos. Niños con heridas abiertas. Una mujer de edad indescifrable sangra por las piernas, mientras unos perros salvajes intentan morderla. Y los monos saltan sobre los cables de la luz, o de techo en techo, para salvarse del infierno (44).

En “La tercera profecía”, un hombre sigue los designios de una bruja que le indica la trayectoria de su vida. Él intenta encontrar la tranquilidad y deshacerse de un dolor de garganta recurrente. En la travesía ve escenas dantescas y me lleva de la mano para que lo acompañe. Siento mareos pero sigo adelante buscando la salida junto a él, en un rincón “donde los monos y los perros y las vacas esqueléticas le anuncian que el mundo es cruel” (50).

Parece que estoy llena de moretones. Abro los ojos, me repongo de los dolores y respiro un aire limpio, como limpia es la manera en que Oswaldo Estrada describe las miserias por las que pasa o en las que se convierte la gente, por un destino ajeno o impuesto, por los designios de la naturaleza o de la maldad que reina en cada recoveco. Todo está oscuro, mas a lo lejos veo unos destellos entre naranjas y rojos, veo las Luces de emergencia.